Reclamar… ¿Para qué?

Pareciera que la violencia cotidiana ha calado hondo y lo que se oye son voces ahogadas, como en esas pesadillas en que intentas pedir auxilio mientras experimentas la angustiante incapacidad de hacer sonar tu voz

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La ilusión de la armonía perfecta se diluye ante los constantes intentos de sobrevivir en un mundo que a veces parece un campo de batalla para ver quién puede más, quién convence antes, quién usa mejor sus armas de manipulación…. QUIÉN GANA. En el espacio privado y en el público podemos encontrarnos con desavenencias que desgastan, sin llegar a un resultado que favorezca realmente a nadie

Esto ha convertido a una preocupante mayoría en víctima de su propia pasividad. Pareciera que la violencia cotidiana (Ver) ha calado hondo y lo que se oye son voces ahogadas, como en esas pesadillas en que intentas pedir auxilio mientras experimentas la angustiante incapacidad de hacer sonar tu voz.

Una pesadilla que a veces se vive también en la vigilia, aunque en este caso las defensas permiten enmascarar las emociones y aparecer como si nada pasara… pero pasa 

Pasa que el sentimiento de impotencia se esconde en un secreto silencio y es paradójico si recordamos que estamos aquí para existir, precisamente. Para poder, para ser, para ocupar un lugar donde somos… o deberíamos ser vistos/as y escuchados/as.

Pasa que mientras lo dejamos estar, se abusa sistemáticamente de las personas en los trabajos, en los comercios, en las instituciones de servicios. Y aún así nos preguntamos: Reclamar… ¿Para qué?

Pasa que, poquito a poquito, la resignación toma la delantera y apaga los cuerpos y las mentes quitándoles la vitalidad que por naturaleza les corresponde (Ver: La Resignación, una peligrosa Comodidad).

Carecemos de una cultura del reclamo. Nos damos cuenta pero son pocos quienes hacen valer su derecho a reclamar, por ejemplo, por un servicio mediocre, por un producto que se ha adquirido en malas condiciones o por un trato inapropiado ya sea en un restaurante, en una tienda, en el metro, en el banco o en el mismísimo centro de salud.

Una sutil pero consistente diferencia entre la pasividad y el adecuado uso de nuestros derechos:

Cuando no se dice nada pero sí se siente la indignación correspondiente, se tiende a expresar el malestar en forma de queja masoquista, asumiendo roles victimistas que sólo reflejan la incapacidad para gestionar la situación. El miedo, la vergüenza y la tramposa pregunta “¿Para qué?” lo impiden todo, desde un intento de diálogo conciliador hasta una necesaria confrontación.

En cambio quien hace uso responsable de sus derechos será consciente de si la balanza entre servicio/producto y calidad es equilibrada. Participa activamente en sus intercambios y transacciones, toma decisiones, propone acuerdos y si la situación lo exige reclama, porque no sólo conoce sino que asume su papel activo en la situación.

Reclamar cuando no se respetan nuestros derechos no debería ser opcional. Es parte de hacernos cargo de la vida, de asumirla con consciencia y de gestionarla en función de un ambiente de salud individual y colectivo.

Un comentario en “Reclamar… ¿Para qué?

  1. Hay algo que me parece también muy preocupante.Nos estamos acostumbrando a recibir muy mal servicio por parte de las instituciones públicas(Entes que detentan el poder),A modo de ejemplo; suciedad de los lugares públicos(calles,metro…),mobiliario público roto que no se repara,jardines públicos que no se cuidan,permisividad con las bicis que circulan por las aceras estresando a los peatones…Enfín una infinidad de imágenes cotidianas que me desbordan y,lo reconozco,que me superan.La desidia con lo público por el poder político y,también, por parte de una mayoría de público está causando una ambiente deshumanizado, seres robotizados ,desconectados de esa realidad (que nos supera y nos deprime) y de reclamar nuestras necesidades como animales humanos,tal como mencionas en tu artículo(ser escuchados,ser vistos)…pero añadiría también ser abrazados,acariciados,deseados y amados.

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