Aquí está la vida… ¿Te la vas a perder?

Inseguridad, depresión, angustia, envidia, sensación de inutilidad, irritabilidad… no vinieron incluidas en la bonita caja de tu smartphone

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Antes de las redes sociales que han cambiado tanto nuestros hábitos, pasaban prácticamente las mismas cosas pero lo que hacíamos o pensábamos no quedaba grabado cada milisegundo en un ordenador.

Siempre ha existido la inseguridad, los celos, la envidia, la deslealtad, el miedo a no ser parte de un grupo, el rechazo a la uniformidad, el aislamiento o la necesidad de ser aceptado. 

Siempre también, ha habido quienes lideran y quienes apoyan una idea, quienes siguen a todo lo que se mueva, quienes difaman, quienes excluyen o quienes integran. 

Entonces, lo que sucede actualmente en las redes sociales parece ser más de lo mismo, tal vez acentuado por el carácter espectacular de todo lo que acontece en nuestro tiempo y por la creciente tendencia al narcisismo, que más allá de promover una convivencia basada en la colaboración, nos enfrenta a unos con otros en una batalla en la que nadie gana más que la dolorosa ansiedad por estar en todas partes.

Por eso es que si te pilla lo que ahora se llama FOMO (fear of missing out), que significa en castellano “miedo a estar perdiéndose de algo”, no creas que estás siendo aquejado por una grave enfermedad rara y nueva. Es la misma de siempre pero en formato 2.0.

Un ejemplo de FOMO…

Imagina que estás con tu pareja en una noche para dos. Ella te habla de sus experiencias, de lo que le apasiona y lo que le preocupa en los últimos días. Mientras tanto, parece como si pusieras su voz en off y sufres pensando que estaría muy mal hacer en ese momento lo que te apetece, que es coger tu móvil y ver cuántos mensajes nuevos han llegado a tu Whatsapp en los últimos 5 minutos. ¿Acaso te los vas a perder? No puedes soportarlo y entonces sucumbes a tu ansiedad y coges el teléfono ante la mirada atónita de la persona que acabas de dejar con la palabra en la boca. Eso, si ella no está ya contagiada y se dedica a chequear sus mensajes también, para lo cual no hacía falta ir a ninguna parte.

Otro ejemplo de FOMO…

Imagínate ahora que es viernes y has pasado una semana inagotable. Te apetece por fin quedarte en casa, ver una película, comer una pizza y ponerte la manta encima para quedarte hasta las tantas en el sofá. Todo va bien hasta que se te ocurre la idea de mirar tu Facebook y ves que tu amigo/a ha publicado ya unos cuantos selfies saliendo de casa, subiendo al coche, bajando del coche, entrando en un lugar y encontrándose con un grupo de amigos, de los cuales reconoces a unos cuantos de los tuyos.

Selfie tras selfie vas sintiendo una especie de ahogo, un retorcijón en el abdomen, una sensación incomodísima en el pecho, ganas de llorar y una percepción de ser invisible para los demás. 

Después de esto la película ya no interesa y la pizza sabe fatal… Piensas que te estás perdiendo de algo extraordinario pero tu memoria selectiva ha olvidado la última vez, cuando te escondías de todo el mundo pues te pareció que en la foto de aquella fiesta saliste peor que los demás y te dedicaste a retocarla en Pinterest.

Aquí cobra sentido la reflexión que hace Arthur C. Brooks, columnista en el The New York Times, cuando dice que muchas personas pasan “la mitad del tiempo haciendo ver que están más felices de lo que en realidad están, y la otra mitad viendo cómo el resto parece estarlo más que ellas”.

Inseguridad, depresión, angustia, envidia, sensación de inutilidad, irritabilidad… no vinieron incluidas en la bonita caja de tu smartphone. Y tampoco hacía falta, pues era suficiente con despertarlas a partir de ciertos estímulos que las provocan, como cuando pones a funcionar un resorte.

¿Y entonces… Qué hacemos con el FOMO?

Como comprenderás, no tiene mucho sentido la propuesta de apagar todos los móviles del mundo ni castigarte una semana sin tablet por tu falta de disciplina. En realidad es todo más complejo porque mientras nos hablan de los peligros del abuso de las redes sociales, a la vez nos ponen en la cara publicidades que nos retan diciendo: “¿Te vas a perder esto que te estoy vendiendo?… ¡Si todos lo están usando!”…

Así va la doble moral de nuestra sociedad que nos vende la misma droga que pretende erradicar y se espera de ti que seas socialmente activo, consumiendo lo que todos consumen como efecto contagio.

Al parecer, querido/a amigo/a, no es la sociedad de consumo la que nos va a proteger de la manera compulsiva de usar las redes sociales. (Ver: En serio… ¿La culpa es de WhatsApp?).

Así que no queda más remedio que tomar consciencia y hacernos cargo de la propia salud. 

  • ¿Qué habrá más allá de ese sentimiento de estar perdiéndote algo si no estás conectado/a a la red?
  • ¿Qué te hace pensar que las otras personas están viviendo vidas más emocionantes que la tuya?
  • ¿Qué sucede con tus actividades que pasan de ser lo más motivante a lo más insignificante en un pase de selfies de tus amigos/as?
  • ¿Por qué, si todos tenemos prácticamente la misma posibilidad de acceso a las redes, algunos se enganchan de manera compulsiva y otros no?
  • ¿Qué pasa con tu red social y tus relaciones de apoyo fuera de internet?
  • ¿Y si alguien quiere contactar contigo y no estás conectado/a? ¿Te has planteado que tal vez te llame por teléfono o aparezca de sorpresa en tu casa?
  • ¿Y qué pasaría si eso sucediera?

Preguntas… sólo preguntas. Ni sabios consejos ni pautas ni regaños. Las repuestas las tienes tú.

Pero sea como sea, que ni tu móvil ni nadie te robe la experiencia de implicarte en cada momento y en cada lugar, en una comunicación de calidad con aquellas personas realmente importantes para ti.

Y tú... ¿Qué piensas?

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