Parejas Mixtas, a la hora del Desencuentro

La pareja mixta es aquella en la que uno de sus miembros pertenece a la cultura del país donde se vive y el otro ha emigrado de su lugar de origen por cualquier motivo.

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Las condiciones para cada uno son diferentes, ya sea en el plano emocional, social, familiar, laboral o económico.

A la hora del desencuentro estas diferencias salen a relucir, a veces de manera espectacular. Las singularidades, que al principio dieron la chispa para la emoción, de pronto pueden convertirse en espadas bien afiladas para la lucha. Es en ese momento cuando saltan como la pólvora los reproches acusadores, como si el otro o la otra fueran los responsables de haber nacido en uno o en otro lugar, con una cultura y con una experiencia de vida diferentes a la propia.

Es en este momento cuando se hace más presente el desequilibrio y, por eso mismo, es cuando se hace más palpable la oportunidad de resolver lo que ha quedado pendiente a nivel individual, ya sea en cuanto a la experiencia migratoria como a otras vivencias afectivas antiguas.

Ser la pareja de una persona inmigrada no es fácil. Puede ser emocionante por lo nuevo que trae, seguro que no va a ser aburrido estar con ella. Pero fácil no es. Obviamente, el grado de dificultad depende mucho de las condiciones particulares de la experiencia migratoria y de los recursos personales con los que cuenta cada uno para sobrellevar los vaivenes de la vida afectiva. Además, sabemos que no hace falta tener diferentes culturas para diferir también en los puntos de vista sobre el mundo que se comparte. Seamos de donde seamos, tenemos nuestro paquete caracterial que nos permite salir al mundo y gestionarlo de alguna manera. La experiencia migratoria viene a ser como un extra para la identidad de la persona y, por consiguiente, de la pareja.


Algunos retos a los que podrían enfrentarse las Parejas Mixtas

  • La inmigración trae consigo desorientación, al menos en los primeros tiempos. Esto supone que la percepción del tiempo y del espacio son diferentes. Pasarán meses, si no años, antes de que se sincronicen las percepciones de los dos miembros de la pareja, en aspectos obvios y cotidianos.
  • La vida social cambia. Cuando se ha emigrado es altamente improbable que uno se encuentre en el supermercado con el amigo de la infancia. Las amistades, por cercanas que sean, son relativamente nuevas y nunca serán equiparables a las de la pareja, en las que se han compartido historias que alimentan el presente en cada encuentro. El resultado de esto es una sensación de soledad y desapego difícil de compartir y aún más de comprender.
  • El estatus es diferente. La inmigración supone un proceso, un empezar de cero en aspectos tan básicos como la regularización de los papeles y de otros documentos que la burocracia no facilita de ninguna manera. Se pueden pasar años antes de volver al punto en el que se estaba cuando se salió del lugar de origen. En este lapso de tiempo -al menos- los derechos no son los mismos y, aunque se pretenda lo contrario, esto supone un desequilibrio en la calidad de vida de cada uno, afectando a la pareja de diversas maneras.
  • El idioma es diferente. El lenguaje es particular, aunque la lengua materna sea la misma. Las culturas tienen sus códigos, sus formas de decir las cosas. Esta es la fuente de un sinfín de malentendidos en las parejas mixtas. Se pasan horas intentando hacer comprender al otro, o a la otra, de que lo que se dijo era un piropo y no una ofensa, o que la promesa que se hizo no suponía una fecha y una hora determinada por decreto para ser cumplida.
  • La concepción de género cambia. La identidad femenina y masculina también está condicionada por factores culturales. Así como en algunos países la mujer sigue siendo un objeto de uso, en otros goza de derechos más coherentes con lo humano. Se entenderá entonces que en la pareja esto se refleje, creando verdaderos desastres cuando no hay sintonía en la percepción de la identidad de la otra persona.
  • La nostalgia, más o menos permanente, que suele acompañar el ánimo del miembro inmigrante de la pareja puede suponer al otro una cierta impotencia, porque no es lo mismo el capricho de ir al cine un domingo que el antojo de una comida con la familia que se encuentra a 10.000 kms. La realidad de la distancia es, en ocasiones, molesta y desconcertante para la pareja.

Estos son solo algunos ejemplos de lo que supone la convivencia de una pareja mixta en la que, a la hora de los conflictos, las características del proceso migratorio pueden tener un valor añadido, para bien y para mal. Porque si vamos más allá de lo obvio, las situaciones presentadas en estos mismos ejemplos se pueden ver bajo otro prisma y, más que problemas, pueden concebirse dentro de un campo de infinitas posibilidades.

Porque en cualquier pareja la diferencia supone una fuente de conflicto, pero también una oportunidad para desenquistar prejuicios, hábitos innecesarios, certezas, monotonías, obviedades.

En la pareja mixta esto es el pan de cada día. Cada uno se enfrenta diariamente con la evidencia de que las cosas pueden ser como uno las ve, pero que esa no es la única manera posible o correcta.

Así, es interesante ver cómo la concepción del tiempo y del espacio se puede interpretar de una manera diferente, y también lo que supone vivir en un lugar donde a uno no lo conoce nadie. Es una lección experimentar que las palabras que se dicen pueden significar una cosa y la contraria, según cómo se diga, cuándo y a quien. Supone crecimiento romper con concepciones retrógradas acerca de las identidades femeninas y masculinas y enfrentarse a la igualdad, con todas sus consecuencias. Supone también un reto vital crear otras formas de vida, sincronías y nuevas culturas familiares que contribuyen a evolucionar y a transmitir valores más coherentes con los cambios que proponen los continuos movimientos sociales.

Como en otras relaciones, los desencuentros en las parejas mixtas pueden ser aprovechados en favor de un mayor bienestar.

La variable de la migración puede ser concebida como una condena o como una oportunidad para crecer y cambiar juntos y esta es una decisión que nadie puede tomar desde fuera.

Cuando las emociones se desbordan y se hace más difícil ver el lado brillante del conflicto, la opción de buscar ayuda profesional puede ser la base de una resolución madura, creativa y coherente con los fundamentos de la pareja, que se basa en la libertad así como en la capacidad y en el deseo de compartir las singularidades para construir con ellas una identidad de dos, en la que el amor es el faro, el motivo y la intención.

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