Llámame por mi Nombre

Tu nombre es aquel que te pusieron al nacer… o no. Es el que tú aceptas o eliges, el que puedes defender, el que te representa.

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Te propongo esta experiencia: túmbate cómodamente en una cama o en el suelo, de lado, como si durmieras. Cierra los ojos y respira profundamente. Ahora recuerda los sonidos con tu nombre, dichos por las personas que te han querido y te quieren. Recuerda el tono de sus voces y la manera de acariciarte con cada sílaba.

Date unos minutos y vive este momento porque el recuerdo y la imaginación también pueden ser un bálsamo curativo. Y ahora que has vuelto al aquí y ahora, no te olvides de pedir encarecidamente a los demás que te llamen por tu nombre.

A veces pensamos que esto no tiene ninguna importancia, pero el nombre con el que vamos por la vida nos define. Es una de nuestras más importantes marcas de identidad y por esto es que acostumbramos a responder con él cuando nos preguntan quiénes somos.

Somos una biografía, una cultura, un tiempo que marca nuestra generación. Nuestro nombre contiene una historia familiar así como un momento social determinado, creencias religiosas, expectativas o una elección personal cuando decidimos no llevarlo a cuestas si nos pesa.

¿Cómo te sientes con tu nombre? ¿Conoces su historia? ¿Es verdaderamente tuyo? ¿Te representa? ¿Te apoya en tu ubicación en el mundo? ¿Lo asocias con algo agradable o desagradable?

Dicen que el nombre puede influir en la percepción que cada uno tiene de sí mismo. Algunos denotan distinción, otros un carácter amable, dulce, alegre, sufriente, intelectual, divino o guerrero. Hay también los que expresan modelos tradicionales de género, raza o de clases sociales y otros que se asocian a destinos diferentes a los marcados en la saga familiar.

De todas maneras un nombre que denota algo positivo no nos garantiza personalidades más  tranquilas, felices o equilibradas, como algunos intentan simplificar. Angustias, Jesús, Perfecto o Inmaculada pueden ser más felices que Libertad, Angel o Paz, cuando alguno de estos últimos fue el nombre para el hijo o a la hija que no llegó a nacer y se le puso a la siguiente, o cuando tuvo que vivir una guerra inagotable durante una infancia oscura… sí, a pesar de su nombre.

Porque en el nombre está inmerso nuestro mundo emocional. Allá se alojan los deseos y las expectativas sobre nosotros y allí también habita la sensación de sentirnos –o no– valorados, deseados, bienvenidos, aceptados.

Más allá del sentido literal, el nombre tiene un fuerte impacto en la identidad porque nombrar es integrarnos en el mundo de las relaciones humanas y es la más importante expresión de reconocimiento.

Conoce tu historia, los lazos que te impulsan a vivir y las cadenas que te atrapan en un sinvivir. Conoce tu nombre y llévalo contigo.

Y tú... ¿Qué piensas?

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