Decisiones, Sentimientos y Emociones… Más allá de la Mente

La capacidad de contacto con el propio cuerpo es una de las bases más sólidas para nuestro bienestar físico y emocional. La opción de negarlo, racionalizando cada sensación o emoción que intente aflorar a la consciencia, es sólo una defensa que contribuye a acorazarnos más y más.

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Lo que conoces en tu cabeza no te sostendrá en los momentos de crisis… la confianza proviene de la conciencia del cuerpo, de saber qué sientes en cada momento.
Marión Woodman 

Con bastante frecuencia necesitamos tomar alguna decisión. Esta puede ser definitiva o poco trascendental. De todas formas, decidir ocupa nuestro tiempo y un gasto de energía que podría invertirse en otros asuntos, si no le diéramos tantas vueltas a lo mismo constantemente.

Además, las experiencias de la vida nos llevan a aclarar nuestros sentimientos. Y vemos cómo se confunden fácilmente la rabia con el miedo, el amor con la necesidad, el odio con la frustración, el cariño con la compasión.

El mundo de las emociones y los sentimientos es bastante complejo. Tal vez por esto algunas personas han elegido, seguramente de forma inconsciente, pasar del tema y estar en el mundo como si nada les tocara ni les afectara. Para otras, por el contrario, los sentimientos y las emociones son su talón de Aquiles y se sienten como marionetas de cada sensación, que difícilmente pueden gestionar.

Así es como tantas veces uno se encuentra con relaciones afectivas desgastantes o con actividades que no se sabe lo que aportan pero que se siguen realizando, tal vez esperando que llegue alguien a apretar el botón “off” para por fin dejar de hacer y hacer sin mucho sentido.


¿Dónde estará el fallo?

Digo que algo falla, porque se supone que estamos aquí para ser y existir y no para sufrir o quedarnos arraigados en el suelo de la propia insatisfacción. No parece natural el estado crónico de contracción, al contrario, lo natural tiene todo que ver con la vida y la expansión (Ver: La Tendencia es a la Vida).

La idea de que venga “alguien” a apretar el botón “off” ya suena desconcertante. Difícilmente llegaremos a buen puerto cuando es otro el que decide nuestra suerte. Pero claro, si el mapa interno está perdido, la angustia puede llegar a ser insostenible y tampoco se trata de matarse yendo sin ton ni son por los entresijos de los terremotos interiores.

Creo que la clave está en ese mapa perdido. Con frecuencia se cree que con la cabeza se puede llegar a aclararlo todo. Entonces pasan los días e incluso los años, esperando que la mente decida si se va a la izquierda o a la derecha, si se deja a la pareja o se queda con ella, si se dedica tiempo a un proyecto o se deja de lado para hacer otras cosas.

A la cabeza se le suelen delegar demasiadas funciones, las que le corresponden y las que no, hasta saturarla de tensiones desbordantes, tanto que acaba casi estallando y llevándose consigo al cuello que de tanto sostenerla también soporta su tensión. La consecuencia rara vez coincide con una decisión acertada o con una conexión con los sentimientos y las emociones. Porque las emociones no se piensan. Se viven y después se verbalizan.

Necesitamos recordar que, nos guste o no, vamos por la vida con el cuerpo entero y que éste lleva toda nuestra historia, nuestras medallas y nuestros desaciertos, nuestros conflictos, nuestras carencias y nuestras riquezas. Lleva también nuestras sensaciones, sentimientos y memorias olvidadas.

Ahí, en el cuerpo, está nuestra biografía y escapar de él no es una buena idea cuando tiene tantas claves para enseñarnos el camino.

Es por esto que la capacidad de contacto con el propio cuerpo es una de las bases más sólidas para nuestro bienestar físico y emocional. La opción de negarlo, racionalizando cada sensación o emoción que intente aflorar a la consciencia, es sólo una defensa que contribuye a acorazarnos más y más.

Por el contrario, aventurarnos en el conocimiento de nuestro cuerpo, junto con el carácter que le acompaña y que podemos aprender a gestionar, es una de las formas más seguras de conocernos y con ello tomar las decisiones más acertadas o las más equivocadas, pero siempre con la capacidad de asumir sanamente sus consecuencias.

Porque tener salud no consiste en acertarlo todo al 100%, sino en ser capaces de tomar los riesgos que se nos presentan a lo largo del camino.


Valen la pena esos riesgos cuando nos acompaña un cuerpo con todas sus funciones disponibles para una vida plenamente vivida.

Y tú... ¿Qué piensas?

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