Lo más Valioso de su Vida

Cuánto tiempo invertido para llegar a fin de mes con un sueldo!! Y ahora… ¿Qué haría él con el tiempo de sobra? ¿Será él también uno de tantos en las colas de la oficina de empleo?
desempleo-y-salud-psicologica

Ese día se levantó de la cama con un mal presentimiento. No sabe si fueron las pesadillas que lo torturaron durante toda la noche, o si lo que temía inevitablemente iba a llegar. De todas formas ya eran las seis de la mañana y no podía detenerse a pensar en esas “tonterías”.

Salió de su casa, como todos los días, para llegar puntualmente a su trabajo. No puede decir que le gustara, sinceramente por momentos lo odiaba y muchas veces fantaseó con tirarlo todo al carajo, incluido al jefe y a unos cuantos prepotentes que andaban por ahí. Pero cuando volvía a la realidad pensaba que, al menos, ese trabajo le había dado la opción de alimentar a su familia, de salir de vacaciones algún fin de semana y… poco más.

Pero últimamente las cosas se pusieron raras. Compañeros suyos ya estaban fuera, les despidieron sin ninguna explicación congruente, aparte de la más resonada retahila de los últimos tiempos: “la-empresa-está-en-crisis”. ¿Sería él el próximo? Esa era la pregunta que le rondaba la cabeza cuando se detuvo en el bar donde desayunaba todas las mañanas y aprovechaba para leer el periódico.

En cuanto ojeó la portada, mientras esperaba el café que había pedido, se le helaron los huesos cuando vio que una extraña cifra de 27,16% abofeteaba el papel, y sus piernas empezaron a temblar por la posible casualidad de que tuviera algo que ver con él. Pero… ¿Qué quería decir exactamente este número? Leyó un poco más y confirmó lo que temía: Significaba PERSONAS!! 6.202.700 personas que no tenían trabajo en su país!!

Como si los números y las letras le estuvieran persiguiendo, pasó la página rápidamente, y en los anuncios clasificados se distrajo leyendo las ofertas laborales, por si acaso, pero ahí se quedó poco tiempo porque no había más de tres o cuatro y, de todas formas, él no parecía cumplir los requisitos. O era demasiado joven, o demasiado mayor, o tenía demasiada experiencia, o muy poca. Total, pasó página.

El crucigrama le pareció más atractivo, al fin y al cabo le ayudaba a evadir por un momento la realidad que, según parecía, le esperaba. Así que se quedó unos minutos pensando en palabras y en sinónimos que nada tenían que ver con él, pero que funcionaban como un bálsamo para sus preocupaciones. Pero se acabó, como se acaban los buenos momentos. Después del jeroglífico y del sudoku, ya era evidente que había que continuar leyendo o dejar el periódico al hombre que esperaba a su lado, deseando darle una mirada mientras tomaba su café. Pero él, que aún no se sentía con fuerzas para entrar en su despacho, fingió que no se daba cuenta de la presencia expectante del otro y pasó página.

La cartelera de cine no le interesaba demasiado, pero pensó que sería buena idea acudir después de tanto tiempo. No recordaba cuándo fue por última vez, quizás cuando aquel ciclo de humor negro que dieron en su barrio, y él soñaba con ser director. Pero llegaron los treinta, el matrimonio, los hijos, los compromisos y, claro!… el trabajo… y los sueños se quedaron bien dormidos en el cajón de los deseos pendientes. Sí, esta tarde iría al cine. Miró todas las opciones, se decidió por una de ficción y pasó página.

Le dio un rápido repaso a los deportes y a los últimos modelos de los coches. Pero bueno… ¿acaso era el momento de fantasear con un último modelo? y sinceramente, hoy le daba igual si Nadal ganaba o si el Barça jugaba. El hombre que esperaba renunció a su deseo de darle un repaso al periódico y se fue, sin decir nada. Y él, que seguía haciendo tiempo, pidió un zumo de naranja y pasó página.

