Despacio… Despacio

“No corras. Ve despacio, que donde tienes que ir es a ti mismo… y tu pequeño yo, recién-nacido eterno, no te puede seguir”– Juan Ramón Jiménez

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Espera, paciencia, silencio, proceso, son palabras que no gustan. Es la clave del éxito de quienes se dedican al comercio de comidas rápidas, de medicamentos y terapias que aseguran curar todo tipo de males de inmediato o del sinfín de máquinas que nos dominan, en vez de dominarlas nosotros a ellas.

“Despacio, Despacio…” fue un bonito libro que llegó a mis manos hace pocos años. Me llamó la atención su título, que sintonizaba con la necesidad de detenerme para tomar aliento, después de una etapa en que iba corriendo por la vida como si esto me hiciera llegar antes de tiempo … ¿A donde?… Ya ni lo recuerdo.

Detenerme en ese instante tuvo su magia porque, en realidad, nada tan grave pasó y el mundo siguió girando como siempre, sin mis prisas. Confieso que aún después de esta consciencia, en ocasiones me descubro –de nuevo– en la dinámica de hacer mil cosas a la vez y a la velocidad de un rayo, hasta que me doy cuenta y con cierta dificultad vuelvo a tomar el ritmo.

De vez en cuando nos queda un tiempo libre y si no, podemos buscarlo para experimentar la lentitud. Formas hay muchas y otras más podemos inventar. Funciona, por ejemplo, caminar por casa con los ojos cerrados sintiendo cada paso que damos, tomando consciencia de lo que tocamos, olemos o palpamos. Con los cuidados que el sentido común nos indique para prevenir accidentes innecesarios, este ejercicio resulta muy estimulante para quienes desean experimentar su ritmo lento.

Sincronizar el movimiento con música apacible y relajante también ayuda. Ver la evolución de una planta desde su semilla es un espectáculo maravilloso. Quedarse en silencio contemplando un bello paisaje devuelve el equilibrio y amplía la percepción. Preparar una comida a fuego lento y dejarla cocinar respetando sus tiempos es un regalo para la vista, el olfato y el gusto. Beber una copa de buen vino y disfrutarla sorbo a sorbo mientras se descubren sus aromas, puede conectarnos con todo tipo de sensaciones.

Como vemos, no es necesario pasarlo mal para retomar el ritmo lento que tanta falta nos hace. Se pueden incluir en las actividades cotidianas diversos juegos que nos ayudan a recuperar la consciencia de nosotros/as mismos/as.

A veces, aún jugando, aparecen sensaciones de miedo o de angustia y resulta insoportable la relación con lo lento. Entonces se ponen en marcha las defensas y la huida se convierte en la única solución posible. Distracciones, risas nerviosas, palabras que van y vienen como queriendo ahogar el silencio, actitudes compulsivas o sensaciones de pánico puro y duro, son fieles cómplices del esfuerzo por no estar presentes en el encuentro con la propia intimidad.

Cuando esto sucede, estaría bien preguntarse qué es lo que impide el contacto con las sensaciones, con el cuerpo, con las emociones, con uno mismo. Por qué la naturaleza se presenta tan odiosa cuando es la que nos está dando las pautas para una vida saludable. A qué ritmo nos estamos entregando y para beneficio de quién.

De cualquier manera, la angustia y el miedo frente al contacto con uno mismo están dando importantes señales que conviene tomar en cuenta. Son datos acerca del estado de salud física y emocional, que afortunadamente se pueden resolver en un espacio de Psicoterapia Corporal.

Así, recuperar el ritmo natural aceptando la lentitud en nuestra vida cotidiana –sin por esto desactivar las defensas para una adecuada gestión del estrés– es un nítido reflejo de una salud física y psicológica que seguramente tendrá una repercusión en los acontecimientos de una vida más satisfactoria.

Porque sí… Se puede estar Mejor.


FICHA DEL LIBRO “DESPACIO, DESPACIO”
Novo, M., “Despacio, despacio… 20 razones para ir más lentos por la vida”. Ed. Obelisco. Barcelona, 2010.
Para ver más bibliografía recomendada, accede a la Biblioteca de esta Web.

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