Amores Perfectos… ¿Odios Reprimidos?

La luna no es plateada ni de nácar. Es gris y tiene cráteres –Mario Benedetti–

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Imagen de gmccrea

Hay quienes piensan que el amor no es para ellos. Parece imposible experimentar una relación amorosa duradera, un proyecto conjunto con otra persona. Se creen destinados a relaciones insatisfactorias mientras se consuelan viviendo en tercera persona historias perfectas, pero siempre ajenas. 

Más allá de la improbable mala suerte, de los anuncios fallidos de santos y videntes, puede que simplemente haya un error de percepción. 

El imaginario, en donde cabe todo, construye modelos inalcanzables tomados de percepciones incompletas acerca de cualquier cosa, incluido el amor. 

Con esto no niego que haya parejas que se lleven realmente bien y a veces sin demasiado  esfuerzo y tampoco defiendo a aquellas que viven en una constante batalla.

Me refiero al modelo imaginario de la pareja “perfecta” que no conoce los conflictos, que se adora las 24 horas de todos los días, que no se cuestiona mucho más allá de la marca del cereal que hay que comprar para el desayuno. 

Aquella pareja que vemos en la tele intentando convencernos de que si compramos ese perfume, ese reloj o ese champú, el producto vendrá con la  garantía incluida de no tener que pasar por el mal trago del desamor, la traición, el cansancio, la rabia o el odio. 

Porque a veces… en realidad muchas veces, el odio se disfraza de amor. Todo está bien, todo es perfecto y los ojos de los demás reflejan, con su agrado o con su envidia, la constatación de que se rompió el molde después de la creación de esa pareja tan maravillosa. 

Nos gusta pensar que aquello a lo que entregamos nuestra confianza y nuestra vulnerabilidad no nos va a decepcionar nunca. Y para poder arriesgarlo todo, investimos a la otra parte de unas cualidades en las que apoyamos nuestra esperanza de que las cosas irán bien

Sobre la Idealización

El costo de esa aparente perfección sin embargo es bastante más alto que el de unos bonitos zapatos de tacón. Enfadarse parece tan grave como manchar de aceite la camisa de seda comprada en el último viaje por Asia. Equivocarse es como ir con un flamante coche nuevo y pasar por un charco lleno de barro. Molestar con límites o negaciones es como incendiar la majestuosa casa adquirida hace tan solo un par de meses. 

Pero el peligro no se encuentra en las devastadoras consecuencias imaginarias, sino en el efecto real de la represión de todo aquello que sentimos.

Cuando enfadarse parece destructivo por el riesgo de perder al otro, cuando poner límites o expresar las emociones (sean cuales sean) se vive como una terrorífica equivocación, el error consiste en ignorar que la moneda siempre tiene dos caras y que una no puede existir sin la otra. 

Enfadarse, decir NO, expresar la agresividad (tan diferente de la violencia) no debería ser motivo de condena o de riesgo de abandono. Lamentablemente así se siente en ocasiones y no solo en la vida adulta, sino desde que en la primera infancia se instauran modelos de  educación basados en la chantajista dualidad entre el premio y el castigo. 

Comprometerse con las relaciones no quiere decir jurar ante todos los santos amor eterno. Quiere decir apostar, porque se cree en algo. Unir lazos y fortalecerse juntos… o sea… vincularse

Amor… Compromiso y Realidad

Y no hay peor castigo que la amenaza de perder el amor de quienes queremos y necesitamos. No hay castigo más grande que llevar desde muy pronto esa especie de sello grabado con fuego que dice: esto no es para mi, yo no puedo tenerlo, no soy digno/a de amor

Mejor parece entonces agarrarse a lo poco conseguido a base de excesos, pero no de excesos de placer sino de autosacrificio, dependencia, codependencia, adicción, depresión, resignación.

Mejor parece también contener los noes, los basta, los no me gusta y aceptarlo todo para mantener el amor inmaculado. Mejor no meterse en problemas, dejarlo estar, como se dice a diario. Mejor convencerse y convencer al mundo de la perfección de nuestro amor. 

Decir “amor” suena bonito. Gratifica y estimula. Ejercer el amor es otra cosa

El Amor… Lo que no es

Y así es como los impulsos destructivos se desvían, amando “demasiado”, protegiendo en exceso hasta asfixiar, controlando todos y cada uno de los movimientos de la persona “amada”, negándose la posibilidad de elegir y de ser elegido/a cada día, encarcelándose detrás de las gruesas celdas de la contradicción, de ese supuesto amor que no conoce la libertad. 

Odio, disfrazado de amor. Miedo, disfrazado de compromiso. Odio que no se puede dirigir al otro o a la otra por pánico a la destrucción… odio entonces, dirigido hacia sí mismo/a. 

¿Amores perfectos? o tal vez… ¿Odios reprimidos?

Y tú... ¿Qué piensas?

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