El Regalo y sus Diversas Intenciones

El regalo, ese objeto tan lleno de significado, a veces trae mensajes de afectos fácilmente detectables, otras veces colmados de oscuras intenciones

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Me encanta dar regalos y también recibirlos. Es una manera de expresión de los afectos que siempre me ha conmovido personalmente y que también me ha causado curiosidad cuando pienso en sus implicaciones psicológicas.

En su estado más puro, un regalo dado con la transparencia de la inocencia es una muestra de afecto que emociona, porque es un símbolo que representa la intención de hacer sentir bien a otra persona. Pero también impresiona cuando viene cargado de algo que confunde y que en nada se parece al deseo genuino de provocar una sonrisa. 

Es fácil caer en la trampa de medir el afecto de un regalo según los parámetros “bueno=costoso”. En realidad, el contenido emocional de un regalo no se rige por la moda o por la capacidad económica, sino que trae consigo una energía imposible de envolver en una bonita caja con cintas de colores.

Esa energía puede venir con una dulzura natural sólo comparable a los mejores bombones que hayamos probado nunca o con un sabor más edulcorado que no conseguimos identificar.

A veces puede percibirse el regalo como una especie de soborno y en ocasiones lo es. Puede venir en un precioso empaque, escondiendo algo parecido a una bomba de dinamita dispuesta a estallar en cuanto la tomamos en nuestras manos.

De la manera más refinada, un regalo puede venir bien cargado de expectativas, de exigencias, de reproches, de poder… de todo menos de amor.

Pensemos, por ejemplo, en quien elige el regalo adecuado según sus propias necesidades. Quien piensa que hay que destacar, que no puede pasar desapercibido aunque su regalo no guste o aunque no sirva para nada.

Regalos más útiles y hermosos también se pueden dar con la intención de rivalizar, cuando las celebraciones se convierten en un “yo puedo más que tú“, opacando el ambiente con la densidad de un regalo cargado de oscuras intenciones.

Hay también quien regala con la velada intención de retener. Aquí parece haber una inseguridad que se apacigua temporalmente con la convicción de que la otra persona no se irá, ya sea por la belleza o el precio económico del regalo en cuestión, ya sea por el compromiso que supone haberlo recibido.

También conocemos el regalo que viene envuelto en un intento de controlar, con la ilusión de que la otra persona cumpla algunas expectativas. De esto hay muchos ejemplos, desde la lavadora de platos para la mujer que se espera que se quede en casa —aunque no quiera—, hasta los pendientes de perlas para la adolescente que aspira a vivir en una comuna hippie, pasando por el móvil con opción de “saber donde estás en todo momento“, o una cantidad de dinero sobre el cual debes rendir cuentas de dónde, cómo, cuándo y con quién te lo vas a gastar.

Entre padres/madres e hijo/as, entre amigos y amigas, parejas, amantes, compañero/as… Como vemos, el regalo es mucho más que un simple objeto. Está envuelto en significados y percepciones psicológicas y reflejan la calidad de las relaciones con uno mismo y con los demás.

Hay quienes se preguntan… ¿Por qué, si me han dado un regalo, me siento como si me hubieran dado una paliza y además me estuvieran cobrando el doble?

Los juegos de relación perversa en que se usa el regalo como mediador suelen acabar mal. En vez de generar confianza y acercamiento, tarde o temprano generan rechazo y distancia o, al menos, confusión por la paradoja.

Ya sea inocente o indecente la motivación para regalar, quien recibe el regalo no es de ninguna manera pasivo. Quien recibe tiene la opción de aceptar o de rechazar el ofrecimiento. Es decir, tiene la opción de entrar en el juego perverso o, por el contrario, de desvelar las motivaciones que no considere aceptables.

Así mismo puede aceptar, o no, un regalo hecho con las más sinceras intenciones de acercamiento, de expresión del cariño o del amor, asumiendo el compromiso que supone y el respeto por las relaciones interpersonales, que siempre son mejores cuando se viven con transparencia y claridad.

Elijamos entonces lo mejor posible a quiénes damos y de quién recibimos un regalo. Arriesguémonos a dar con calidad y sin condiciones, independientemente del tamaño, el precio o la forma. Animémonos a construir relaciones de reciprocidad y confianza. Hagamos lo que esté a nuestro alcance para hacer sentir bien a los demás, aunque no esté de moda.

Regalemos… Recibamos… Y recordemos que sólo podemos dar lo que tenemos.

Y tú... ¿Qué piensas?

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