El Trabajo… ¿Una Maldición?

Se anhela, se necesita, se disfruta, se ama o se odia. El trabajo hace parte de nuestra vida y está ligado profundamente a nuestra identidad, trascendiendo la necesidad inmediata del sustento cotidiano.

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Es común escuchar que el trabajo es un mal necesario. Frecuentemente se vive como un castigo y se  le relaciona directa o indirectamente con la pesada lucha por una vida en la que hay que salir adelante con uñas y dientes.

Una versión moderna de este mensaje se refleja en los valores excepcionales que se le atribuyen al trabajo como fuente de progreso, forjador del carácter y vehículo hacia el bienestar. Al que se porte bien se le premiará con uno o dos días a la semana y unos cuantos más de vacaciones cada año, para recargar la energía y vaciarla de nuevo a la vuelta. Se valora al trabajador concentrado, obediente y disciplinado, cuya creatividad no se salga de los límites establecidos, a no ser que esa creatividad se convierta en dinero contante y sonante rápidamente.


Se opone el trabajo al ocio, a la diversión y al disfrute. Se opone a la alegría. El reloj es el testigo del tiempo ganado o perdido y trabajar es un orgullo, una muestra de valía, de ser capaz, de dar la talla.


Bajo esta moral, parece existir una dinámica en la que el trabajo es sólo un medio de ganarse la vida económica y social, resultando prácticamente indiferente hacer una cosa que otra. Trabajar, cobrar, gastar y seguir trabajando, reservando la creatividad para los momentos de ocio, sí se parece mucho a la esclavitud y sí, resulta comprensible la idea de que el trabajo es una condena que embrutece hasta al más inteligente.

¿Y qué se puede hacer?

Hay que sobrevivir, pagar facturas, sobrellevar la crisis, hay que tener una casa, alimentar a los hijos… La idea de una sociedad ideal está muy lejos de la realidad. Y la imagen del trabajo como un ejercicio pesado que consume la vida, no es sólo un problema personal. No puedes salir a la calle mañana y decir que a partir de ahora sólo vas a hacer lo que te apetezca. Al menos no es la realidad de la mayoría en estos momentos.

La idea del trabajo como “condena” es, sobre todo, un problema social. Tener un trabajo mal pagado, en condiciones a veces infrahumanas, donde la falta de reconocimiento y de respeto es la norma y agradecer por esta bendición pensando en los que no tienen nada, resulta grotesco, desde el punto de vista de la salud. Conformarse con el premio de un día o dos de descanso a la semana parece mucho, comparado con lo que cuentan quienes trabajan diez y doce horas por mil euros, cuando pagan bien, descansando horas sueltas.

¿Será posible una democracia del trabajo como la concebía W.Reich, basada en el rendimiento real y en la responsabilidad de cada uno por su propia existencia y función social?

Para esto, habría que distinguir entre el trabajo vitalmente necesario y el trabajo estéril, es decir, entre lo que se hace porque es biológicamente imperioso y lo que se hace porque toca.

La diferencia es abismal. Porque hay una gruesa brecha entre el “deber”, reflejado por algo que persigue, manda, castiga y atosiga llevando a actuar de forma compulsiva y rígida y el “querer”,  armonizando lo que uno es con lo que quiere ser.

Es diferente escapar hacia el descanso que acogerlo tanto como al trabajo y, por supuesto que cambian las cosas cuando se pasa el día haciendo algo mecánico y automático que cuando se trabaja en consonancia con la propia capacidad.

La diferencia se refleja nítidamente en polos opuestos: la apatía o el entusiasmo, la desmotivación o las ganas, la inseguridad o la confianza, la angustia o el placer.

Quienes trabajamos con el paradigma reichiano, ya sea en la clínica privada, en la labor preventiva, en el ámbito psicosocial, en instituciones sanitarias o en espacios educativos, vemos diariamente cómo, a medida que se van desarrollando los procesos y la vitalidad gana terreno, la relación con el trabajo cambia irremediablemente, dejando de ser éste una condena para ser liberada su capacidad mediante el desbloqueo de la energía estancada. Suele pasar que, espontáneamente, la persona expresa la necesidad de una vida laboral satisfactoria y difícilmente acepta menos que esto.

Escribía Reich en su libro “La Función del Orgasmo”:


“El conocimiento, el trabajo y el amor natural son las fuentes de la vida. Deberían también ser las fuerzas que la gobiernan y su responsabilidad total recae sobre todos los que producen mediante su trabajo”.


Entonces, la cuestión del trabajo no es sólo un problema personal. Pero sí se puede denunciar la improcedencia del trabajo penoso, del sometimiento, de la explotación y también se puede impedir que el miedo domine la vida individual, lo que supone asumir una actitud activa frente al propio destino.

¿Será esto posible? Yo creo que sí.

Y tú... ¿Qué piensas?

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