Juventud… ¿Generación Perdida?

Se les hace responsables de lo mal que van los planes. Se percibe a los jóvenes apáticos y hasta cínicos. Sin embargo, cuando nos atrevemos a escucharles, el panorama cambia tanto que los tópicos se nos plantan en la cara como espejos rotos

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El Instituto de la Juventud en España (INJUVE) publicó hace unas semanas su último informe. Lo he leído con cuidado pero antes he hecho una pequeña lista de lo que quería saber. Me interesa todo, aunque doy prioridad a temas como la percepción acerca del mundo actual, las expectativas de futuro, la sexualidad o la evolución en cuanto a la igualdad de género, intentando leer entre líneas lo menos evidente: las emociones, los miedos, las fortalezas, los límites, las singularidades.

Parto de la consciencia de que “juventud” no es un único ámbito en las etapas de la vida. Estoy de acuerdo con el informe cuando dice que más realista es hablar de “juventudes”, matizadas por cuestiones familiares, educativas, culturales, emocionales, socioeconómicas e individuales.

Estas son las ideas que me resonaron y el análisis resultante, desde las coincidencias entre la lectura del informe y lo que veo en mi práctica profesional, cuando acompaño a jóvenes en sus procesos psicoterapéuticos o en actividades psicosociales:

Expectativas de ser: el proyecto de vida

No es verdad que lo que más interesa a los jóvenes españoles sea liberarse de las ataduras para salir a transgredir las normas. En su mayoría son personas responsables y comprometidas, solidarias, inconformistas, conscientes de de las desigualdades, de la diversidad cultural que actualmente conforma el país gracias a la influencia de la inmigración y de los cambios que hay que hacer para evolucionar como sociedad.

Gracias a ellos/as, es posible que podamos poner freno a algunos desastres experimentados en las ultimas décadas, como el cambio climático o la violencia de género. Solo necesitan saber que se encuentran en el lugar adecuado, es decir donde se potencia su evolución. Pero parece que no es el caso, al menos en la actualidad.

La precariedad laboral es una de las patas por las que cojea la población juvenil. En todas las edades, estábamos sacando cabeza de la crisis anterior y se nos vino la pandemia encima. Mientras tanto, el deseo de emanciparse se ha venido al traste y muchos de ellos con su incipiente independencia han tenido que volver a casa de sus padres. 

Esto ha supuesto, a nivel práctico, un estancamiento en su proceso natural, en el que salir a comerse el mundo no se parece en nada a las cuatro paredes enfrente de un móvil o un ordenador, gestionando unos y otros la convivencia en familia. Menos mal que tienen a donde volver, pero aun así no es plan.

A nivel emocional, el confinamiento ha supuesto otras consecuencias que ya veremos con el tiempo cómo van a sortear: la sensación de que la realidad no les acompaña, el proyecto de futuro poco o nada claro, la necesidad de abrir horizontes a la espera, otra vez, de un mejor momento. 

Agravado por el confinamiento en una edad en que la movilidad es vital, al menos la tercera parte de los jóvenes en España han experimentado tensión, estrés o estados depresivos. El impacto parece ser mayor en mujeres pero habría que detenerse para asegurarlo, pues hay que tomar en cuenta la variable de la presión social que favorece u obstaculiza la expresión de las emociones según género, cultura o particularidades educativas y familiares.

En general se sienten pesimistas, especialmente quienes hacen parte de colectivos ya antes en desventaja: mujeres, jóvenes con nivel educativo bajo, inmigrantes y trabajadores en sectores precarios. 

Sensación de ser participes de su historia

Parece ser que los acontecimientos de los últimos años y el fácil acceso a la información por internet, han hecho que los jóvenes se interesen más por la política a nivel de acción y no sólo de políticas públicas concretas. Sin embargo, o tal vez por eso mismo, son más escépticos con respecto a la receptividad de las instituciones a sus demandas.

Sirviera de algo o no, fueron ellos y ellas quienes más salieron a aplaudir desde los balcones a los sanitarios y quienes ofrecieron ayuda a sus vecinos o a quien lo necesitara en tiempos de confinamiento. 

Además, los jóvenes hacen deporte, leen, se interesan por actividades culturales. El botellón hace parte de las vidas de algunos, pero no de la mayoría y no siempre, como pareciera cada vez que encendemos un televisor. 

Por su parte, la desigualdad de género es un tema de interés para la juventud actual. La mayoría rechaza el sexismo tradicional aunque aún quedan resquicios de un sexismo más implícito. 

Y aunque falte  algo más de sensibilización, también son conscientes de la necesidad de seguir trabajando al respecto, especialmente en el ámbito doméstico y de cuidados, en la gestión de la sexualidad, así como en la participación equitativa en el espacio público.

Afectividad y Sexualidad

¿Avanzamos o retrocedemos? Pues no es tan fácil responder y todo depende desde donde se mire. Casi todos y todas desaprueban actitudes de control hacia la pareja, al menos en teoría, aunque algunos/as todavía consideran que la posesión o los celos son sinónimos de amor. Los roles estereotipados de género siguen siendo una asignatura pendiente. 

Respecto a la orientación sexual, la juventud se encuentra en una verdadera encrucijada. En pleno proceso de formación de su identidad y en medio de la polémica política y social al respecto, la definición sexual traducida en números a estas edades resulta ambigua. Ya se trate de acérrimos partidarios o de rígidos oponentes de la diversidad sexual, lo claro es que esta sociedad se encuentra aún a medio camino en su capacidad de apoyar a los jóvenes en el refuerzo de sus genuinas identidades, cualesquiera que éstas sean para cada quien.

Llama la atención que en 2021 aparezcan datos cercanos a lo que hace poco menos de 100 años describió Wilhelm Reich, cuando decía que la negación de la sexualidad natural, relacionada entre otros aspectos con creencias religiosas que conciben la sexualidad como un pecado, esté asociada al uso de la prostitución y a las relaciones sexuales incompletas . Es así como buena parte de jóvenes, especialmente hombres, declaran hacer uso de la prostitución o por su parte, predominantemente mujeres, tener relaciones sexuales siempre que no haya penetración. En estos sentidos y en otros, no se ha avanzado tanto como nos gustaría creer.

Es notable el consumo de pornografía en la juventud española, gracias a la facilidad de acceso a través de internet. Podría decirse que la pornografía es la nueva “escuela” sexual y está condicionando muchas de las actitudes y expectativas de nuestros jóvenes. Así que mientras los adultos debaten sobre qué, cómo y hasta dónde ofrecerles una educación sexual, ellos ya están de vuelta con informaciones confusas y casi siempre muy alejadas de sus realidades.

Al margen de temas concretos, hay un problema fundamental: entre menos calidad de vida más vulnerabilidad existe. Las desigualdades a nivel de socialización, recursos familiares, educación y oportunidades laborales, preven una generación más desigual que las anteriores. 

Y si seguimos por la vía de obviar la importancia de la salud mental en éste y en todos los grupos de población, normalizando la precariedad y reforzando así la resignación y la insatisfacción, ya podemos enviar a los jóvenes con recursos a estudiar inglés, másteres y cultura general, que no vamos a conseguir dotarlos de las herramientas necesarias para la vida. 

Porque, “de entrada, nuestro punto de partida es rechazar la etiqueta de generación perdida. Muy al contrario, una juventud sin oportunidades no constituye una generación perdida, sino que revela un país perdido en su conjunto”.  (informe INJUVE 2020).


Nota: Este escrito está basado en la lectura del “Informe Juventud en España 2020

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