Calma por fuera, Estrés por dentro

Como si no importara, como si el rol en el mundo fuera el de un espectador neutral. Como si la propia vida perteneciera a otro

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Foto: Sandra Keil

Lo que se lleva son las prisas, desde la mañana hasta la tarde y si se puede incluir la noche con su insomnio, también vale. Agendas llenas de compromisos, tráfico en las grandes ciudades, interminables listas de tareas, proyectos que se arrinconan amedrentados con tanto intento fallido. ¿Acaso hay tiempo para más?

Entonces parecen ya normales los ojos abiertos a más no poder, tensos y abrumados. El cuello estirado hacia adelante como si así se pudiera llegar antes. Los chillidos desesperados intentando robar minutos a las horas, las carreras para todo. El ruido. 

Es el torbellino de la vida que llevamos, en el que el estrés se ha ganado su lugar a pulso y ha conseguido tanto estatus que ya parece hasta interesante llevarlo a cuestas.

A veces es tanta la tensión, que hay quienes se quedan más bien perplejos y aparentan una tranquilidad insobornable, en la que ni los peores terremotos emocionales son capaces de hacerles pestañear.  Se mantiene tan fuerte, tan dura la coraza, que tanto el mundo externo como el interno parecen dos planetas diferentes, desconectados, ajenos, extraños entre sí.

No nos engañemos. Ir por la vida con esa aparente calma, como si nada afectara ni alterara, respondiendo a todo con pasmada suavidad y sin modular ni un ápice el tono de la voz, no refleja necesariamente la tranquilidad que se pretende mostrar. Más bien me recuerda a una olla express a punto de explotar en cualquier momento… Y cuando explote, que nos pille en buen lugar para no sufrir sus consecuencias.

Si pudiéramos tomar una fotografía al interior de las emociones de quien aparece, más que en calma, con esa aparente indiferencia ante los vaivenes de la vida, podríamos ver cómo por dentro las cosas son bien diferentes.

Porque el estrés que no se expresa tampoco se elimina, sino que va haciendo de las suyas desestabilizando el sistema entero.

Porque más que calma y tranquilidad, parece ponerse en marcha un mecanismo de defensa empeñado en que el desamor, la pérdida, la frustración o la impotencia no conmuevan, ni para bien ni para mal.

Hay quienes pagarían lo que fuera por tener a mano este mecanismo y no tener que sentir tantas emociones intensas, muchas de ellas desagradables. Pero lo cierto es que mantenerse impávido hacia los acontecimientos no resulta tan buena idea. Será un atajo que funciona para mantener un ilusorio control de las situaciones, pero que pasa factura cuando aparecen sus lógicos efectos:

Reacciones psicosomáticas, distorsiones en el funcionamiento sexual, problemas en la relación con los demás, depresiones encubiertas, crisis de ansiedad, disminución de la capacidad creativa… es decir, todo lo que no se puede controlar porque responde a los mandatos del Sistema Nervioso Autónomo, hacia el cual no tenemos capacidad de acción voluntaria.

Mejor idea resulta buscar la forma de desatascar las vías de conexión con nosotros/as mismos/as y con el mundo que nos rodea. Fortalecer la identidad para que sea esta nuestro pilar. Contar con un “YO” fuerte pero sensible y tan vital que es capaz hasta de tambalearse y de sentirse vulnerable, por ejemplo ante el amor y otras bellezas.

Entonces no quiero decir que sea mas saludable vivir estresado que bloqueado por la indiferencia. Por supuesto que la tendencia es, o debería ser, hacia el equilibrio entre la tensión y la relajación mediante el contacto con uno mismo.

Sabemos que tomar contacto con nosotros/as y con el mundo no es algo que se aprenda en los libros, ni en una artículo virtual como este. Es más, no es algo que se aprenda en ninguna parte porque ese aprendizaje ya lo tenemos de forma natural. Lo que sí podemos hacer es encontrar la llave para abrir la puerta al autoconocimiento, no de una forma racional y mecanicista, sino a partir de las propias sensaciones y de las señales que el cuerpo nos ofrece para liberarnos de las ataduras que nos impiden fluir con libertad.

Y ahí sí podemos encontrar, tanto en la terapia psicológica como en otros recursos y vivencias personales, las herramientas que nos permitan expresarnos con la mayor autenticidad posible. Reaccionar a nuestras experiencias de maneras reales y consecuentes con las emociones que nos producen. Vivir, con lo que trae, aprovechando cada momento de la existencia, que para eso estamos aquí, para disfrutarla y compartirla.

Y tú... ¿Qué piensas?

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