Validación de las Emociones

Historias de vida llenas de amargos o dulces recuerdos. El pesado fardo del pasado o la ligera vivencia de los hechos presentes. La mente y el cuerpo bailando al mismo compás o en una caótica mezcla de desencuentros

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Entre unas y otras historias se va construyendo la imagen personal. Y así uno se cree libre, guapo/a, interesante, anodino/a, inteligente, tonto/a, asertivo/a, errático/a, buena o mala persona.

Y no es azar la imagen de sí mismo/a. Está teñida de una compleja dinámica entre la relación con aquellas referencias de la infancia, así como con las diversas experiencias que se viven después. En el entramado de estas relaciones uno asume sus percepciones y sentimientos como válidos o como simples imaginaciones, no siempre dignas de ser expresadas.

Así, escuchamos ciertas muletillas que nos hacen pensar en las comunicaciones con otras personas: 

“Seguramente es una tontería lo que voy a decir pero creo que…”

“Puede que no sea así, pero me siento cansada/o, aburrida/o, desenamorada/o, triste…”

“Sé que no me creerás pero me siento…”

“Pensarás que soy un/a exagerado/a, pero me parece que…”


En estas ocasiones, como en casi todas, el lenguaje verbal expresa algo más que la simple palabra dicha. Es como borrar lo escrito antes de escribirlo. Es preparar al interlocutor ante algo que no ha sucedido pero que ya contiene un tinte de prejuicio, de negación, de rechazo.

¿De donde vendrá esta absurda forma de desdecir de antemano lo aún no dicho?

Sabemos que es en los primeros años cuando se construye la identidad y, aunque en algunos casos se sigue ignorando la importancia de dar a niños y niñas la posibilidad de expresar libremente sus emociones, cada vez más se intenta aprender a acompañarles mejor en su proceso de crecimiento. Sin embargo sigue habiendo una cierta compulsión a educar, en función de la comodidad del adulto, de la expectativa o del miedo al qué dirán.

De maneras cada vez más sofisticadas, se intenta persuadir a niños, niñas, adolescentes, jóvenes, adultos y personas mayores, porque de esta nadie se escapa, para seguir algunas pautas que se consideran adecuadas. Y es fácil, pues hay unas cuantas frases cortas que tienen un efecto inmediato para cumplir con el objetivo. Creo que a nadie le resultan extrañas situaciones de este tipo:

Expresión de miedo: “El examen de mañana es muy difícil y temo fallar”.
Respuesta: “No es para tanto, si has estudiado tiene que irte bien”

Expresión de tristeza: “Siento pena porque mi novio/a me ha dejado”
Respuesta: “¡Como si no hubiera otros hombres/mujeres en el mundo!

Expresión de duelo: “Ha pasado un año de su muerte y no me repongo”
Respuesta: No es bueno estar triste. ¡Animo! ¡Alégrate!

Expresión de rabia: “Me molesta que hagan bromas sobre mi forma de ser o de vestir”
Respuesta: ¡Qué exagerado/a eres! Deberías reírte tú también.

Expresión de frustración: “Me siento cansado/a pues no he encontrado lo que tanto buscaba”
Respuesta: ¡Sé positivo/a, sé fuerte, mira el lado bueno!

Expresión de Impotencia: “Quería ese viaje y se han acabado los billetes”
Respuesta: ¡Eso no es un problema!, ¡No es tan grave!

Con independencia de las buenas o malas intenciones de estas respuestas, el efecto suele ser la sensación de estar equivocado/a, de no poder confiar en lo que se siente, de necesitar a alguien externo para validar lo interno. Y no pasará mucho tiempo antes de integrar dentro de si a ese pequeño pero fastidioso policía interno, dispuesto a no dejar pasar nada que no haya sido antes escaneado y validado o invalidado por su rígida visión.

Hay quienes desde muy pequeños han hecho frente a estas absurdas pero frecuentes respuestas, intentando cambiar sus sentimientos o aplanarlos de alguna forma, como un intento de adaptación necesaria. En algunos casos funciona la estrategia y así es como se forma el carácter que se convierte en una especie de segunda piel en la gestión de las emociones, hasta convencernos de que somos eso, la defensa, el pseudo-yo, alejándonos cada vez más del ser auténtico.

Y es este proceso el que lleva a algunas personas a plantearse un cambio en un momento dado, muchas veces motivado por una difícil experiencia actual que afecta al mundo emocional. La defensa que funcionaba tan bien, de pronto se agrieta y esa caja de emociones salta por los aires sin saber cómo ni donde expresarse.

En algunas de estas ocasiones, un proceso Psicoterapéutico es la opción que se toma para comprender los mecanismos inconscientes que han llevado a una crisis o a un malestar general o focalizado en el trabajo, la familia o la pareja, por ejemplo.

Es a partir de este proceso Psicoterapéutico donde se pueden volver a experimentar las emociones para expresarlas más libremente en el entorno. Y es aquí donde no se “aprende” sino que se experimenta la emoción como parte de uno más allá de lo bueno, malo, correcto o incorrecto que nos hayan enseñado.

Porque todas las emociones son válidas. Todas tienen sentido por el simple hecho de salir de adentro y a nadie se le hace ningún favor ignorando o intentando cambiar su experiencia emocional, única e intransferible.

Otra cosa es ver cómo se gestionan estas emociones, siempre válidas. Y aquí la Psicoterapia también aporta cuando sienta sus bases en la recuperación de la capacidad biológica y psicológica para la expresión. Y digo recuperación –no aprendizaje ni acostumbramiento– siguiendo las bases del trabajo de Wilhelm Reich, en el cual no se trata, por una vez más, de intentar adiestrar ni moldear a nadie en lo que el terapeuta considera correcto, sino en ayudar a la persona a encontrar su propia manera, auténtica, de ser.

Porque validar las emociones va más allá de un simple decir sí a todo…

Quienes acuden cada semana a la consulta lo saben muy bien. La Psicoterapia es muy diferente a leer un libro sobre cómo subir la autoestima y no es lo mismo que hablar con una cariñosa y complaciente amiga que nos da su apoyo cuando nos sentimos mal (Ver: Si uno tiene un amigo… ¿Hay que tener un terapeuta?). La Psicoterapia ayuda a madurar lo que se quedó atascado en el camino. Ayuda a verse a uno mismo en lo que gusta y en lo que no gusta. Ayuda a abrir las vías naturales de expresión a través de un trabajo sistemático y a la vez personalizado, ayuda a resolver lo que impide una adecuada auto-valoración para experimentar la libertad de ser como uno es.

En el conocimiento y la aceptación de nuestras propias emociones sobre las experiencias cotidianas vamos encontrando las respuestas que el cuerpo tiene para darnos. Escucharle es una buena idea para entendernos mejor. 

Y tú... ¿Qué piensas?

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