Cáncer y Emoción: Una relación Particular

También están esos factores de riesgo que se ignoran tan fácilmente, como el agotamiento y la depresión, los disgustos permanentes, el estrés y las formas de atravesar un duelo

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¿Y a quien no le ha pasado? Cualquier día abrimos el periódico y encontramos un titular que dice algo así como: “científicos han descubierto la cura para el cáncer”. Dudo que alguien no se detenga un momento para mirar, al menos de reojo, si esta vez es verdad una de las noticias más anheladas en los tiempos actuales.

Pero, a pesar de los múltiples avances, siguen enfermando nuestros amigos, nuestros vecinos, nuestra familia, nosotros mismos. Incluso, siguen muriendo personas cercanas ante nuestros ojos incrédulos y ante nuestra helada impotencia.

Esta es una de esas entradas del blog que llevo meses aplazando. El motivo es claro. No me gusta parecer como que estoy por encima de todo mal con mi lenguaje psicológico, que puesto en el papel o en la pantalla del ordenador suena a pretensión de infalibilidad, con su aire de arrogancia. He sido testigo de estas actitudes por parte de no pocos médicos/as, psicólogos/as, trabajadores/as sociales, enfermeros/as que se han quedado momificados, ellos sí, en una especie de frialdad crónica que les impide rescatar, al menos, una pequeña porción de empatía y para quienes el “saber” se ha convertido en un arma o, como mínimo, en una gran muralla que los hace inaccesibles.

Ese es el “saber” que yo no he querido aprender. Me resulta más interesante conocer lo que pasa con la persona que vive un proceso de enfermedad como el cáncer. Me preocupa si tiene un contexto que le permite expresar sus vivencias, sus expectativas, sus miedos, sus esperanzas. Me pregunto si ese contexto, lo que llamamos “red de apoyo”, está preparado para vivir consciente y saludablemente los cambios que inevitablemente se producen. En fin, no me preocupan demasiado las estadísticas, el gasto económico que genera, las horas de trabajo que ocupa un enfermo, ni tampoco a donde se va el alma de quien muere.

Sí me interesa lo que nos sucede aquí y ahora, frente a esta enfermedad que parece tener algo que decirnos, pero que no estamos siendo capaces de escuchar.

Y me preocupa, especialmente, la parte de razón que tuvo Wilhelm Reich y luego algunos otros especialistas en psicosomática, cuando hablan de una estrecha relación entre el mundo emocional y el desarrollo de una biopatía como la del cáncer. Esta idea ha disgustado a muchos, que prefieren pensar que esta enfermedad se limita a una transmisión genética, o que dejando de fumar 20 cigarrillos al día o yéndose a vivir al campo y comiendo sólo de la huerta ya está todo controlado. Parece que, aunque esto ayuda, la cosa no es tan simple.

Reich hablaba de la resignación caracterológica como una de las actitudes más peligrosas y de la rigidez caracteromuscular como un caldo de cultivo extraordinario para el cáncer y otras biopatías.

Ya que no me extenderé aquí en su teoría, sugiero revisar su libro “La Biopatía del Cáncer” (Ver biblioteca), en el cual habla sobre los componentes emocionales y bioenergéticos que contribuyen a su formación, además de describir un tratamiento para pacientes con esta biopatía. Para introducirse en el tema de la rigidez caracteromuscular, sugiero leer en este mismo blog La Coraza Caracterial y Muscular y para reflexionar sobre la resignación, invito a leer La Resignación, una Peligrosa Comodidad. Para entrar en la experiencia del cáncer desde una visión más cercana, recomiendo el libro de mi amiga y colega Nuria Casas: La Festa dels Crancs

Por otra parte, el pensamiento de Reich ha sido bien y mal usado en este campo y en muchos otros. En relación con las enfermedades psicosomáticas y las biopatías, no es raro encontrar interpretaciones abusivas, ya sea para empeñarse en que psique y cuerpo no tienen nada que ver (es necesario pensar así para que sigan saliendo las cuentas: 2+2=4) o, al revés, para generar un cierto sentimiento de culpabilidad ansiosa -como si ya no fuera bastante con el diagnóstico-, por no haber sido capaz de evitarse un cáncer cuando se trataba de algo tan “fácil” como respirar bien, pensar positivo, tener fe o expresar las emociones correctamente.

No, no es tan fácil. Y nada asegura que por claras que tengamos las cosas, esto no va a sucedernos también. Veamos lo que dice Luis Chiozza, quien tuvo siempre el arte de traducir con tremenda sencillez lo que a otros nos resulta tan complicado:

“Sólo una mínima proporción entre los cánceres, de un 5 a un 10%, se demuestran ligados a una predisposición genética que se trasmite a los hijos a través de los gametos. Cabe aclarar además que hay una enorme distancia entre una predisposición a una determinada enfermedad y el hecho de que esa enfermedad se desarrolle. Para decirlo en palabras más simples, que un automóvil tenga la llave de contacto puesta no determina que el motor arranque a menos que alguien se ocupe de hacerla girar en la dirección que corresponde. Dejaremos sin embargo abierta la cuestión de si puede influir en el desarrollo del cáncer ese aspecto de la personalidad que denominamos carácter, y más allá de que pueda decirse que el carácter (también como predisposición) se hereda, no cabe duda de que en el seno de una familia con un estilo de vida el carácter se “contagia” más allá de la herencia biológica”.

