Una Navidad en Duelo

Silencio, era todo lo que necesitaba. Silencio, pero no soledad

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Todos se preparaban animados. Compraban regalos y vestidos, hablaban por teléfono, escribían mensajes, concertaban fechas y lugares para celebrar la navidad. Pero para él, las luces en las calles y en los supermercados eran como alarmas, que le instaban a despertar, a recordarle su realidad: Esta vez ella no estaría a su lado.

Habían pasado pocos meses cuando partió. Aunque se trataba de una muerte anunciada, él no pudo mantenerse en pie cuando le dieron la noticia. La sorpresa, sumada a un enorme cansancio y a un sentimiento de derrota, le arrebató la esperanza y la inocencia. Ahora que todo era oscuridad a pesar del derroche de luces en la ciudad, sólo necesitaba un poco de soledad o, al menos, de silencio.Así que salió a caminar ante la mirada preocupada de su gente que, impotente, le dejó marchar después de haber luchado sin descanso por animarle, a él, que amaba las fiestas y daba dulzura, amistad y risas, pero que hoy no se mostraba dispuesto a darse a los demás. Y no porque no quisiera, sino porque él mismo no se encontraba presente. Toda su fuerza estaba destinada a asimilar que la mujer con quien compartió ese tiempo que parecía eterno, ya no estaba ni estaría, nunca jamás.

Camin√≥ entre un sinf√≠n de Pap√°s Noeles que atra√≠an a ni√Īos y a padres deseosos de tomarse fotos memorables. Sorte√≥ atajos para evadir las incontables vitrinas con maniqu√≠es felices que se burlaban en su cara. Evadi√≥ las escenas de amantes que se besaban y abrazaban emocionados al encontrarse. Le hubiera gustado gritarles:

‚ÄúAprovechen ahora, que esto no duuuraaaa!!!!‚ÄĚ

Pero √©l, a√ļn en el peor momento de su vida, sab√≠a que vale m√°s disfrutar del eterno presente y que ma√Īana ya habr√° demasiado tiempo para morir.

El fue feliz. Amó y fue amado. Y tal vez por eso no sentía la necesidad de que Papá Noel se volviera a Laponia con sus renos, ni de imponer a los amantes extasiados su arrebatadora melancolía de hombre abandonado. Pero también sabía que esta no era su fiesta y buscó retiro en un bar, donde por una monedita le ponían una canción. Sólo había que acercarse allí, donde una rocola antiquísima reproducía -con una complicidad casi humana-, las canciones elegidas por tres o cuatro solitarios que se entregaban a sus recuerdos y a sus penas, mientras afuera todo era fiesta y alegría.

El repertorio era extenso, pero la mano se le fue a una en particular que dec√≠a….

‚Äúsus ojos se cerraron y el mundo sigue andando, su boca que era m√≠a ya no me besa m√°s, se apagaron los ecos de su re√≠r sonoro y es cruel este silencio que me hace tanto mal‚ÄĚ ‚Ķ¬†

Ah√≠ fue cuando se sinti√≥ en su casa. En ese lugar donde se hablaba de lo √ļnico que a √©l le importaba, donde una voz lejana y ancestral pon√≠a sus propios sentimientos en canci√≥n. En la mesa del lado, un hombre que parec√≠a llevar d√≠as y botellas incontables de co√Īac, le mir√≥ de frente antes de pedir el siguiente trago. No le dijo nada, le abraz√≥ con la mirada y se devolvi√≥ a su mundo de dolor embriagado. Pero ese abrazo visual, de hermano a hermano, le hizo sentir un poco acompa√Īado y por eso se qued√≥, un rato m√°s.

Silencio, era todo lo que necesitaba. Silencio, pero no soledad. No que viniera su amigo, ni su madre, ni su hermana para decirle con todo el amor (inoportuno) del mundo, que ten√≠a que salir de esta, que adelante, que la vida es larga, que el tiempo lo cura todo, que vamos de fiesta, que es navidad. Entend√≠a la angustia que estar√≠an pasando, se sab√≠a querido, pero no le era posible atender los afanes de los dem√°s en forma de ‚Äúponte bien pronto y s√© el de siempre‚ÄĚ. Ponerse bien s√≠, pronto o despu√©s. Ser el de siempre no, nunca.

De vez en cuando se rompía ese silencio, cuando la rocola decidía echar una mano a alguno de los otros clientes o cuando el mismo barman insertaba una monedita ante la inquietante ausencia de consumiciones porque, para él, una cosa era llorar por los ausentes y otra, muy diferente, llevar el sueldo a casa donde todos estaban muy presentes y muy vivos, al menos de momento.

Entonces sonaban canciones de amantes que se fueron, de emigrantes que no se volvieron a encontrar, de amores frustrados, de reproches, de celos, de adioses. Sintonizaban todos los presentes con las mismas coplas por una o por otra raz√≥n, porque sab√≠an muy bien que lo que llamamos ‚Äúmuerte‚ÄĚ no es m√°s que el √ļltimo soplo de muchas en la vida.

No sabe quien puso la √ļltima canci√≥n, pero de pronto empez√≥ a percibir c√≥mo se abr√≠an sus puertas interiores. C√≥mo era capaz de sentir tanto amor y agradecimiento por aquella que se fue pero que, cuando estuvo, le colm√≥ de tantas experiencias. C√≥mo encontraba algo parecido a la felicidad, aunque no se sintiera para ir de compras y Pap√°s Noeles.

Se dej√≥ llevar por la m√ļsica y la suavidad de la voz que le arrull√≥ con estas palabras:

“Et dic ad√©u sabent-ne la resposta,¬†all√≤ que estimes sempre t’ha d¬īacompanyar,¬†i aix√≠, fr√†gils, els gestos omplen de llargs ressons¬†les blanques parets del buit amb l’ombra del teu dibuix”. (L. Llach)

[Trad.: ‚ÄúTe digo adi√≥s sabiendo la respuesta, aquello que amas siempre te va a acompa√Īar, y as√≠, fr√°giles, los gestos llenan de profundos recuerdos las paredes blancas de este vac√≠o con la sombra de tu dibujo‚ÄĚ]¬†.

Y ya pudo entonces salir de este lugar, no sin antes despedirse -silenciosamente, claro está-, de quienes sin saberlo le habían devuelto la ilusión y le habían hecho comprender lo esencial: No estaba solo.

El fr√≠o de la tarde le cubr√≠a el rostro h√ļmedo de las l√°grimas que antes no hab√≠a podido llorar. Una mezcla de alivio, de pena y de vida le arrebataban la cordura que siempre le hab√≠a caracterizado. Alivio, porque por fin pod√≠a expresar su dolor y su alegr√≠a por haberse cruzado con este ser tan amado alguna vez.

Pena, por ese fondo gris que se hab√≠a instalado en su alma, a pesar de todos los colores que sab√≠a futuros, pero que hasta hoy no hab√≠a podido vislumbrar. Vida, por esas emociones tan diversas y opuestas que le recordaban que a √©l a√ļn le quedaba algo m√°s por descubrir.

Los maniquíes dejaron de reírse. Los Papás Noeles se apartaron cuando él pasó por su calle. Su gente le recibió mostrándole respeto y compasión. Prefirió una cena sencilla pero cálida, para una navidad sin ruido y llena de recuerdos, de imágenes, de gracias y de adioses, de abrazos silenciosos desde no se sabe donde, pero que llenan el alma y hasta el cuerpo de sentidos y horizontes.

3 respuestas para “Una Navidad en Duelo”

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