Vivir con un/a Psicoterapeuta y no morir en el Intento

Vivir con un/a psicoterapeuta no siempre resulta fácil aunque tampoco es un drama, o no debería serlo.

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Ha sido un largo día. Salgo de mi consulta emocionada por la enriquecedora experiencia de ser Psicoterapeuta. Recuerdo cada silencio, cada palabra, cada llanto, cada risa, cada cuerpo expresando sensaciones. Mientras vuelvo a casa me retomo y aparecen uno a uno mis asuntos pendientes. Respiro profundamente y los dejo entrar, mientras suelto los recuerdos del día de trabajo.

Quien me espera me saluda con un cálido: ¿Cómo has pasado el día? Se me ocurren mil respuestas, pero sólo consigo decir un escueto “Muy Bien”. El secreto profesional me impide detallar las experiencias de otras vidas, en las cuales he estado sumergida durante varias horas.

Pero no todos los días van “muy bien”. Hay veces que en el camino a casa aparecen otros recuerdos, los de las limitaciones con las que convivimos y que nos hacen recordar que no somos omnipotentes, que la verdad está muy lejos de ser nuestra, que no podemos ayudar a quien no quiere ser ayudado y que otras veces tampoco podemos, aunque queramos.


Hay días, los que más, en que las cosas simplemente van y la labor consiste en una paciente espera y en una confianza infinita en los procesos. Creo que esos días son los que más me hacen crecer como psicoterapeuta. Esos y los que me sitúan en la realidad de que mi profesión reclama un constante aprendizaje, pues no espero llegar al día en que todo esté sabido y acabado.


Vivir con un/a psicoterapeuta no siempre resulta fácil aunque tampoco es un drama, o no debería serlo. Hay quienes han estudiado las implicaciones del trabajo en la vida personal del psicoterapeuta y encuentran que una de las áreas frecuentemente afectadas es la de las relaciones afectivas. ¡Qué paradoja!. Y más aún, se ha visto que los terapeutas experimentan discusiones y separaciones de pareja en una medida igual o superior que la de la población en general.

Así que, si alguien pensaba formarse como psicoterapeuta para esquivar los sinsabores de la vida, de una vez puede pinchar el globo y pensárselo mejor. Y si alguien pensaba que al convivir con un psicoterapeuta iba a salvarse de problemas, mejor que se detenga al instante, porque posiblemente se le acumulen unos cuantos.


¿Cuáles son los factores de “riesgo” al convivir con un/a Psicoterapeuta?

Depende. No vamos a generalizar porque así como hay diversidad de corrientes de psicoterapia y de pacientes, también hay una gama incontable de psicoterapeutas. Y seamos lo que seamos, ante todo somos humanos. Lo que sí podemos, es intentar definir a grandes rasgos lo que puede ser común en muchos de nosotros y, aunque no se me identifica con todas las características, éstas hacen parte de las preocupaciones que surgen en diferentes espacios profesionales de psicólogos y psicoterapeutas.


Así que si tienes una pareja, amigo/a o familiar psicoterapeuta, en ocasiones te encontrarás ante situaciones particulares, como por ejemplo:

* Cuando ves que está en las nubes, por no decir que vive en otro planeta. Una de las mayores cualidades de un psicoterapeuta es la capacidad de “conectar” y uno de sus mayores retos es la capacidad de “desconectar” para participar de otras realidades que transcurren fuera de la consulta.

* Cuando por fin te atreves a preguntarle qué es lo que hace, exactamente. Te echa un discurso impresionante y al final te das cuenta de que no has entendido nada y, en cambio, se acrecienta en ti la sensación de estar ante un ser misterioso e impenetrable.

* Cuando te das cuenta de que la infabilidad del psicoterapeuta no es más que un mito y has de aceptar que sus equivocaciones y sus incongruencias son parte de su vida, tanto como de la tuya.

* Cuando se aísla porque ya seas tú o alguien cercano se pone en guardia ante el peligro, a veces imaginario, de ser víctima de análisis e interpretaciones fuera de contexto. Hay que aclarar que, otras veces, el terapeuta es víctima de su propio invento al pretender practicar con su pareja, su familia o sus amigos los innumerables entresijos de la mente humana.

* Cuando se muestra frío/a, controlado/a o neutral, mientras lo que esperabas era una actitud cálida y espontánea. Estas actitudes son vicios profesionales que agudizan el sentimiento de soledad, tan común en los profesionales de la psicoterapia.

* Cuando sabes que se ha pasado el día escuchando y ayudando a todo el mundo y resulta que cuando llega a casa lo único que le apetece es charlar de cosas sin importancia, callar o quedarse viendo la televisión, porque no le alcanza la energía para nada más, mientras tú te mueres de ganas por contarle el problema que tuviste en el trabajo.

* Cuando ves las cosas tan simples y claras y él o ella las retuercen hasta convertirlas en algo complicadísimo. Porque un/a psicoterapeuta difícilmente se conforma con la idea de que las cosas son lo que parecen, encontrando fácilmente significados, motivos ocultos y procesos inconscientes hasta en el agua transparente.

* Cuando estás a punto de decirle algo importante y suena el teléfono, que no puede dejar de contestar porque se trata de una urgencia o cuando te toca anular los planes por un cambio de horario inesperado e ineludible.

* Cuando le cuentas un problema con secretas esperanzas de que te llegue algo de su saber y ves frustradas tus expectativas. El tiempo te va enseñando que, precisamente por ser tú su amigo, su pareja o su familia, el/la psicoterapeuta es la persona menos indicada para apoyarte terapéuticamente.

* Cuando no puedes comprender por qué tanta pasión, entusiasmo y fascinación por un trabajo que parece tan extenuante!


Sin embargo, has de saber que tu presencia es indiscutiblemente importante. Para un/a psicoterapeuta, relacionarse con personas ajenas a la profesión resulta muy útil y sano. Eres tú quien le permite acceder a la diversidad de la vida y eres tú quien combate la inclinación a dedicarse al trabajo de forma demasiado absorbente.

Pero no eres solamente tú. En las escuelas de psicoterapia, al menos en las que la ética es un faro, existe la condición de que el candidato a psicoterapeuta pase por una terapia personal y, ya en la vida profesional, reciba apoyo terapéutico en diferentes momentos de su vida. Por algo será… ¿no crees?

No es un drama, o no debería serlo, vivir con un psicoterapeuta. Porque se puede trabajar y vivir terapéuticamente con un sentimiento de respeto por la dignidad de la experiencia humana. Se puede ser cálido/a y optimista, se puede estar triste, se puede vivir un duelo, se puede estar cansado/a, se puede estar equivocado/a y también se puede disfrutar del trabajo.

Un “buen” psicoterapeuta no es el que estudió en un sitio o en el otro, ni el que pertenece a una institución o a la otra. Tampoco es el que acumula títulos y lee ocho libros al mes sin casi pestañear. Un buen psicoterapeuta es quien es capaz de reconocer su humanidad, de respetar los límites propios y los ajenos, de mirarte a los ojos y de sentirse vulnerable ante la grandeza de tu encuentro.

Así pues, se puede vivir con un “buen” psicoterapeuta y no morir en el intento…

Y tú... ¿Qué piensas?

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