Inmigración y Sexualidad… Algo más que Educación

Los tópicos están a la orden del día. Entre los incontables escalones que hay que ascender desde el primer segundo en el que un/a inmigrante pisa suelo en un país diferente al suyo, se encuentra la reconstrucción de su identidad.

Foto tomada en Chicago Cultural Center. Exposición: “StoryCorps in Chicago”. https://storycorps.org/chicago/
Foto tomada en Chicago Cultural Center. Exposición: “StoryCorps in Chicago”. https://storycorps.org/chicago/

Sexualidad, alegría, vitalidad, placer… Inmigración. Como se diría en Plaza Sésamo (“Barrio Sésamo” para el público español), una de estas cosas no parece ser como las otras. La inmigración se asocia más bien a esfuerzo, a economía, a nostalgia, a sacrificio. Y cuando se acerca a la sexualidad, parecen dispararse de inmediato en la mente colectiva otras asociaciones como prostitución, anticonceptivos, aborto, enfermedades o violencia sexual…

Los tópicos están a la orden del día. Entre los incontables escalones que hay que ascender desde el primer segundo en el que un/a inmigrante pisa suelo en un país diferente al suyo, se encuentra la reconstrucción de su identidad.

Un/a inmigrante camina –al principio a ciegas– entre cuerpos, ideas, olores y vistas muy diferentes a las conocidas. Eso, cuando el idioma no es tan radicalmente diferente que hay que empezar hasta a aprender a hablar. Si esto es así, podemos imaginar cómo se ve afectada la sexualidad, cuando se supone que ésta no hace parte de las necesidades más básicas, como son el acceso a la comida o a un techo.

Cuando pienso en una entrada para el blog, sobre todo cuando tiene directas implicaciones sociales, suelo hacer el ejercicio de investigar lo que aparece sobre el tema en internet. En esta ocasión también lo he hecho y he encontrado información que, como profesional de la salud, me ha sorprendido especialmente por la insistencia compulsiva en la educación y en los peligros que acarrean las diferencias culturales, como si la población inmigrante trajera consigo un demonio sexual en sus maletas.

Como mujer, me ha chocado la insistencia en la prevención de enfermedades y en la compulsiva idea de que la mujer inmigrante es una víctima de sus parejas y de su sociedad, lo cual hay que corregir inmediatamente con esquemas europeos, que son los “correctos”. Como inmigrante, después de 19 años en España me da más risa que rabia cuando se habla de la desinformación que existe en [todos] nuestros países, a diferencia de la población autóctona que parece estar muy bien educada en temas de salud sexual. Ni una cosa ni la otra…


Desinformados estamos todos y todas. Necesitados/as de atención  también y cada vez más. Pero esto se puede ver claramente sólo si nos despojamos de todos esos prejuicios que amenazan –esos sí– y que ponen en peligro nuestras posibilidades de encuentro, de calidad de vida, de amor, de sexualidad sana y placentera.


Por esto, resulta ineficaz plantearse infinitos programas de educación sexual, si partimos de la idea de que hay que despojar a las personas inmigrantes de sus rasgos culturales ancestrales, para que adopten formas externas más civilizadas que –seamos sinceros– tampoco funcionan, en vez de intentar comprender las costumbres y creencias compartidas por quienes vienen de otro lugar, con unos códigos sociales, culturales o religiosos determinados que, con razón o sin ella, les dan sentido a sus formas de concebir el mundo y sus relaciones.

Será imposible una prevención en salud sexual cuando se representan tan marcadas las diferencias, pero no en cuanto a la diversidad sino en cuanto al escalón social que separa a quienes “saben” de quienes “deben aprender”. Me gusta lo que dice Carmen Gregorio Gil, hablando de mujeres en su artículo Mujeres inmigrantes: Colonizando sus cuerpos mediante fronteras procreativas, étnico-culturales, sexuales y reproductivas:

[…] Planteo en este sentido la emergencia de fronteras simbólicas apoyadas en representaciones del cuerpo de las mujeres como receptáculo de las demarcaciones entre un “otro” –inmigrante– frente a un “nosotros” –nacional–. Un “otro” presentado como bárbaro, incivilizado, invasor, que desde el nuevo discurso colonial ha de acatar nuestra constitución, nuestras costumbres y normas de convivencia y “trabajar activamente”, de lo contrario será amenazado con la expulsión del “paraíso Europa” .

[…] Pero, además al anteponer el “civilizado” frente al “salvaje” ¿no caemos en el riesgo de olvidarnos que nuestra tan modélica e igualitaria “cultura” también ejerce formas de dominación y violencia hacia sus mujeres, muchas de las cuales terminan en muertes y asesinatos? 


Esto en cuanto a salud sexual y reproductiva en mujeres inmigrantes. Pero también sucede con hombres, adolescentes y jóvenes, aunque generalmente se hace un énfasis en la mujer, como supuesta única responsable de la prevención de embarazos indeseados.

Cansa seguir escuchando generalizaciones como que la población inmigrante tiene menor educación sexual, que  nunca se habla de sexo en su casa, que está más expuesta a infecciones y enfermedades de transmisión sexual, que es fácil para el sexo, que acepta la violencia machista, que no sabe nada de métodos anticonceptivos y, cuando accede a ellos, los vende en vez de usarlos, que no es capaz de comunicarse con su pareja, que viene a prostituirse, etc.

Cansa también ver cómo día tras día, en todas partes del mundo, unos siguen matando a otros a punta de bala, de palabra o de indiferencia sólo por la necesidad de sentirse más grandes en su pequeñez, sin darse cuenta de que la única inmensidad posible reside en la diversidad. (Ver: “Aquí somos Así” – Del Mito de la Igualdad al Respeto por la  Diferencia)

Si alguien necesita aprender a vivir la sexualidad con salud, sea inmigrante, adolescente, hombre o mujer, homosexual o heterosexual, no lo va a conseguir por medio de dictámenes ni leyes incomprensibles y tampoco a través de discursos que nada tienen que ver con su realidad personal.


Cuando alguien se siente respetado, valorado en su propia idiosincracia,  será el primero en desear hacer parte de la sociedad en la que vive, en aprender nuevas formas, en expresar su inconformidad o su ignorancia y en defender los derechos de todos y de todas y será precisamente ese alguien el mejor transmisor de una sexualidad saludable en su vida cotidiana.


Hoy quería hablar de sexualidad, de libertad, de amor, de expansión, de cuerpo. Sin embargo, otra realidad me ha atrapado y en el fondo me alegro, ya que la ilusión por una sociedad más justa para todos y todas no se puede escribir en dos páginas, pero sí se puede ayudar a crear.  Y en ello estamos…

Y tú... ¿Qué piensas?

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