Depresión… Pérdida y Separación

Cambios de trabajo, de casa, jubilación. Cambios de edad, de estatus social, financieros. Cambios en la estructura familiar, experiencias intensas, viajes maratónicos y agotadores, pueden mover profundos y antiguos hilos relacionados con una depresión.

Imagen: PIRO4D

Ultimamente hemos hablado bastante sobre la depresión y su relación con las pérdidas. Es un tema recurrente en este blog ya que además de ser uno de los aspectos más interesantes para mi a nivel profesional, son cada vez más las demandas de atención por este motivo. 

Hablamos de las separaciones y las pérdidas como caldo de cultivo para la depresión. Eso no quiere decir que siempre que vivimos una pérdida o una separación sea inevitable deprimimos. Depende más bien de la oportunidad que tengamos de afrontarlas con salud. 

Podemos decir que la depresión responde tanto a la reacción hacia una pérdida sufrida durante la niñez, como a los sucesos recientes en la vida de una persona. Por lo tanto, no debemos olvidar que en cada uno de nosotros se ha construido una estructura caracterial que de alguna manera determina la forma como afrontamos lo que nos sucede durante la vida. 

Pérdidas y separaciones… o amenazas de estas. Hay quienes no encuentran ninguna relación entre sus estados depresivos y las pérdidas en el transcurso de su vida y quienes no pueden  comprender por qué otra persona sufre de profunda melancolía si tiene todo lo que cualquiera desearía.

Porque al hablar de pérdidas y de separaciones se nos vienen a la mente las típicas experiencias de las que nadie osaría minimizar su efecto en el ánimo de quien las ha sufrido. La muerte se lleva la medalla, pues se entiende que perder a una persona con quien manteníamos una estrecha relación nos deje conmocionados por un buen tiempo. 

Sin embargo, es difícil determinar cuándo una pérdida o una separación cala tan hondo, pues cada quien interpreta la  pena según la forma como asimila el mundo. Así, alguien puede encontrar dramática toda experiencia de pérdida grande, mediana o pequeña y otro puede obviar incluso detalles importantes que nos ayudarían a comprenderle mejor. 

Si aparece un estado depresivo valdría la pena preguntarnos qué ha sucedido últimamente, al menos en los últimos meses. Puede que nos sorprenda darnos cuenta de cómo vamos sufriendo una que otra pérdida, unas que otras separaciones de las que apenas somos conscientes. Veamos algunos ejemplos: 

  • La muerte de una mascota. El perro se muere, al gato lo aplasta un coche. ¿Pero es tan grave, si “sólo” era un animal? ¡Ni que fuera tu hijo! Pues sí, a veces en un perro, un gato u otro ser vivo se depositan afectos tan profundos como lo haría cualquiera con un hijo, un padre o una pareja. ¿Bien o mal? ¿Sano o patológico? No se trata aquí de determinar esto y no hay una regla general. ¿Tristeza y dolor por la pérdida? Sí. Por supuesto que sí. 
  • Aniversarios. El duelo vivido y consciente no se limita al día del adiós y los meses siguientes. Año tras año aparece ese número en el calendario y puede que ni nos demos cuenta, pero nuestra memoria corporal no lo olvida. Es por esto que abundan ejemplos de crisis depresivas sin aparente motivo, que coinciden precisamente con las fechas señaladas en relación con pérdidas anteriores. 
  • Decepciones. En tiempos de relaciones desechables parecen inofensivos los agravios. Se supone que estamos avanzadísimos en racionalizar todo tipo de experiencias, pero son tantas las veces que los movimientos internos van por otra vía, que podemos no darnos cuenta de cómo nos ha afectado un rechazo, una deslealtad o la  indiferencia de alguien de quien nos hubiera gustado sentirnos apoyados. 
  • No saber. Algo sucedió pero la consciencia no llega y todo se mantiene en una sombría maraña de imágenes borrosas. Es lo que sucede, por ejemplo, con experiencias tempranas de abuso sexual, con bastante frecuencia asociadas a depresiones y otras respuestas psíquicas y somáticas. 
  • Migración. Dejar el lugar de origen o ver partir a quien emigra puede despertar antiguas separaciones y pérdidas. Puede ser una aventura maravillosa y feliz, nada que ver con la desesperanza de la muerte o del rechazo. Pero aún así sigue siendo pérdida y sigue habiendo una ruptura con algo tan potente como la raíz. 

Cambios de trabajo, de casa, jubilación. Cambios de edad, de estatus social, financieros. Cambios en la estructura familiar, experiencias intensas, viajes maratónicos y agotadores, pueden mover profundos y antiguos hilos relacionados con una depresión.  

No habrá muerto a quien llorar, ni entierros ni pésames y muchas veces ni siquiera el apoyo empático de nadie, simplemente porque nadie se ha dado cuenta. Pérdidas y separaciones  algunas sin mayor importancia en apariencia, pero que es mejor tomar en cuenta porque doler, sí duelen con ese dolor sordo que no parece real.

No sobra repetir lo dicho una vez más. No todo el que alguna vez ha sido engañado o humillado, no todo el que ha emigrado, no todo el que se jubila, no a todo el que se le muere el perro o el gato va a sufrir necesariamente una depresión. Pero sí hay una importante correlación entre los duelos cuando se hacen crónicos y los estados depresivos.  

No podemos evitar la muerte y tampoco las pérdidas. Ponerse un chaleco anti-amor para no volver a sufrir nunca más no es una buena idea. Seguiremos perdiendo a la gente querida, viviendo decepciones y encontrándonos de vez en cuando con alguien que no nos quiere bien. Es parte del viaje. 

Lo que sí podemos evitar es que estas experiencias se queden dentro sin hacer conscientes sus efectos, minando la salud y empobreciendo el estado energético mientras nos intoxicamos emocionalmente, cuando en vez de eso se pueden procesar y elaborar los duelos.

Atrevámonos a vivir las separaciones y las pérdidas con consciencia y a plena luz. A abrir el baúl de los recuerdos olvidados. La alegría y la dulzura de la vida no están en la evitación sino mas allá de ese túnel pendiente de atravesar 


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