Las Memorias Olvidadas… El Duelo por lo que Nunca Fue

Y sin embargo, aún en medio del olvido, aparecen memorias a veces indescifrables, pero que claman por salir, por ser escuchadas y comprendidas para seguir con la vida, a pesar de todo.

pérdida ambigua

Se fue lo que tanto queríamos. Una persona, un estatus, una casa, una forma de vida. Lloramos cuando nos permitimos sentir el dolor que nos supone la pérdida. Si no se complica nuestro duelo, con el tiempo las lágrimas van limpiando los recuerdos hasta sacarles brillo y una paz serena es el tesoro que nos queda, ausencia tras ausencia a lo largo de la vida.

A veces no hay cuerpo u objeto qué llorar. Sobre esto escribí hace tiempo, hablando de la “Pérdida ambigua” en la que la incertidumbre, a la que tanto tememos, se convierte en nuestra mejor aliada para una recuperación, cuando conseguimos aceptar los límites de nuestra comprensión humana (Ver).

Otra ambigüedad en el mundo de los duelos es la de aquellos que tenemos que asumir cuando alguna ilusión no se ha hecho realidad. Es el duelo por lo que no fue, porque se quedó en un proyecto para “algún día” o porque, a pesar de haberlo intentado miles de veces, nunca sucedió.

Estas ilusiones que nunca vieron la luz, algunas veces se quedan encerradas en el cuerpo, invisibles y silenciosas e incluso por momentos olvidadas, hasta que alguna experiencia sin aparente relación las despierta, sorprendiendo con un llanto inesperado, con una desazón incomprensible o con una rabia salida de no se sabe dónde.

Y sin embargo, aún en medio del olvido, aparecen memorias a veces indescifrables, pero que claman por salir, por ser escuchadas y comprendidas para seguir con la vida, a pesar de todo.

Como diría Benedetti:

“hay quienes imaginan el olvido
como un depósito desierto / una
cosecha de la nada y sin embargo
el olvido está lleno de memoria”


¿Cuáles son esas memorias olvidadas? ¿A qué hay que hacerle un duelo para seguir sanamente con la vida?

  • A aquella relación amorosa tan querida que no pasó del intento. Para todos y todas es sabido que de la crónica nostalgia del “no pudo ser” o de la soberbia del “tiene que ser, aunque no se pueda”, sólo queda un cansancio monumental …  y poco más.
  • A ese empleo que nunca salió, aunque se hizo todo lo necesario para conseguirlo pero que resultó ser para otra persona, dicen que más apta para el puesto.
  • A esa casa tan bonita que compró el siguiente visitante sin dar tiempo ni para pensarlo, pero que justo cuando ya no fue tuya empezó a ser tan condenadamente deseable, que no parece haber en el mundo nada mejor.
  • A la imagen de futuro que un día dio fuerza para emigrar a otro país, pero que las condiciones económicas, sociales o políticas impidieron, a pesar de todos los intentos, de las luchas y de las buenas ideas que no pasaron de ser bonitos sueños.
  • A las hermosas promesas infantiles de ser algún día… bailarina, médico, maestro/a, cantante, cuando lo que vino fue otra realidad que se fue asumiendo con los cambios evolutivos o con las imperiosas necesidades cotidianas.

Si aún se quiere –y por supuesto que se puede– habrá que recordar que nunca es tarde, al menos para algunas cosas. Pero si estos sueños se quedaron anclados en su momento desvirtuando lo presente, también vale dejarlos ir para llenar la realidad actual del valor que merece.

El tren que no se tomó, el hijo que no se tuvo, el viaje que no se hizo, la llamada que no se respondió, la oportunidad que no se aprovechó, no deberían convertirse en una condena de por vida.

Tampoco parece buena idea dedicar demasiado tiempo a imaginar cómo hubiera sido lo que no fue. Ese tiempo, valiosísimo, puede resultar más efectivo cuando uno se permite vivir plenamente la frustración, la pena, la rabia y/o el vacío que conllevan las experiencias poco afortunadas.

Así como es necesario elaborar los duelos no resueltos, cuando se tuvo algo y se perdió (Ver), también es saludable dar la vuelta a lo que nunca fue, darle su importancia, su espacio y su tiempo, dejar salir las emociones que acompañan a estas pérdidas tan ambiguas y descargar la mochila para dejar entrar nuevos sueños, que se harán o no se harán realidad, pero que dan sentido, movilidad y perspectiva al camino vital.

Y tú... ¿Qué piensas?

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