Si quiere un Perro que haga “miau”, cómprese un Gato

Lo curioso es que cuando llegan los desencuentros, parece que lo que tanto gustaba al principio se derritiera después en una suerte de reproches infinitos

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“Si quiere un perro que haga “miau”, cómprese un gato”. Es una frase que he oído muchas veces en Colombia y que sigue sacándome una que otra sonrisa cada vez que llega a mi mente, pues me parece tan acertada y ocurrente que poco o nada hay que explicar sobre su significado.

Pero reflexionar nunca sobra. Así que empiezo por pensar en los principios de las relaciones de pareja, cuando todo es maravilloso y a la otra persona se la inviste de un aura más que perfecta.

Sus aficiones, sus ideas, su trabajo, su forma de vestir, su forma de des-vestir… ¡Todo es tal como lo deseaba!

Pasa el tiempo… la pareja evoluciona y se empiezan a construir proyectos de futuro. Los primeros encuentros se recuerdan con alegría y sirven como base para los tiempos buenos, los no tan buenos y los peores. Porque si has experimentado una relación de más de dos meses o mejor aún, de más de dos años, ya sabrás que no todo es color de rosa.

Lo curioso es que cuando llegan los desencuentros, parece que lo que tanto gustaba al principio se derritiera después en una suerte de reproches infinitos…

“¡Tanto fútbol para perder el tiempo!”

“¡Tanto gimnasio para llegar a casa a comer chocolates!”

¿Cómo se te ocurre pensar que el mundo estaría mejor tal como lo ves?”

Tu forma de ver la crianza de nuestros hijos es totalmente loca

“¡Trabajas tanto que no se te ve la cara!”

Nunca acabaría con una lista exhaustiva de reproches que se lanzan, por activa y por pasiva, parejas que con el tiempo han olvidado aquello que les unió y que, por desgracia, no han actualizado su relación de acuerdo con los cambios, las necesidades y los deseos propios y los comunes. Se entiende que esto supone un riesgo que no todos/as están dispuestos/as a asumir, ya que trae consigo la pregunta que deberíamos hacernos cada día: “¿Realmente es esta la persona con quien quiero compartir mi vida?

Pero a veces las cosas se ponen mal, incluso antes de empezar. Me refiero al momento de la elección de la pareja. La atracción que se siente o la necesidad de sentirse menos solo/a, pueden ser bien traicioneras cuando se piensa: “Sí, esto no me gusta de él/ella, pero sé que cambiará por mi”. Y ahí es donde, más que nunca, cobra vida la frase: “Si quiere un perro que haga miau, cómprese un gato”.

Más fácil, más lógico, más ético incluso, que pasarse la vida intentando que los demás sean como no quieren ser. Ni el mismo amor puede ser usado como bandera para que esto suceda.

Hablo de la pareja porque es el ejemplo más fácil. Pero lo mismo sucede en otras relaciones en las que el afecto está comprometido. Las relaciones de amistad también son vulnerables a la expectativas que los demás ponen sobre nosotros y ni qué decir de niños. niñas y adolescentes, a quienes se presiona permanentemente para que lleguen a dar tallas que no les corresponden.

La falta de reconocimiento por lo que uno es genuinamente, suele ser una de las quejas más acusadas en la consulta psicoterapéutica. Si partimos de la consciencia de esta carencia que, como adultos llevamos a cuestas, podemos empezar a remendar los trozos rotos, a curar las heridas (Ver: Regresar a las Heridas como parte de la Curación), a cambiar antes de esperar que cambien los demás.

Tal vez así podamos construir relaciones más cálidas y constructivas, donde cada quien pueda ser como es, de la mejor manera posible.

Y tú... ¿Qué piensas?

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