Cuando el Ser fluye y se expresa

En el libro “Con una sola pierna”, Oliver Sacks cuenta esta experiencia con su entretenido estilo literario, mientras enseña aspectos maravillosos de la neuropsicología, así como de los absurdos con los que se encuentran pacientes en estas circunstancias, a quienes poco o nada se les escucha, cuando predomina el vicio profesional de estar más pendientes de verdades hechas que de las realidades de quienes padecen las enfermedades.

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“Y el final de toda nuestra exploración será llegar al lugar del que partimos y conocer ese lugar por primera vez”Eliot


Año 1974. Fiordo de Hardanger, al sur de la costa de Noruega. El conocido neurólogo Oliver Sacks, se encontraba escalando por aquellas montañas y después de un trayecto con niebla se encontró con el que iba a ser el causante de su siguiente libro: Un toro, que apareció sorpresivamente debajo de sus pies y al que Sacks respondió huyendo hasta dar un paso en falso o, tal vez, tropezar con alguna piedra y caer, hiriéndose la pierna derecha.

Con la pierna herida caminó y, cuando no pudo más, se arrastró por la montaña durante varias horas hasta que unos cazadores le encontraron, ayudándole a llegar al hospital más cercano desde el cual inició toda una peregrinación, a propósito de su pierna herida.

Después de una exitosa operación, se encontró con una reacción desconocida y era que, aunque la pierna estaba recuperada, no podía sentirla y, más aún, no podía “pensarla” como suya. A pesar de sus intentos por moverla y de las indicaciones de los profesionales encargados de su caso, la pierna permanecía marginada de su cuerpo.

Como médico, convertido de la noche a la mañana en un paciente más, experimentó esta falta de atención en varias ocasiones –afortunadamente no en todas–, pero que le dieron material suficiente para dedicar los siguientes años a un estudio detallado de sus síntomas, así como a la reflexión sobre la importancia de la relación entre médicos y pacientes.

Después de varios intentos fallidos por hacer funcionar su pierna, Sacks lo consiguió. No me detendré aquí en describir cómo lo logró, pues ya lo ha dicho él en su libro, de manera inimitable. Tras esta lectura, a mi me han quedado mensajes tan claros como inolvidables, por ejemplo, que las cosas suelen ser más simples de lo que creemos.

“Recuperación sin incidentes”, decía la ficha médica de Sacks, después de lo vivido. Le indignó esta conclusión, tanto que a lo largo del libro aparece y vuelve a aparecer como si de una bofetada se tratara. Y en algún momento escribe:

“Recuperación sin incidentes”, pensé: “Están locos. La recuperación es incidentes, o más bien advenimientos, el advenimiento de poderes nuevos e inimaginables; incidentes, advenimientos, que son nacimientos o nuevos renacimientos”

Nunca me he roto una pierna. Pero creo poder sentir su indignación, cuando le decían que lo que sentía no podía ser sentido o cuando todo su proceso acabó en esta burda conclusión. Porque él tuvo que volver a su propia naturaleza para recuperar, no sólo la movilidad de su pierna, sino también el poder de devolverla al lugar correspondiente en su psique.

Su recuperación empezó con esta consciencia:

“Solvitur ambulando: la solución al problema de caminar es… caminar. La única manera de hacerlo es… hacerlo”.

Yo estuve al menos una semana con esta frase en mi cabeza, asombrada por su simplicidad y, a la vez, por su poder curativo… y no hablo solamente de una pierna rota.

Pero aún tan simple, Sacks fue consciente de que no podía recuperarse solo. Esta revelación surgió gracias a una fisioterapeuta que le enfrentó con su percepción de incapacidad, cuando él se negó a asistir a un evento por el aniversario de la muerte de un maestro, cuestionándole qué le había impedido movilizarse, porque lo de la pierna no podía ser el motivo. Este “permiso” para salir de su propia cárcel, fue como una llama que encendió su mecha interna para salir, sin mayor dificultad, a seguir su camino en la normalidad de su vida.  Y dijo:

“Todo paciente, por mucho vigor o mucha fuerza de voluntad que tenga, se enfrenta exactamente a la misma dificultad para dar el primer paso, para hacer (o rehacer) algo de nuevo. No puede concebirlo (“la imaginación está sojuzgada”), y otros, que lo entienden, deben impulsarle a la acción. Estos otros (inter)median, digamos, entre la pasividad y la acción”.

