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La Casa en el Cuerpo

A medida que se habita el cuerpo la sensación de encontrarse en casa donde sea que uno esté, permite sentir ese verdadero arraigo a una naturaleza que no conoce fronteras ni distancias

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Dicen que la casa es un reflejo de nuestra identidad y debe ser cierto cuando, según cómo nos encontremos anímicamente, el espacio donde habitamos se resiente, se deprime o brilla con su energía móvil y pulsante. 

Las interpretaciones salvajes que a veces se hacen de estas afirmaciones llevan a creer que si uno carece de recursos para tener una casa de revista, tampoco puede aspirar a una vida emocional saludable o que si uno no se consagra a los dictámenes a veces físicamente imposibles del feng shui, las malas energías van a habitar como almas en pena en nuestro espacio. 

Sin descartar la belleza de una casa bien decorada o la mágica armonía de las técnicas orientales, tomar consciencia de nuestro mundo interior nos ayuda a hacer las cosas más simples o más complejas según por donde se mire.

Soñamos con espacios oscuros o claros, con cuevas o con castillos, con inundaciones o con vistas de soleados atardeceres. Con espacios claustrofóbicos o con lugares ligeros y bien ventilados, con sitios limpios o sucios, abarrotados de gente o solitarios.  

Soñamos con lugares que muchas veces reflejan el interior de un cuerpo que habitamos… o que lamentablemente no habitamos. El  cuerpo que contiene un mundo interno físico y psíquico tan lleno de significado y tan singular, que no existen fórmulas ni recetas para entenderle como no sea abriendo puertas y ventanas, entrando pausada y respetuosamente pero con la mirada abierta para ver los tesoros que allí se esconden. 

Se puede conocer el espacio interior, limpiarlo, ordenarlo, amoblarlo, restaurarlo, decorarlo con intensas vivencias, reparar lo dañado, reciclar la basura o guardar en una bonita caja de recuerdos lo que fue, pero ya no es. 

Y así, a medida que se habita el cuerpo la sensación de encontrarse en casa donde sea que uno esté, permite sentir ese verdadero arraigo a una naturaleza que no conoce fronteras ni distancias. 

Puede ser que haya llegado el momento de habitar el cuerpo. Puede ser que haga falta una buena reforma o simplemente reforzar las bases que sostienen nuestro mundo emocional.

Si es así, recuerda que no basta con pintar las paredes para que se vean bonitas, o arreglar la fachada mientras grietas y humedades debilitan ese espacio que te acoge y te contiene. Ese espacio que es tu casa… tu cuerpo… y la casa en tu cuerpo.

Gracias por compartir este artículo

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