La sección dedicada a la salud era la menos apreciada. Casi siempre la saltaba, porque a él parecía habérsele dotado con una salud de hierro. Ni un costipado le daba, y en las horas bajas simplemente se repetía en silencio las palabras mágicas que heredó de su abuelo: “tú-eres-fuerte-e-invencible“. Pero como se trataba de pasar el tiempo, se detuvo un momento para ver de qué se hablaba. Y como una pesadilla más, apareció una columna que anunciaba las posibles consecuencias psicológicas del paro. ¿Pero qué era esto!!, una burla? ¿Acaso no podía uno desayunar tranquilo sin que le estuvieran tocando las narices con su crisis y su paro, página sí, página también? Pero esta vez no pasó página. Se quedó unos segundos peleando con esa desconocida que se había atrevido a urgar en su herida, y leyó:

“Abundantes estudios han demostrado las repercusiones psicológicas del desempleo, tales como la pérdida de la autoestima, sentimientos de inseguridad y de fracaso, verguenza y sentimientos de culpa, depresión, estrés y ansiedad, así como reacciones psicosomáticas, por ejemplo, aumento de la tensión arterial, problemas gastrointestinales, insomnio, impotencia y otros”.

Esas palabras le sonaban a chino. Pero en el fondo de sí mismo sentía que, desde hacía un tiempo, empezaba a experimentar algo parecido a lo que estaba leyendo. Entonces continuó:

“El apoyo social suaviza los efectos negativos del estrés que supone el desempleo. Si la familia, la pareja y los amigos son capaces de amortiguar los sentimientos antes descritos, el desempleado será menos vulnerable a la enfermedad física y psíquica”. 

Eso sí que le llegó al corazón. Con los ojos humedecidos pensó en su compañera, que le había apoyado siempre. ¿Cómo se lo tomaría? ¿Podrían vivir con lo que ella lograba conseguir en su trabajo por horas? Continuó leyendo:

“El desempleo también tiene efectos en la identidad personal. Se deja de ser un profesional o un técnico, para convertirse en un “parado”, con todo el simbolismo que conlleva esta palabra. La percepción del tiempo cambia radicalmente, pues cuando uno está empleado, el tiempo está planificado. Ahora hay que reorganizar la vida con unos recursos económicos escasos”

Cuánto tiempo invertido para llegar a fin de mes con un sueldo!! Y ahora… ¿Qué haría él con el tiempo de sobra? ¿Será él también uno de tantos en las colas de la oficina de empleo? ¿Serán ellos sus nuevos colegas? Tal vez, pensaba, aprovecharía para hacer esos arreglos pendientes en casa. Pero… ¿Podría seguir viviendo en su casa? ¿Tendrían que entregar el piso e irse a vivir a casa de sus padres? ¿Cabrían todos en esos sesenta metros cuadrados?

Y ¿por qué estaba pensando él en esto esa mañana? ¿En qué momento el miedo le arrebató la capacidad de disfrutar de su vida laboral? ¿Acaso, no había otra cosa mejor en la vida que esto que estaba a punto de perder? Llegaron a su mente las innumerables ideas que había tenido en los últimos tiempos, en sueños y en vigilias, de trabajos y de empresas posibles, de amigos a los que no había tenido tiempo de llamar, de todo, o casi todo lo que no era resignarse, de la palabra “lucha”, de la mujer que amaba y de los hijos que mañana le recordarían por haberles mostrado lo más valioso de su vida: la capacidad de caerse, de levantarse, de reinventarse, esta vez y todas las que hicieran falta.

Salió del bar mirando su reloj, riendo para dentro por la irreverencia que se permitió, ya que por primera vez llegaría tarde a su trabajo. Entró en su despacho. Con la cabeza alta y los ojos bien abiertos, leyó su carta de despido. Se tomó tiempo para recoger lo poco que tenía. Abrazó a unos cuantos de los pocos colegas que quedaban y se fue, tranquilamente, a continuar la marcha del camino. Y pasó página.

Un comentario en “Lo más Valioso de su Vida

  1. Interesante tema María Clarita. Seguiré visitando tu Blog. Abrazos.

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