Amistad… Un Amor Infinito

Todos necesitamos alguna vez un cómplice, alguien que nos ayude a usar el corazón –Mario Benedetti–

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Imagen: Gerd Altmann

Gracias a los demás o muy a pesar de ellos, nos convertimos en algo irrepetible e intransferible y según nuestros criterios, damos valor a las diferentes profundidades de nuestras relaciones.

El amor parece ser la experiencia más codiciada. Encontrar al “amor de tu vida” con frecuencia se convierte en la razón de ser y además su concepto suele quedarse atrapado en historias románticas, ahogándose en expectativas de eternidad que pocas veces corresponden a la realidad cotidiana.

Así es como la industria de las telenovelas ha logrado alcanzar cifras inimaginables, contando historias de hombres y mujeres que se buscan y se pierden, amores imposibles, desencuentros, traiciones, reencuentros, celos y rivalidades, amores eternos, finales felices que alivian los anhelos y que hacen imaginar la vida propia o las ajenas removiendo todo tipo  de emociones. 

La amistad por su parte, a veces parece la hermana tonta del amor tan grande y poderoso. Sólo somos amigos, decimos. Pero olvidamos que el amor en su más amplio significado incluye, entre muchos otros tipos de relación, el profundo vínculo que se construye entre amigos. 

Por “amigos” me refiero a aquellos en quienes confiamos sin dudar, para quienes  estamos disponibles con esa incondicionalidad sin límites, por quienes seríamos capaces de cruzar mar y tierra sin  pensarlo dos veces para celebrar, reír o llorar juntos. 

Difícil tener un millón de amigos así, como dice la canción. Más difícil aún sentirse tan gratificado cuando las relaciones están mediadas por la ambigüedad de redes sociales frías e impersonales. Imposible cuando la comunicación se limita a una palabra y con suerte a un emoticon sin  previa construcción de un vínculo más o menos profundo.

Algunas personas anhelan sinceramente y a veces en secreto la experiencia de una amistad real. Y este anhelo nos hace pensar en la soledad de nuestros tiempos, donde hasta el mundo de los afectos parece un mercado de subasta. 

De todas las bellas historias que conozco, hay tres por las que siento especial admiración, que me conmueven y me hacen recordar que la amistad es un milagro de la vida y una versión hermosa del mismo amor que tanto anhelamos:

Wilhelm Reich y Alexander S. Neill

En el momento de su encuentro ya habían pasado 16 años desde que Neill hubiera fundado la escuela Summerhill. Reich por su parte, con menos edad pero igual pasión, ya había escrito su Psicología de Masas del Fascismo, que Neill había leído con gran entusiasmo. 

Se conocieron en Oslo, donde vivía Reich. Neill fue allí a dar una conferencia a la que Reich asistió, interesado en su pensamiento progresista y libertario sobre de la educación. Este fue  sólo uno de otros viajes futuros de Neill, que solicitó ser alumno y paciente de terapia, de la mano de Reich. 

La distancia y los obstáculos que la coyuntura de la época les puso cuando Reich ya estaba en América y Neill en Inglaterra, impidieron que se encontraran con frecuencia cara a cara. Pero ellos consiguieron burlar los impedimentos con una cálida comunicación epistolar que quedó fielmente reflejada en “Testimonio de  una amistad. Correspondencia entre Reich y Neill (1936-1957)”, donde además de conocer la parte más humana de ambos, podemos comprender también sus experiencias y descubrimientos de una forma distendida. 

Estas cartas reflejan el fuerte lazo que dos hombres construyeron, cada uno desde su lugar, con sus diferentes problemas, soledades e ilusiones.

Pero no todo entre ellos era una fiesta de misivas. Hubo enfados, malos entendidos, distanciamientos. Y después de todo quedaba lo importante: Una lealtad incuestionable. Neill fue el único de los colaboradores de Reich que conservó la amistad a pesar de haber dudado en algún momento de la veracidad de sus últimos descubrimientos. 

Porque no siempre tenemos que estar de acuerdo para ser amigos. Pero la reciprocidad y la lealtad sí son indispensables, como bien lo mostraron Reich y Neill en los años que compartieron juntos. 

