Vivir, dejar Vivir y el arte de Convivir

Se nos da muy bien quejarnos de lo mal que van nuestras relaciones. Nos sentimos víctimas de secretas intenciones de los demás o culpables de que nuestra comunicación no fluya como nos gustaría

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Imagen: Ulrike Leone

Es fácil echar los balones fuera, siempre más fácil que mirarse por dentro. Cuando algo o alguien rompe el equilibrio, replegarse suele ser una defensa efectiva… pero defensa en fin, en lo que tiene de capacidad para bloquear la expresión natural. 

Qué fácil también es perderse en discusiones infinitas, hasta sentir esa desagradable impotencia de la guerra sorda, cuando las palabras que salen de nuestra boca se convierten en lo que precisamente no queríamos decir. 

Cuántas veces nos encontramos después con el vacío de la incomunicación, creando con gran habilidad frases armadas de esas que sí gustan, tópicos desconectados e irracionales, estereotipos que no suponen ningún riesgo de conflicto. 

Comprometerse con la comunicación no es tan fácil como parece. Supone un esfuerzo y una actitud consciente de lo que se esta diciendo pero también de lo que se está escuchando… y no me refiero solo a las palabras.

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Se nos olvida con frecuencia que un mismo acontecimiento tiene diversas aristas, según por donde se mire. Eso de “tener la razón” se queda con facilidad desfigurado porque dos más dos, aunque la calculadora lo diga, no siempre dan cuatro. 

Aquí es donde podría continuar mi escrito dando “sabios” consejos sobre cómo hablar y escuchar para que tengas una vida feliz. Pero de eso está lleno el mundo y además no tengo ninguna intención de identificarme con ningún profeta virtual. 

A cambio, te ofrezco un ligero análisis, que puede ser un punto de partida para ver por qué con algunas personas la comunicación no fluye como nos gustaría. 

Padres/Madres e Hijos/as

Es una de las clásicas. Padres y madres que se quejan de que su hijo o hija “no se entera”, de que no hace lo que debería hacer o no se comporta como se esperaría después de tantos mimos y sacrificios. 

Hijos e hijas que lamentan tener unos padres arcaicos, que no les conocen ni les comprenden, que sólo exigen y se equivocan sin remedio.

Dos generaciones encontradas, dos formas diferentes de ver el mundo y “condenadas” a entenderse sí o sí por el vínculo y las necesidades prácticas y/o afectivas de cada quien. 

Dos mundos, dos momentos en la historia, cada cual con su saber, con sus motivaciones y sus recursos para la vida… ¿Quién tiene la razón?  

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Mujeres y Hombres

Me alejo de la idea de que venimos de dos planetas diferentes y también de que unos son mejores o peores que otras, según la propia conveniencia de quien lo afirma. 

Sí parece haber formas femeninas y masculinas de ver el mundo y me refiero a la vida cotidiana de aquellos hombres y mujeres que deciden compartir casa, proyectos, trabajos o actividades juntos.  

Descontando el hecho de que cualquier tipo de discriminación es injustificable, la convivencia entre hombres y mujeres puede suponer un drama o una extraordinaria aventura, según por donde se mire. 

Nuestros cuerpos dicen mucho y la cultura, que nos ha impuesto unos y otros roles dice otro tanto. Partiendo de ahí se pueden escuchar argumentos de difícil digestión como que las mujeres son complicadas y los hombres insensibles, las mujeres profundas y los hombres concretos, las mujeres débiles y los hombres fuertes… 

Iguales no somos, aunque sí deberíamos tener iguales derechos y oportunidades en tanto seres humanos y también podríamos aprovechar nuestras diferencias para enriquecernos con ellas. 

Jefes y Trabajadores/as

Interesante relación en la que uno no puede evolucionar sin el otro. Y sin embargo en ocasiones saltan chispas entre ellos, muchas veces de forma poco evidente. 

¿Es correcto o injusto tener que llegar al trabajo puntualmente? A uno le parecerá obvio, al otro relativo, según las variables cotidianas que se lo permitan o se lo impidan. 

¿El trabajo hay que entregarlo en el plazo acordado? “Por supuesto que sí”, dirá el jefe. “Según los condiciones del proceso” dirá el empleado.

En este caso, como en todos los demás, sería muy interesante hacer el ejercicio de ponerse en el lugar del otro, incluso jugar conscientemente a hacerlo. Es algo que se debería tomar en cuenta en grandes y pequeñas empresas, cuando pretenden desarrollar un clima laboral saludable. Este juego nunca dejará a nadie indiferente.

Autóctonos/as e Inmigrantes

Dejo para el final uno de mis temas preferidos, el de las diferencias culturales. Tal vez son estas las situaciones que muestran con más claridad la relatividad en las percepciones sobre los demás. 

Es muy fácil juzgar las conductas ajenas cuando uno hace parte de la mayoría. Se han gastado toneladas de papel sobre el tema del relativismo cultural basado en el etnocentrismo, es decir en la convicción de que lo que uno conoce por transmisión cultural es lo único válido, la referencia, la forma correcta de vivir. 

Sólo hace falta salir a la plaza principal de una ciudad y más aún de un pequeño pueblo, para ver con qué convicción se comenta sobre lo adecuado o inadecuado de una persona, atribuyendo lo que se ve como positivo a la buena adaptación y lo negativo a las costumbres ajenas. 

Desde formas de hablar hasta maneras de percibir el mundo son objeto de observación, pasando por creencias religiosas, gestos, formas de vestir, de caminar, de distanciarse o de acercarse a los demás.

Todo esto es susceptible de admiraciones o de crueles juicios de valor, pasando por alto que existen códigos, usos y costumbres tan válidos unos como los otros y que no tomar en cuenta la variable cultural puede convertirse no sólo en una gran equivocación sino también en un perverso intento por modificar lo esencial en un sistema.  

Así pues, entre diversas generaciones, estatus, culturas o géneros no podemos asumir que somos idénticos unos de los otros y no es necesario que lo seamos. El problema en nuestras relaciones no está en nuestras diferencias sino en los inútiles intentos de acabar con ellas. 

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Y acompañando a los motivos sociales se encuentran nuestros mecanismos psicológicos. Porque nuestro carácter tiene la capacidad de colorear la  percepción y si somos conscientes de ello será más fácil entender la realidad propia y la ajena. 

Por ejemplo, una simple discusión puede ser vivida como un fuerte y doloroso conflicto, cuando se asocia al miedo, al abandono o al rechazo, Entonces mejor escapar como sea antes de que el temido derrumbe se haga presente.

Imaginarse en una posición superior frente a una persona o a un grupo social también puede estar asociado al carácter. Da seguridad percibirse en la parte alta de la gradería cuando la inseguridad carcome por dentro. Da alivio mirar hacia abajo cuando se teme a la propia inferioridad. Tranquiliza sentirse en lo correcto cuando el miedo a lo diferente mueve el suelo de las certezas. 

Nada de esto tiene que ver con la potencia y sí con los fanatismos, la xenofobia, el machismo, el clasismo y la autoridad dictatorial, amigos íntimos de la estrategia del miedo y de la violencia cotidiana

Tomar consciencia y desbloquear esa rígida coraza que tanto nos enferma y nos separa, es una excelente forma de recuperar la capacidad de vivir y el arte de convivir