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Cuidar de los Demás… compulsivamente

Ayudar a los demás nos gratifica y nos hace sentirnos útiles. Pero algunos matices nos hacen pensar en el cuidado compulsivo, que supone una exageración en el acto de cuidar, mezclado con un posible sufrimiento por lo que está pendiente de llorar en la vida personal

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Foto: Carlos Unda

Llegas de visita a la casa de tu amiga, dispuesta a pasar una tarde agradable. El propósito no dura más que unos minutos, cuando un diablillo interior te hace levantar del sofá para empezar a limpiar su casa, hacerle la comida, cuidar de sus niños, recoger la mesa, lavar los platos.

Tomas cualquier dificultad ajena como algo personal, como si aquello te estuviera sucediendo a ti y no a otra persona y sufres más que si el problema fuera tuyo. 

Tienes un imán para aquellas relaciones que te exigen cada vez más y más… atención, afecto, dinero, tiempo, esfuerzo, ayuda… 

Te sientes mal cuando alguien te ofrece apoyo, te atiende o se preocupa por ti. Te sientes más que mal cuando experimentas el hecho de que, por momentos, nadie te busca ni recibe tus ofertas de cuidado, llevándote incluso a insistir en dar lo que no se te ha pedido o no se te ha aceptado previamente.

Una persona muy querida está en el hospital luchando por su vida. Te dedicas a cuidar de ella y de  la que está a su lado y si es posible de todo el personal de la sala. Estás tan ocupado/a que no tienes ni un minuto para darte cuenta de lo que sucede contigo.

Seguramente se dice de ti que eres una gran persona. Y por supuesto que así será. Pero en tus ratos de soledad descubres que algo no va tan bien como parece. Que una tristeza, una rabia, un vacío se asoman a la consciencia y no hay manera de devolverlos a su sitio, donde supones que deberían quedarse ocultos

Ayudar a los demás es parte de nuestra naturaleza. Nos gratifica y nos hace sentirnos útiles. Sin embargo, algunos matices nos hacen pensar en el cuidado compulsivo hacia los demás, que supone una exageración en el acto de cuidar, mezclado con un posible sufrimiento por lo que está pendiente de llorar en la vida personal.

Lo muestra con claridad J.Bowlby, en su libro La Pérdida, el último de tres volúmenes en los que habla también del apego y de la separación afectiva. (Ver bibliografía completa en la biblioteca)

Además de otras posibles respuestas, el cuidado compulsivo hacia los demás se relaciona con la experiencia de haber perdido a una persona muy cercana, cuyo dolor ante la pérdida no se vivió conscientemente. 

Al fin y al cabo, esta forma de no vivir los duelos sigue estando muy bien vista socialmente: ¡Qué bien lo lleva, nunca está triste ni se lamenta por su pérdida! Y también está bien vista la actitud de cuidar de los demás a costa del propio bienestar: ¡Ha encontrado su consuelo cuidando de la gente sin parar!

Por esto es que muchas veces, detrás de los duelos no resueltos permanece oculto un distorsionado equilibrio que puede traer más problemas que soluciones. 

Los problemas no tienen que ver con cuidar de los demás. Tienen que ver con cuidar compulsivamente de los demás quieran o no quieran, se pueda o no, se necesite o no. 

¿A quién se cuida compulsivamente?

Por lo general, las elegidas son  personas con vidas difíciles o tristes, con alguna desventaja o perturbación y no es de sorprender que hayan sufrido pérdidas afectivas importantes. 

En estas relaciones es fácil representar el rol de brindar cuidados en exceso y al menos durante un tiempo esta ayuda puede resultar muy valiosa. Pero como todo proceso tiene su evolución, llega un momento en que la relación se torna posesiva e incómoda haciendo sentir a la persona ayudada prisionera de quien necesita mantenerse en el papel de cuidador, aunque ya no sea necesario.

Porque este tipo de cuidados nunca es gratuito. Recibir también trae un costo aún cuando el regalo venga envuelto en papeles de colores. En realidad… ¿quién está cuidando de quién? 

Si vemos la situación invertida, podemos entender con que quien cuida compulsivamente se  está cuidando de no sentir, de no llorar, de no vivir su drama, su dolor o su miseria. Quien recibe sus cuidados, dándose cuenta o no, está ayudando a fortalecer esa coraza, ese carácter, esa defensa. 

