Bloqueo Emocional e Inmigración

Vivir desligado de afectos y sucesos, ignorante ante las oportunidades de contacto real con uno mismo y con los demás

Inmigracion-y-bloqueo-emocional

Hay quienes viven la experiencia de la migración como una más en la vida, sin darle demasiada trascendencia. Hay otros/as, para quienes la migración supone un cambio tan radical, que atraviesa todos los demás aspectos de las vivencias cotidianas.

Hemos hablado en varias ocasiones de la inmigración y de sus implicaciones en la salud mental. El tema es amplísimo y está en constante cambio, ya que se ve continuamente influenciado por los movimientos sociales, que nunca son estáticos. Y ya que, por estos tiempos, el bloqueo emocional es una de las problemáticas más frecuentes en las llamadas sociedades “desarrolladas”, dedicaré esta entrada a alguno de los factores que contribuyen a su asentamiento, cuando se es inmigrante.

Recordemos lo dicho en otra ocasión, hablando del bloqueo emocional:

“La sensación es de atasco, de tener una serie de sentimientos y emociones que no saben por donde salir, pues las vías de expresión están obturadas, tanto, que en algún momento ni se contemplan ya, quedándose dormidas mientras el cuerpo va perdiendo su elasticidad natural. Así es como uno se acostumbra a vivir desligado de afectos y sucesos, ignorante ante las oportunidades de contacto real con uno mismo y con los demás”.  (Ver: Bloqueo Emocional y Psicoterapia)

Se entenderá que, al haber emigrado, puede hacerse difícil el contacto real con el mundo – e incluso con uno mismo- y esto es más factible cuando la migración viene acompañada de un proyecto extremadamente exigente. En estos casos -que son la mayoría- las fuerzas alcanzan para lo imprescindible, es decir, para cubrir las necesidades más básicas y aunque sabemos que estar en contacto con nuestras emociones es vital, no estarlo no nos mata, al menos el primer día.

La red de apoyo, las figuras de confianza han desaparecido de la vista y hace falta armarse de un buen paquete informático y de una capacidad imaginativa suficiente para vivir pensando que uno sigue viviendo acompañado, al menos hasta que empieza a crear vínculos en el nuevo lugar, llamado, a veces paradógicamente, de “acogida”.

Y ahí es cuando más posibilidades tiene de hacerse presente el bloqueo emocional. Cuando después de un tiempo de ajuste hay que empezar a hacer parte de una cultura con la que se ha creado una relación ambivalente. Una cultura en la que se han puesto en marcha las defensas del carácter inevitablemente -que para eso están, para actuar en momentos en que hay que estar alerta, sobrevivir, ganar la carrera-. Pero cuando ya se está del otro lado, cuando no hay más guerra que combatir, cuando se puede quitar la armadura protectora y descansar… ¿qué sentido tiene seguir con ella puesta?

Algunos hablan de no sentirse nunca seguros, de sentirse permanentemente amenazados en un país en el que nunca se encontrarán como en casa. Otras se justifican diciendo que no vale la pena hacer amigas aquí, si mañana volverán a su lugar de origen. Hay quienes comentan que “no se puede estar con Dios y con el Diablo al mismo tiempo”.

Este último comentario nos ofrece una gran comprensión de lo que puede pasar en el interior de una persona inmigrada, más allá de la apariencia externa, de su miedo, su tenacidad, su dulzura o su impermeabilidad. Y es que hay un conflicto de lealtades que se va agravando con el tiempo, a medida que se van creando nuevos vínculos, situación apenas lógica en un nuevo lugar de residencia.

Este conflicto se refleja en detalles aparentemente insignificantes, como la preferencia por un equipo de fútbol, el tipo de alimentación, la ropa, el lenguaje, las actitudes, las actividades, etc. Es decir, lo que nos identifica, lo que usamos para decir quienes somos. Y en esta situación de inmigración, tantas veces se retoma algo de “allá” como se asume algo de “aquí”, proceso normal de inclusión en una cultura diferente.

El conflicto sucede cuando no es posible conciliar los dos mundos, ya sea por impedimentos internos o externos. De cualquier manera, se alimenta una oposición que no debería existir, que resulta violenta e innecesaria. Porque, por ejemplo, preguntar a un inmigrante: ¿Donde prefieres estar: aquí o en tu país?, es como preguntar a un niño: ¿A quien quieres más: a papá o a mamá?.

Al no poder sincronizar los dos “amores”, es apenas comprensible que se produzca un bloqueo emocional, consistente en no sentir.

No sentir ni pena ni alegría, ni dolor ni emoción, ni ilusión ni decepción, ni odio ni amor. Aplanar el afecto, anestesiarse, mantenerse en la periferia emocional para responder mecánicamente a las exigencias cotidianas sin plantearse nada más.

Son incontables los motivos por los que se cae en este estado. Y en el contexto de la inmigración se ha avanzado, pero aún falta mucho en lo que tiene que ver con la salud mental. Tomemos en cuenta que, así como emigramos con más o menos recursos económicos, con más o menos capacidades profesionales, con más o menos fuerza física, también venimos con más o menos capital emocional, con una historia, con un bagaje afectivo, con relaciones sanas y perversas, con algunas tareas emocionales pendientes, con duelos no resueltos… que difícilmente se reflejan mejor en otras vivencias, como en la de la inmigración.

Vivir conscientemente las diversas emociones causadas por la experiencia migratoria es un antídoto contra la depresión, la ansiedad, las enfermedades psicosomáticas, las enfermedades crónicas, etc. Con razón o sin razón, habiéndose equivocado o no en la apuesta, la salud mente-cuerpo es una prioridad y las emociones están esperando su expresión, aún cuando no queramos -o no sepamos- darles una salida.

Esto también es buscar una mejor calidad de vida ¿O no?

Y tú... ¿Qué piensas?

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