Auto-acoso… Más allá del pensamiento

“Algún día todo será más fácil”… ¿Será este uno más de esos cuentos de hadas que tanto alimentan nuestras fantasías?

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Algún día todo será más fácil. Levantarse por las mañanas será un acto de agradecimiento por el regalo de la vida y al dormirse en las noches habrá un aire de paz y satisfacción… ¿Será este uno más de esos cuentos de hadas que tanto alimentan nuestras fantasías?

Vivir no está resultando nada fácil en estos tiempos de reiteradas violencias cotidianas, ejercidas con tanta soltura que llegan a parecer casi naturales. Hay quienes consiguen detectarlas y apartarse, hay quienes parecen regodearse en el lodo del sufrimiento que ocasionan, quedándose atrapados en el rol de la víctima. Hay quienes construyen mecanismos psicológicos tan complejos como antiguos para sortear sus consecuencias.

Uno de estos mecanismos es el que aparece como un doble vínculo con uno mismo. Una especie de película de ficción en la que el mismo personaje es el agresor y también la víctima.

Pues esa ficción está muy bien reflejada en la realidad del inconsciente, cuando el mecanismo se pone en marcha y se representa con un constante auto-acoso, seguido por un fallido intento de escapar y vuelta a empezar con el acoso, el intento de escapar y el acoso interminablemente, hasta generar una dinámica de identidad francamente perversa.

Intentemos tomar una rápida fotografía que nos permita reconocer el auto-acoso en la vida cotidiana. Una imagen muy clara nos la vuelven a regalar algunos hábitos en las redes sociales. Hace poco más de tres años, expertos en cultura informática empezaron a detectar una práctica que llamaron cyber self-harm o también self-trolling, es decir, “hacerse daño digitalmente”. Una práctica llevada en secreto en la que una persona ejerce el acoso hacia sí misma y reacciona de igual manera, como si fuera acosada por otra persona.

Este es un caso extremo pero lamentablemente creciente, de un mecanismo que lleva mucho tiempo ejerciéndose de manera velada en nuestra sociedad, aunque llevado a cabo de formas más habituales y cotidianas.

Ejemplos típicos son aquellos… “qué tonto/a soy”, “no sirvo para nada”, “soy débil e incapaz”, “no tengo remedio”… etc. Frases que demasiadas veces se han escuchado desde afuera y que se incorporan en el interior, convirtiéndose en lamentables características enquistadas en una dañada identidad.

Pero esto no se queda sólo en el pensamiento. A partir de una imagen distorsionada de sí mismo/a, los actos de la vida se enturbian de tal manera que nada consigue ocultar esos supuestos defectos.

El perfeccionismo se convierte en uno de los más traicioneros enemigos y ningún trabajo parece suficiente, ningún vestido adecuado, ninguna pareja, hijo/a o amigo/a digno/a de amor incondicional. (Ver: “Me Falta Algo – Sobre la Eterna Insatisfacción” y “¿Quieres lo que no Tienes? – Hacia la más perfecta imperfección”). Bajo esta percepción, todo lo propio tiene poca gracia, mientras lo de los demás brilla y reluce, y es así como la envidia se acomoda en el arsenal caracterial como un rasgo que, más que aliviar, incrementa el sufrimiento (Ver: “La Envidia… ¿Dónde está el Enemigo?”)

Entonces sí, algún día todo será más fácil pero no porque haya sucedido un milagro o porque los demás hayan cambiado. Será más fácil porque quien vive en una dinámica de auto-acoso habrá encontrado el origen de la enemistad con sigo mismo/a, haciendo un repaso necesario de su historia personal y detectando las implicaciones que ésta tiene en sus dinámicas actuales. Será más fácil porque en vez de intentar “aprender” a relacionarse mejor, se activarán las funciones naturales ya instauradas, que le permitirán vivir como un ser humano, biológica y psicológicamente apto para una vida plena y placentera.

Entonces sí, puede ser. Algún día todo será más fácil. Levantarse por las mañanas será un acto de agradecimiento por el regalo de la vida y al dormirse en las noches habrá un aire de paz y satisfacción.

No es un cuento de hadas… pero también depende de ti.

Y tú... ¿Qué piensas?

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