Más allá de la Autoestima

La alegría, la suerte, el dinero, la satisfacción o el placer son para los demás y esta falta de fortuna cae como una losa en los cuerpos de quienes han aprendido que su lugar está en el lado oscuro de la vida.

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Desde hace unos cuantos años, de acuerdo con esas modas de las que no se salvan los discursos psicológicos, no puede faltar la alusión a la autoestima que aparece por todas partes, pero que muchas veces acaba siendo una más de esas palabras que pierden su sentido de tanto pronunciarlas.

Si alguien tiene un problema, es porque le falta autoestima. Si le ha dejado el novio o la novia, es que tiene que recuperar su autoestima. Si le va mal en el colegio, es que tiene dañada la autoestima. Y así, hay quienes salen airosos de esas preguntas incómodas del tipo:  “¿Qué me pasa, doctor?” diciendo contundentemente: “Es la autoestima”.

Sin embargo, últimamente se nota una ligera disminución del uso de esta palabra. O es porque los tiempos van cambiando y cambian con ellos las formas de entender el mundo, o es porque la gente se cansa, con razón, de ir de psicólogo en psicólogo escuchando siempre lo mismo. Además, con el acceso a la información abundante e inmediata gracias a las nuevas tecnologías, no es raro que una persona que acude en busca de ayuda psicológica llegue ya con un diagnóstico bajo el brazo: “Es que como me pasó esto y lo otro, tengo una baja autoestima“.

En fin, la cosa no es tan simple. Desde mi punto de vista, la autoestima no es tan fácil de comprender. No es algo que se quita y se pone, se sube o se baja, se compra o se vende sin más. La autoestima es un síntoma, un criterio para valorar aspectos muy profundos del carácter que son los que hay que trabajar. Decirle a una persona que sufre: “Tienes que mejorar tu autoestima” ó, “Tienes que quererte a ti mismo/a” que viene a ser la misma pauta, es como decirle a un ciego que describa el arco iris.

Es verdad que hay que quererse, valorarse, conocerse, respetarse. No lo dudo. Pero, ¿Cómo? Uno no se levanta por la mañana y se dice: “Hoy sí voy a quererme“. Y si se lo dice, sospecho que difícilmente lo logre sólo por haberlo pensado.

La baja autoestima es la sensación de poco valor personal. Es la convicción de que, sea lo que sea que se haga, está mal hecho y siempre hay algo o alguien que le supera.


Esto se ajusta muy bien a la personalidad cuando el entorno ayuda a alimentarlo con mensajes como estos:

– “Y tú… ¿te crees capaz de esto tan importante?”

– “Las mujeres están para cocinar, planchar y limpiar”

– “Fíjate a fulanito, cómo le van de bien las cosas, en cambio a ti…”

– “Aquí somos pobres, entonces no podemos viajar”

– “Si hubieras sido diferente, el/ella no se hubiera ido con otra/o”

– “¿Con tantos esfuerzos que has hecho y sólo has conseguido esto?”

– “Eres demasiado sensible, frágil, dulce, guapa, para cargar esa caja tan pesada”

– “Estás dando problemas desde que naciste, que no parabas de llorar”

– “Estás equivocado/a si no piensas como yo”

– “Yo te lo hago todo, que tu no puedes”


En fin, la alegría, la suerte, el dinero, la satisfacción o el placer son para los demás y esta falta de fortuna cae como una losa en los cuerpos de quienes han aprendido que su lugar está en el lado oscuro de la vida.

Pero resulta curioso que no todo el mundo asume estas premisas como ciertas. Hay quienes consiguen escapar de esa especie de destino marcado y crean formas nuevas de funcionar, más ligadas a la vitalidad. Esta es una muestra de que, por más que a uno le hayan machacado con el “no puedes” a lo largo de su vida, a partir de cierta edad se puede salir hacia la autonomía emocional, es decir, hacia la toma de contacto con las propias necesidades y capacidades para ejercer como ser humano libre.

Es por esto que, al menos en la Psicoterapia Caracteroanalítica, poquísimas veces se establece como objetivo elevar la autoestima. Lo que sí se propone con la herramienta psicocorporal, según los casos particulares, es aumentar la cantidad y/o la calidad energética necesaria para recuperar la alegría de vivir.

Recuperar el funcionamiento natural que nos pertenece por el simple hecho de haber nacido. Revisar la identidad y completar o corregir las carencias que han impedido un desarrollo saludable. Conocer los mecanismos caracteriales que han llevado a consolidar una autoimagen determinada, tomar contacto con las necesidades, los miedos, las emociones cotidianas para saber gestionarlas. Es decir, se propone tomar las riendas de la vida emocional y hacerse cargo de ella, a la vez que se trabaja con la flexibilización de la coraza muscular, de la que hemos hablado en otras entradas de este blog. (Ver)

Quien pasa por un proceso terapéutico de estas características -o de otras corrientes terapéuticas también muy válidas- suele enfrentar las dificultades de otra manera:

No dejan de traicionarle o violentarle, pero sí puede hacer uso de la elección de irse o de quedarse.

No dejan de entristecerle las pérdidas pero sí puede elaborarlas para seguir con la vida.

No dejan de enfadarle los abusos y las injusticias, pero sí puede poner límites claros para prevenir daños profundos.

No dejan de tirarle del trabajo, de negarle el amor, de quitarle las oportunidades, pero sí puede recrear nuevas alternativas y elegir, sobretodo elegir por el otro lado de la vida, el del movimiento y el de la incesante posibilidad de transformarse.

Con esto, ya no hace falta hablar de autoestima, al menos en términos de problemática principal, motivo o consecuencia de una patología o sufrimiento. Se puede ir más allá, con esfuerzo de parte y parte en el contexto terapéutico, creando formas eficaces de proteger el mundo interno mediante el conocimiento de las propias formas caracteriales, específicas en cada persona y en cada situación.


Conocer los rasgos individuales del carácter y saber gestionarlos es una de las formas más seguras de alimentar una autoestima a la medida de nuestra condición humana, en sintonía con el bienestar, la salud y el respeto por las propias particularidades.

Y tú... ¿Qué piensas?

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