Aborto, antes y después

¿Hiciste mal? ¿Podrás volverlo a intentar? ¿El sentimiento de culpa no te deja seguir adelante? ¿Quien puede decidir por ti el camino? ¿Vas a coger una depresión?

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Foto: Sandra Keil

Estás embarazada. ¡Qué ilusión! Corres a contárselo a tu mejor amiga, a tus padres, a todo el mundo. Te llenas de amor y de proyectos y conectas con todo lo que significa vida. Y el día menos esperado tus braguitas manchadas de sangre te anuncian que algo no va bien. Corres al hospital y te dan el temido veredicto: El corazón ya no palpita. El embrión no tiene vida y hay que actuar para sacarlo de ti. 

Estás embarazada. ¡Qué mal momento! No sabes siquiera si a esta persona le puedes llamar pareja y si es así las cosas no van como para un proyecto de estas dimensiones. La economía tambalea, el trabajo te exige dedicación completa o hasta ahora no te habías planteado ser madre. Pero no descartas la posibilidad de llevar el embarazo a término. Haces cálculos, coges fuerza, te acuerdas de quienes siempre te han ayudado. Y al minuto siguiente desechas la idea por sentirte de nuevo sin la disposición. La indecisión te lleva de un lado a otro como una marioneta y te sientes a la deriva de un destino ante el que no puedes actuar.

Estuviste embarazada y decidiste interrumpir el embarazo. Ya pasó, ya se fue. Tal vez sientas alivio y veas un luminoso horizonte. O posiblemente te sientas triste y profundamente herida. Puede que lo hayas hecho consciente de tu libertad para elegir pero también que te hayas sentido presionada para hacer algo que en realidad no deseabas. Puede que, aún con tu determinación y seguridad, después de un tiempo estén apareciendo  inesperados sentimientos con los que no contabas.

¿Hiciste mal? ¿Podrás volverlo a intentar? ¿El sentimiento de culpa no te deja seguir adelante? ¿Quien puede decidir por ti el camino? ¿Vas a coger una depresión?

En principio, la pérdida voluntaria o involuntaria de tu embarazo no supone una enfermedad. Como todos los otros duelos seguramente requerirá un proceso de elaboración y es el tiempo tu mejor aliado. 

Sin embargo, cada mujer afronta la experiencia de manera diferente según su condición particular. Dolor, alivio, confusión, esperanza o desazón dependen de tantos factores que es importante no darlo todo por sentado y prevenir innecesarias reacciones.

Como aquí nuestro faro es la salud vamos a empezar por la premisa del respeto, tanto si estás decidiendo o si ya has optado por interrumpir voluntariamente tu embarazo, como si aún deseándolo no lo pudiste llevar a término. Los reproches, los juicios o los intentos de convencer los vamos a dejar para las iglesias y algunos partidos políticos, ávidos de todo menos de libertad de las mujeres para gestionar su vida.

Decíamos entonces que las condiciones particulares pueden marcar en gran medida la elaboración psicológica de la experiencia de la interrupción del embarazo. Porque no es lo mismo…

Si lo decides voluntariamente o si la pérdida te llega de forma inesperada e indeseada. 

Si eres autónoma en tu decisión o si recibes presiones externas

Si abortas en el más oscuro secreto o con el apoyo de pareja, familia y/o amigos/as

Si estás en un entorno que ve natural el rechazo a la mujer o en un contexto respetuoso con su libre decisión

Si este es un aborto puntual o si hace parte de una cadena de pérdidas gestacionales involuntarias

Si el momento de la pérdida te encuentra en  los primeros años o hacia el final de tu edad reproductiva

Si has interrumpido tu embarazo en condiciones higiénicas adecuadas y atendida por profesionales capacitados o en lugares clandestinos no regulados. 

Claro que no es lo mismo una cosa que otra. Y además tus rasgos de carácter se pondrán a trabajar horas extras pues ante una experiencia tan excepcional, tu sistema de defensas psíquico y físico sacará toda la artillería para protegerte.  

Entonces la expresión de tus emociones está claramente matizada por tus rasgos de carácter y saber esto es muy importante pues te da una idea de por qué vives esta experiencia de una forma tan diferente a la de tu amiga, tu hermana o tu vecina.  

Tu respuesta ante la experiencia del aborto puede tener tintes de razonable dolor y tristeza por la pérdida, que elaborarás con el tiempo y sin mayores daños. Es cuestión de paciencia, autocuidado y muy buenas compañías. 

O tal vez respondas con una actitud de resignación y pasividad (muy diferentes a la aceptación) cubiertas con el hedor de la culpa. Ahí ya podrías ir pensando en buscar ayuda, si  la cosa se prolonga demasiado. 

También puede que se amplifique tu rasgo obsesivo del carácter siendo imposible quitarte la misma idea de la cabeza, que ronda las 24 horas del día con su noche, como un intento de aliviar el estrés producido. 

O puede que encuentres la solución en la huída hacia adelante o hacia donde sea, con tal de no tomar contacto con el aquí y ahora tan doloroso. Una versión muy típica es hacer como si nada hubiera pasado, poner una sonrisa y olvidarte.

Nada de eso es malo ni bueno. Todo es de alguna manera funcional, es decir que sirve para algo, aunque sea para protegerte de sensaciones y emociones  insoportables. 

Y aunque en principio no sea imprescindible acudir a la ayuda psicológica, si te sientes atascada en una decisión o si después de la pérdida la añoranza, la ansiedad, la culpa o la depresión obstruyen tu vida, sí parece conveniente investigar qué te puede estar impidiendo la elaboración del duelo. 

A veces se despiertan dolores antiguos, pérdidas y despedidas que no acabaron de cerrarse o que no se habían hecho conscientes. Por supuesto que no hace falta tener un aborto para que estas heridas se actualicen. Puede suceder también con tu boda, con una mudanza o una obra en casa, un cambio de trabajo, la inmigración o una separación. Y también con el aborto.

Al final, hasta la dolorosa experiencia del aborto puede traerte una oportunidad bajo la manga. Una oportunidad para conocerte, descubrirte, encontrar tus dolores ocultos. Para resolver, reparar, caerte, levantarte y volver a empezar. 

Y tú... ¿Qué piensas?

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