(Fuente: Chiozza, L., “Cáncer: ¿Por qué a mí, por qué ahora?”)

Chiozza, como Reich, va más allá en el análisis y habla de los agentes carcinógenos, es decir, de los factores que contribuyen a que se desarrolle un cáncer. Sí, por supuesto que hay algún porcentaje de transmisión genética, como ha explicado anteriormente, y también una influencia del tabaco, de elementos contaminantes y radioactivos o de una mala alimentación.

Pero también habría que tomar en cuenta esos factores de riesgo que se ignoran tan fácilmente, como son el agotamiento y la depresión, los disgustos permanentes, el estrés y las formas de atravesar un duelo. Y son fáciles de ignorar estos factores cuando se normalizan.

Porque estar deprimido/a ya parece una condición casi natural. Estar cansado/a da incluso cierto estatus, así como tener problemas o estrés. Y evitar los duelos a toda costa se está convirtiendo en un mandato, porque “perder tiempo” sufriendo por una pérdida grande o pequeña, está muy poco aceptado últimamente.

Lo que no se va, ni con antidepresivos, ni con alcohol, ni con tabaco, ni con otras drogas, es esa sensación de “hay algo que me falta”. A pesar de tener aparentemente todo -cuando se tiene- cada vez más nos encontramos en esa situación de insatisfacción crónica.

Ahí es donde vuelve a cerrarse el círculo y nos encontramos de nuevo frente al rasgo de resignación caracterial, cuyas secuelas estamos viendo día tras día, ya sea en las empresas, en los colegios y universidades, en los hospitales o en las consultas de psicoterapia.

Creo que no está siendo útil la sensación de no poder hacer nada frente a nuestra salud. Que si tenemos un costipado, una hernia o un cáncer es, o por nuestra mala suerte o porque algo hemos hecho mal. Ninguna de las dos causas son justas ni reales. Y ninguna nos está avalando como agentes de nuestra propia salud.

Prevenir, hacernos conscientes, sentir y elaborar los duelos, gestionar el estrés, es decir, hacernos cargo de nuestra propia vida, no nos va a garantizar la existencia pero, al menos, nos va a permitir vivir el presente con salud y disfrutar de cada momento, hasta que lo que no depende de nosotros decida otros caminos.

3 comentarios en “Cáncer y Emoción: Una relación Particular

  1. Gracias María Clara por tu exposición que llama a una reflexión: estamos viviendo el presente? Estamos viviendo el momento? Constantemente en los talleres VIVAMOS CON ALEGRÍA tomo como eje eso: “vivir el hoy” sin que carguemos con el pasado que no podemos modificar, ni ponernos ansiosos por el futuro.
    Otro eje en el que trabajo es en el perdón (perdonarnos y perdonar). Trabajar diariamente la autoestima y la alegría a través de la risa no solamente nos libera de cargas, sino que fortalece nuestro sistema inmune

  2. Muy buena reflexión y síntesis de lo expresado por esos dos investigadores y muy buenos escritores como lo son luis Chiozza y Reich. Comparto asimismo, el hecho de que en un intento, sin duda bienintencionado pero no siempre logrado, muchos colegas han tomado el pensamiento, sobre todo de L. Chiozza, y han generado una suerte de “culpabilidad” en las personas padecientes de diferentes dolencias físicas. Me refiero a que con el emblema de que todo padecimiento físico conlleva un “sentido psíquico”, han creado una vivencia ya no de responsabilidad e intento de investigar y conocer el mencionado “sentido”, o al decir del autor “entender el lenguaje del órgano”, sino que el paciente termina de sentirse “incriminado” y culpable de su enfermedad, lo cual como es de suponer no sólo no ayuda ni colabora con el paciente en su conocimiento, sino que genera intensas resistencias, angustia y aleja la posibilidad de realizar “la biografía del padecimiento del enfermo” (“pathobiografia).
    Quizá he sido muy extensa y reiterativa, pero al observar como proceden alguno/as colegas frente al padecimiento psico-físico de muchas personas, desde un abordaje que como decía anteriormente, no dudo sea bien intencionado
    pero creo que no entiendan el verdadero sentido de la teoría de los autores anteriormente mencionados. Así es que los pacientes se alejan de la posibilidad que desde nuestro quehacer podamos aportar, y generando incluso iatrogenia en muchos de ellos.

  3. Interesantes palabras, Ma. Clara. Gracias por invitarnos a la reflexión.

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