Buscando Pareja por Internet

La imagen lo dice todo… o casi todo

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El proceso de encontrar una pareja supone ciertas condiciones que no siempre coinciden con la realidad actual. Hay que tener tiempo, disposición para la actividad social, capacidad de competencia, atributos para generar atracción. Dependiendo del contexto, estas características tienen mayor o menor importancia y, según la intensidad con la que se viva, el proceso puede resultar agotador. Una alternativa a estas dificultades es la búsqueda de pareja por Internet.

De unos años hasta ahora, la búsqueda de pareja por internet se ha convertido en una estrategia cada vez más utilizada por gente de todas las edades, culturas y ocupaciones. Los motivos para decidirse por esta alternativa son diversos y nadie puede determinar que sea la mejor o la peor idea, aunque sí es posible señalar varias características que la hacen diferente a la manera tradicional de encontrarse. 

Antes de internet, la posibilidad de encontrar pareja estaba limitada al círculo social en el que uno se movía. Así, había que acudir a amigos, amigas, colegas y/o familia para conectar con algún conocido. Hoy en día el llamado “círculo social” ha pasado a ser un producto delicatessen en la vida emocional, si se trata de trascender los rápidos encuentros, muchos también por internet, para “hablar” de temas cada vez menos implicantes.

Antes, si uno quería mostrarse disponible, había que sacar tiempo para las actividades sociales y lúdicas o estar muy atentas/os a las oportunidades en gimnasios, bares, supermercados, parques y oficinas. Ahora, en cualquier momento y en cualquier lugar, con un par de “clicks” aparece en una sola pantalla lo que hace 20 años nadie hubiera imaginado: Un sinfín de posibilidades con acceso inmediato para elegir a la pareja ideal. 

Estaremos de acuerdo, o no, en que buscar pareja por este medio sea una forma apropiada, pero dudo mucho que no coincidamos en afirmar que el proceso es diferente al tradicional y que entran en juego algunas variables con las que antes no contábamos.

Ahora una persona entra en internet, rellena un rápido registro y empieza a ser parte de una red de contactos. Ya adentro, elige lo que le gusta. Pero… ¿Qué le gusta?… ¿Cuáles son los criterios para decir que alguien le atrae, a partir de la información que aporta el sistema? En un primer momento sólo hay dos datos: la imagen y el contenido del perfil.

La imagen lo dice todo… o casi todo, ya que se entenderá que a nadie se le ocurre poner en su presentación para encontrar pareja la foto del día que estaba borracho, o cuando acababa de salir del hospital con ojeras y sin peinarse. Es apenas lógico que se ponga en el perfil la mejor de las fotos que se tengan. Entonces esto es un dato -asumiendo que se trata de una foto real- pero no lo es todo. El otro tiene que ver con la información que aporta el perfil, en donde cada candidato/a tiene la oportunidad de presentarse y mostrar lo que considera más importante de su identidad.

Es atractiva la promesa de acceder a la información relevante sobre la persona con la que uno espera compartir los siguientes años de su vida. Y así se compagina la necesidad de agradar con la posibilidad de elegir desde la sala de la casa. Pero aún así, con todo tan bien calculado, tan aséptico y controlado, tarde o temprano aparece el carácter con sus trampas, calcando en la nueva experiencia sensaciones derivadas de antiguas vivencias.

El primer mecanismo que suele aparecer es la idealización. Esto sucede en internet, en el pueblo o en el barrio con el vecino de siempre y en el grupo de amigos cuando nos presentan a alguien. Es algo totalmente normal, que tomará uno u otro camino según la manera como se desarrolle. Porque en el pueblo, en el barrio o con el grupo de amigos, rápidamente se hace un proceso de ajuste desde esa representación mental hacia la realidad a no ser que, por alguna dificultad algo más compleja, alguien se quede estancado en el imaginario por carecer de los elementos para evolucionar en una relación.

En internet, por el contrario, es difícil no quedarse anclado en el imaginario y hay quienes, incluso, tienden a perpetuar los encuentros online en perjuicio del cara a cara, enamorados del encanto de los/as misteriosos/as anónimos/as que están del otro lado… y de la propia fascinación al descubrirse uno mismo lleno/a de atributos antes desconocidos.