¿De dónde viene la compulsión a cuidar de los demás?

Como en todo lo relacionado con el carácter, tenemos que remontarnos a la biografía. Pensamos que los niños y las niñas no hacen más que jugar y que como son pequeños no se dan cuenta de nada. Y sí, deberían dedicarse a jugar si les dejáramos ser niños/as. Respecto a darse cuenta, ellos se enteran y mucho. 

Si cuidar de los demás se establece como un patrón de conducta en este momento evolutivo en que lo que toca es que le cuiden a uno, la tendencia posterior será la de establecer relaciones en las que de una manera u otra se repita esta dinámica. 

Y así es como ya en la vida adulta se eligen compañeros/as que necesiten y acepten ser cuidados compulsivamente. Amigos y amigas que reclaman atención constante. Roles familiares en los que cuidar de los demás parece ser la misión más importante. Profesiones y trabajos con alta exigencia en el cuidado. 

Algunas profesiones vocacionales como el trabajo social, la enfermería, la medicina o la psicología, entre otras, pueden ser la elección de quienes han preferido vivir el sufrimiento de los demás antes que el propio. Este es uno de los motivos por los que se hace imprescindible la Psicoterapia para psicoterapeutas en formación y en ejercicio, en función de la calidad del trabajo y del bienestar de las personas implicadas en los procesos terapéuticos.

Bowlby analizó cómo algunas experiencias de la vida infantil predisponen a prodigar  cuidados compulsivamente.

Una de ellas es un maternaje intermitente o inapropiado durante la niñez temprana, que puede culminar en una pérdida total:

Esto quiere decir que el niño o la niña han carecido de una relación de apego estable y seguro, que le proporciona contención y transparencia. No se limita a la presencia física sino que también incluye la calidad del contacto, la posibilidad de ofrecer explicaciones apropiadas sobre las pérdidas, sin culpabilizaciones ni dobles mensajes.

Un ejemplo de esto es cuando la familia experimenta una pérdida y por desconocimiento se elude el tema frente al niño o la niña,  pensando que lo mejor es no hacerle partícipe del duelo. Es la experiencia de muchos adultos que recuerdan su desconcierto ante la muerte de alguien cercano en la infancia y un añadido de esta experiencia se refleja en mensajes como: “Tu padre (ausente) te está viendo y estará muy enfadado contigo”, ó… “Con ese comportamiento tuyo, tu madre no soportó sus dolores de cabeza”.  

Tampoco son raros los casos en los que el padre o la madre se ven tan desbordados por su propio duelo, que no pueden atender las necesidades emocionales del hijo o la hija, lo cual no resultaría especialmente problemático si existiera una figura de apoyo sustituta que reemplazara temporalmente al padre o madre en duelo.

Otro ejemplo es cuando el niño o la niña se ve presionado/a para cuidar de un padre o madre solo/a, ansioso/a o enfermo/a, bajo justificaciones como que  los hijos deben cuidar de sus padres o que los pequeños son responsables de las dolencias de los mayores. 

J. Bowlby muestra diferentes casos en que esto sucede y algunos de ellos los podemos observar actualmente en las consultas de Psicoterapia, cuando indagamos en los motivos por los que una persona tiende a cuidar compulsivamente de otras, estableciendo relaciones amorosas, de amistad o laborales que reflejan con diferentes matices sus experiencias infantiles de cuidado basado en el deber y en la culpabilización. 

Niños y niñas que desde muy temprana edad se convierten en especialistas del cuidado y de la represión en la expresión de sus necesidades y sentimientos. Adolescentes y adultos que en lugar de mostrarse tristes y desear apoyo y amor para sí mismos, se preocupan intensamente por la tristeza de otros llegando a hacer hasta lo imposible por ayudarles y sostenerles. 

Mirar dentro de nosotros/as mismos/as nos permitirá encontrar aquellas respuestas que tantas veces buscamos fuera, porque en la propia historia reside el más certero oráculo y en nuestro presente se encuentra la mejor herramienta para curar esas heridas que sangran, aún sin verlas.

Gracias por compartir este artículo

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