Otros amigos y colegas impulsaron a Sacks, no sólo a la recuperación de su pierna, sino también a aprovechar esta experiencia para comprender sus implicaciones en el campo de la medicina. Durante todo el proceso mantuvo comunicación con Luria, uno de los padres de la neuropsicología, quien, entre muchas otras cartas, le escribió:

“Lamento lo que le sucedió, pero si sucede una cosa así lo único que podemos hacer es comprenderla y aprovecharla. Quizás fuese su destino tener esa experiencia; es, desde luego, su deber interpretarla e investigarla… Está usted abriendo y explorando, no hay duda, un campo nuevo”.

Así que Sacks, ya recuperado, inició otro apasionante peregrinaje y fue el de iniciar una investigación a partir de la escucha a sus pacientes, dejándolos expresar  plena y libremente sus sensaciones, “sin las limitaciones de ningún catecismo neurológico”. Vio, por ejemplo, cómo “todo paciente con un trastorno grave de la imagen del cuerpo tenía un trastorno igualmente grave del ego corporal”. Para llegar a esta conclusión tuvo que escuchar a cientos de personas que no podían sentir una parte de su cuerpo cuando estaba lesionada, como el caso de quien tenía una lesión en el cuello y sólo sentía los hombros y la cabeza, como si el cuello nunca hubiera existido.

Después de la semana que pasé con el Solvitur ambulando en mi mente y en mis sensaciones, yo ya me sentía agradecida por esta lectura. Y no esperaba mucho más, hasta que llegué casi al final del libro cuando Sacks, después de hacer una interpretación médica de su experiencia y una excelente critica a la psiconeurología tal como se percibe en los ámbitos mecanicistas, declara que “lo que necesitamos ahora, y necesitamos para el futuro, es una neurología del yo, de la identidad”.

Sacks consiguió recuperar su pierna, no a fuerza de ejercicios mecánicos, sino gracias a “una acción y un sentimiento vitales plenamente encarnados, que nacían de un “yo” aborigen, que mandaba y que deseaba”…

Y ahí mi querido “solvitur ambulando”, tal como lo había descrito anteriormente, parecía quedarse corto porque…

“… sin el ser que fluía y se expresaba, no podía haber acción ni caminar absoluto. Esta era la “respuesta” a solvitur ambulando”.

¡Cuánto nos hubiéramos perdido si Oliver Sacks no hubiera sido encontrado por aquellos cazadores! ¡Cuánto nos hubiéramos perdido si él no hubiera decidido investigar y escribir sus experiencias! ¡Y cuánto hubiera perdido él si escucharse a sí mismo y luego a sus pacientes le hubiera parecido una pérdida de tiempo!

¡Cuánto nos perdemos cada día por pensar que no hay nada más allá de nuestra “imaginación sojuzgada” y de las “verdades comprobadas” de neurólogos, psiquiatras, psicólogos, educadores… etc… SORDOS!

No se si lo he entendido bien. Tal vez necesite una semana más. Pero hasta el momento, la lectura de este libro me ha dejado una sensación de alegría y de movilidad al sentirme humana, parte de mi mundo interno, de mis acciones y de mis reacciones, donde mi existencia es necesaria porque convierte a mi cuerpo en mucho más que un contenedor de funciones mecánicas y más que un objeto de intervenciones ajenas e ignorantes.


NOTA: Basado en: Sacks, O (1998). “Con una sola pierna”. 2ª Edición (2010). Ed. Anagrama.

Un comentario en “Cuando el Ser fluye y se expresa

  1. Supongo que no sólo es aplicable a las piernas, los brazos, lo físico… supongo que también sirve para el alma herida (un duelo) , el corazón partido (una tisa) , el hígado revuelto (un odio), etcétera.

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