El Proceso también es Bienestar

Jugar a permitir que las cosas sucedan y estar presente en los acontecimientos

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Felicidad, placer, fortuna, salud, trabajo, amor… esos deseos con los que nos animamos en cumpleaños, aniversarios, navidades y otros eventos especiales. Nos pasamos la vida buscando estas alegrías, añorándolas o sufriendo su ausencia.

Lo lógico es que todos disfrutáramos de lo que necesitamos e incluso de lo que deseamos. Pero salta a la vista que no es así. Algunos se preguntan por qué no lo consiguen y, más aún, qué hay que hacer para lograr tener algo de todo esto. Incluso, hay quienes acuden a la consulta de un psicólogo con la ilusión de encontrar allí el tesoro escondido, la clave, la llave que abrirá mágicamente las puertas de la felicidad.

Sobra decir que la decepción es grande cuando se dan cuenta de que esa llave no existe, al menos en la consulta de un psicoterapeuta, pero sí la posibilidad de encontrarla en el interior de uno mismo, ya que no hay otro lugar posible y no existen cerrajeros para abrir estas puertas. Los que sí existen son profesionales capaces de acompañar en esa extraordinaria búsqueda, guiando, conteniendo, apoyando, aportando consciencia, dando lo que uno solo no puede darse… y no tiene por qué poder.

Cuando entramos en esta sintonía, se hace presente de inmediato la idea del Proceso, que sugiere tiempo, fases, avances paulatinos y esa palabreja tan difícil de digerir: Paciencia. Pero… ¿cómo me atrevo a hablar en estos términos, ahora que todo es inmediato y que con un chasquido de dedos puedo tener lo que me apetezca?

¿Para qué tener paciencia si en vez de pasarnos una hora en el mercado comprando verdura y carne fresca para luego gastarnos dos horas haciendo una comida casera, podemos comprar en cualquier parte algo precocinado para el microondas y en 10 minutos ya habremos cumplido con cocinar y comer?

¿Para qué gastar tiempo intentando desarrollar relaciones de amor, de amistad, de trabajo creativas, duraderas, recíprocas, cuando basta con apretar el botón de “eliminar”, mientras se eligen a dedo los próximos “objetos” que prometen emociones novedosas y más intensas?

¿Para qué tomar contacto con las situaciones de estrés que han producido un malestar corporal, cuando se puede acudir a uno de tantos medicamentos que prometen rápidas y definitivas soluciones a todos los males?

¿Para qué confiar en el desarrollo natural de los niños, si se les puede presionar para que duerman solos en su habitación lo más pronto posible, que caminen antes que los demás o que controlen sus esfínteres prematuramente para que aprendan a ser independientes?

¿Para qué acompañar a nuestro amigo en duelo, cuando se le puede forzar a pasar página para que no se pase mucho tiempo aguando la fiesta con su tristeza?

Estamos recibiendo constantemente el mensaje de que la felicidad se encuentra en el resultado, dejando de lado la importancia del proceso. Valen más las calificaciones que el aprendizaje, el logro del objetivo que la vivencia del momento.

Permanecemos con la cabeza estirada hacia adelante, con los ojos fuera de su órbita y el cuello torcido como si con eso pudiéramos adelantarnos, saltarnos los pasos necesarios para llegar a cualquier logro.

No sorprende entonces que, frecuentemente, cuando por fin se llega a la meta, el anhelado placer brilla por su ausencia y lo que aparece en su lugar es un cansancio monumental y una insatisfacción aún más desagradable que la anterior prisa por llegar. Ahí es cuando aparece la siguiente meta, si se puede más alta que la anterior, convirtiendo la vida en una maratón de objetivos y logros que muy poco tienen que ver con la evolución. Ciego ante uno mismo, poco se puede esperar de los resultados después de tantos esfuerzos, muchas veces innecesarios.

Depresiones, estados de angustia y de ansiedad, enfermedades psicosomáticas, infelicidad, obsesiones, adicciones, sufrimiento, es lo que suele quedar después de estas batallas.

Te propongo reflexionar sobre la importancia del proceso. Jugar a permitir que las cosas sucedan y estar presente en los acontecimientos, participando de ellos con consciencia. Andar paso a paso disfrutando del momento, saboreando cada reto. Dejarse caer si es necesario, levantarse despacio, apoyarse en alguien, parar, descansar y continuar. Es ahí, en el proceso, donde residen las respuestas.

Y tú... ¿Qué piensas?

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