Después de la Rabia… Lo Demás

Corría. Era su manera de descargar tanta tensión contenida. Después de la discusión de hace unas horas con su novio, se sintió tan enfadada que se fue dando un portazo, que hasta los vecinos se enteraron, pero esta vez no le importó, y salió de su casa como si la estuviera persiguiendo un demonio.  

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Siempre le dijeron que era una niña difícil. Que incluso, desde antes de nacer, ya empezó a dar muchos problemas, y creció pensando que tal vez estaba viviendo en un tiempo y en un lugar equivocado. Porque todos esos libros de autoayuda que le regalaban con la secreta esperanza de que aprendiera a dominarse, no tenían ni un solo párrafo que se refiriera a ella y, al contrario, le molestaban los consejos que, según ella, no le ayudaban realmente en lo que creía necesitar: deshacerse de tanta ira, que no sabía cómo acumulaba en tan poco tiempo.

Sólo se sentía aliviada cuando corría. Como si correr fuera un exorcismo de sí misma, huyendo hacia adelante, esperando encontrar por fin una respuesta que le diera algo parecido a la paz. Y nadie puede decir que no lo intentó de todas las maneras que se le ocurrían. Por un tiempo jugó a ser la niña buena, pero eso le duró poco, porque se sentía absurda en una piel que no era suya y porque, aún con tanto esfuerzo, siempre encontraba quien le reprochara que no fuera diferente a como era.

Alguna vez, por sugerencia de la única amiga en quien confiaba, decidió que la clave estaba en pensar siempre en positivo. Y de esa actitud se desprendería una sensación maravillosa, que cambiaría todo lo que no funcionara bien en la vida. Apuntó un sinfín de notas en un cuaderno, convencida de que había encontrado la respuesta, pero no tardó en llegar el primer traspié cuando se vio, mientras corría, claro está, riñéndose a sí misma por ser tan poco aplicada. Porque justamente esa mañana, cuando el jefe llegó a su despacho con un puñado de carpetas para revisar en menos de una tarde, y recordó las horas que había trabajado de más sin recibir la remuneración correspondiente,  sintió unas ganas inmensas de mandar al cuerno, no solo al jefe, sino también al cuaderno de los pensamientos positivos y gritar ¡BASTA!. Pero eso no estaba bien visto, y ella lo sabía muy bien.

Sn embargo,  no se rendía. Optó entonces por la vía del perdón, ya que, en uno de los libros que andaban danzando burlonamente por toda su casa, encontró un capítulo que hablaba de que, si perdonábamos, nos liberaríamos de las emociones negativas y por fin estaríamos en paz con todo. Sonaba bien, y entonces se sumió en el nuevo reto, perdonar, incluso a aquel hombre que le hizo tanto daño esa vez cuando, después de un tiempo de amor de película, ilusiones y proyectos, le dejó por sms sin siquiera darle una explicación. Perdonar a esa compañera que, con malas artes, la desbancó de su puesto mientras aparecía frente a ella como la mejor de las amigas. Perdonar a ese padre que le abandonó cuando aún era muy pequeña para recordarle. Perdonarse a sí misma por no saber vivir como desearían los demás. En realidad, tenía una larga lista de perdones pendientes que hizo juiciosamente, y que empezó a recordar, uno por uno.

Pero tampoco funcionó esta vez. Porque el perdón no aparecía, porque cada vez que recordaba esos episodios, aparecía esa otra sensación. Algo que le corroía el cuerpo, como una bilis ácida que no tenía nada que ver con el perdón ni con los pensamientos positivos y que, incluso, le hacían vomitar de vez en cuando.

Respirar y contar hasta diez. Tampoco fue efectivo, porque cuando iba entre el tres y el cinco, su cuerpo empezaba a revolverse como un prisionero condenado injustamente y, en vez de calmarse, lo que conseguía era un dolor de cabeza que hacía retumbar hasta a las paredes.

Ya había agotado todas sus opciones, o eso creía. Empezaba a convencerse de que no había remedio y que tal vez tenían razón quienes pensaban que era incorregible.  Cuando no había nada más importante que perder,  decidió hacer un inventario de lo que le quedaba. Y descubrió un arsenal de recursos que, hasta el momento, no había considerado útiles: el dolor de cabeza, la bilis ácida, la necesidad de su cuerpo por salir corriendo después de una situación desagradable, la RABIA contenida por tanto tiempo y que, de tanto guardarla para sí, de vez en cuando explotaba sin control. 

La rabia, la rabia, la rabia. Esa emoción que no cabía en el cuaderno de los pensamientos positivos. Eso que le habían dicho demasiadas veces que no se debía sentir. Lo que no tiene aparentemente nada que ver con el perdón, y que antes de llegar contando hasta diez ya se asomaba pidiendo entre tumbos expresarse y gritar al mundo entero ¡ESTOY AQUÍ! , !MÍRAME!, !SIÉNTEME!.

Retumbó entonces el cielo y cayó una tormenta tan fuerte que tuvo que resguardarse en un café, donde las voces de animadas conversaciones se confundían con el sonido de la leña que hacía fuego en la chimenea del fondo, donde se sentó a no pensar en nada. Y fue en ese momento cuando se sorprendió sintiendo una tranquilidad casi desconocida y un placer por la sencillez del momento. Permaneció en esa situación, sin moverse apenas, contemplando el fuego hasta que, sin casi darse cuenta, se levantó con una risa floja y se fue caminando lentamente hacia su casa, donde empezó a escribir en un cuaderno nuevo la propia versión de su verdad.

Entonces, y sólo entonces llegó el perdón, cuando menos lo esperaba. Llegó la calma contando hasta diez y hasta cien y hasta mil y llegó la luz iluminando pensamientos de diferentes tonos, los permitidos y los prohibidos, atreviéndose a expresar a su manera, dejándose sentir unos y otros.

Y llegó ella en todo su esplendor a comprender la grandeza de su mundo, y fue entonces cuando experimentó la armonía de su cuerpo con su mente, que no pudo describir en un cuaderno, pero sí dibujar graciosamente en la mirada brillante de sus ojos.

Y tú... ¿Qué piensas?

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