Porque estas páginas permiten actuar diversos roles prácticamente imposibles de practicar en un entorno más real. ¿Cómo sería un hombre tímido actuando como si no lo fuera? ¿Y una mujer impulsiva hablando como si tuviera una paciencia infinita? ¿Y el egoísta, cómo sería mostrándose generoso por un día? ¿O el duro aparecer romántico? ¿Y la insegura, aparecer como la más asertiva de la red?

Engancha sentirse uno libre de sus rasgos de carácter, aunque sea por un rato, como la cenicienta antes de las doce vestida de princesa. Esta situación, trasladada a la red, resulta parecida a la de una fiesta de disfraces, en la que el anonimato aporta la posibilidad de no comprometerse con una identidad, al menos en un principio, porque sólo con un último “click” se puede matar para siempre una relación que nunca existió.

Cuando se logra superar ese primer obstáculo, el de quedarse en la relación imaginaria, ya se hace posible conocer a alguien. Y es ahí donde pueden aparecer otras dificultades que, en caso de no hacerse conscientes ni de elaborarlas adecuadamente, pueden contribuir a que la experiencia de buscar pareja por internet no se parezca en nada a la que promete la publicidad de aquellas páginas.

Por ejemplo, si alguien en sus relaciones personales cara a cara tiende a experimentar una baja tolerancia al rechazo, puede pasarlo muy mal cuando envía una propuesta de contacto a otra persona que no le contesta en el tiempo esperado.

Situaciones como esta, sumadas al encanto o a la tortura -en este caso- del imaginario, son los mejores anzuelos para crear una dependencia a este tipo de páginas, perdiendo de vista el objetivo inicial, tan legítimo, como es la búsqueda de una pareja.

Bien. Digamos que ese obstáculo también se ha superado y que se ha sobrevivido al intento, después de probar y fallar, de aceptar, de rechazar, de ser aceptado/a y rechazado/a, frustrado/a e ilusionado/a. Llega la hora de encontrarse cara a cara y de ponerle voz y movimiento a esa imagen con la que se ha convivido por algún tiempo.

Sea como haya sido, por más honesta y completa que haya sido la información recibida sobre la otra persona, el cerebro tiene que comenzar un nuevo proceso y es el de ajustar lo que se había imaginado o interpretado, a la realidad que se pone al frente, sea para bien o para mal. Y esto no se limita al aspecto físico.

Aquí también entran en juego las sensaciones, el famoso feeling, el olor, el sonido de la voz, etc. Es aquí donde se quiebran muchas de las expectativas creadas de antemano, pero también es aquí donde se reafirma la oportunidad, esta vez más real, de iniciar una relación “de verdad”.

Entonces, buscar una pareja en internet supone paciencia, lucidez, sentido común y una enorme disposición para caer y volver a levantarse.

La inmediatez y el fácil acceso a un sinfín de potenciales parejas puede ser un arma de doble filo y es uno de los factores precipitantes de las frecuentes conductas adictivas a la red. El problema radica en el riesgo de atraparse en esta dinámica de contacto, perdiendo la capacidad de reconocer los códigos de la comunicación cara a cara o creando formas compulsivas de inicio y no desarrollo de los vínculos afectivos aparentemente deseados.

Los contactos online no son necesariamente una mala estrategia, menos aún en tiempos en que las oportunidades de relacionarse se ven progresivamente reducidas. Pero estos también exigen una responsabilidad, una ética y unos criterios de acuerdo con las experiencias, los propios valores, la identidad y las expectativas, en función del cuidado propio y el de los demás.

La red puede facilitar los encuentros, pero no puede hacer por nosotros el trabajo de elegir a la mejor pareja. Esa responsabilidad sigue estando -por fortuna- del lado de la persona y no de la máquina.

Ninguna tecnología ha creado, hasta el momento, una aplicación capaz de salvarnos del riesgo del amor en una relación de pareja real.

Por lo tanto, podemos decir que aún tenemos un altísimo porcentaje de libre albedrío que podemos ejercer de inmediato, eligiendo conscientemente lo que consideramos mejor para nuestra vida en cada momento gracias a la capacidad de gestionar nuestra propia realidad.

Y tú... ¿Qué piensas?

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