Leonard Cohen y Marianne Ihlen

Creo que te seguiré muy pronto, escribió Leonard Cohen a su gran amiga y antigua amante Marianne, cuando ella estaba a punto de morir. Su historia romántica duró pocos años pero su amistad, aún sin contacto cotidiano, se prolongó durante el resto de sus vidas. 

Cuando Leonard supo que su amiga estaba gravemente enferma le escribió una carta que ella recibió aún consciente en su lecho de muerte y preparándose para su último viaje. En ese momento especial en el cual supongo que uno sólo se ocupa de lo que le parece indispensable, Marianne tuvo las fuerzas para estirar su mano, buscando alcanzar la de su  amigo Leonard cuando la voz que leía la carta decía:

“Bueno, Marianne, somos realmente viejos y nuestros cuerpos se están deshaciendo. Creo que te seguiré pronto. Has de saber que estoy tan cerca de ti que si estiras la mano, podrás coger la mía. Sabes que siempre te he amado por tu belleza y tu sabiduría, pero no hace falta que añada nada porque tú de sobra lo sabes. Ahora solo quiero desearte un buen viaje.  Adiós, vieja amiga. Te envío mi amor infinito. Nos veremos pronto en el camino”. 

Más de 50 años habían pasado desde su romance cuando, con sólo 4 meses de diferencia, Leonard y Marianne se fueron de este mundo dejándonos la inspiración de una amistad que a lo largo del tiempo fue evolucionando, desde las urgencias del amor romántico hasta la conexión más profunda que da certeza de la presencia del otro, sea cuando sea y esté donde y como esté. 

Lluís Llach y Miquel Martí i Pol

20 años duró la estrecha relación entre Lluís Llach y Miquel Martí i Pol, a quien Llach rindió un hermoso homenaje 10 años después de la muerte del poeta con el libro “Estimat Miquel“. Con la ternura que le caracteriza, Llach describe a su amigo y compañero reflejando su más profunda ingenuidad y transparencia. 

Aunque por su fama sabían uno del otro, los dos artistas se conocieron cuando el poeta ya sufría de una enfermedad degenerativa que le llevó a la muerte. Eso suponía que a pesar de encontrarse relativamente cerca, no fuera fácil el encuentro presencial, aunque era Llach quien le visitaba con alguna frecuencia. La cómplice compañera de Miquel, Montserrat Sans fue quien se encargó de enviar y recibir los faxes y al final de devolverlos a Llach para que los utilizara como material para el libro.  

Entonces Lluís y Miquel lograron, también a distancia curiosamente y en tiempos de Fax, conjugar la música de uno con la poesía del otro y entre medias compartir momentos cotidianos, reflexiones y novedades sobre la salud, amores recientes, tristes despedidas, diversos estados de ánimo y todo lo que en un periodo corto de tiempo le surge a uno como para contarle al amigo del alma. 

En una entrevista, Llach confesó la vergüenza que pasaba después de ver a su amigo pues sentía que en realidad no podía quejarse de nada. Salía con el irrefrenable deseo de aprovechar la vida y valorar incluso la capacidad de mover un dedo, lo cual al final ya era imposible para Miquel. 

Leí esta historia hace unos años, cuando salió a la luz. Recuerdo mi apasionada necesidad de saborear cada una de sus letras y de escuchar sin descanso el disco que construyeron juntos. 

Pero lo que se ha quedado grabado en mi como un tatuaje ha sido el episodio conmovedor, cuando se presentó un momento del proceso creativo que imponía una cercanía física y a Miquel y Monstserrat les pareció oportuno ir a ver a Lluís en esta ocasión, quien sin pensarlo demasiado decidió modificar la estructura de su propia casa para adecuarla a las necesidades de su amigo. 

Porque las grandes amistades tienen un condimento especial, la empatía que nos hace capaces de cambiar el mundo si es necesario para dar a nuestro amigo lo mejor, lo necesario, lo indispensable o simplemente lo deseable. 

Estas son tres historias reales, bonitas, algo trágicas, en las que curiosamente la distancia o algún obstáculo forman parte del cuadro. Son historias que conocemos gracias a la fama de sus protagonistas y eso las convierte en especiales y hermosas pero seguramente no en únicas. 

Por eso es que si tienes un amigo o amiga por el/la que estés dispuesto/a a mover el mundo y convertirte en una persona mejor, es posible que no salga tu nombre en Google ni te haga nadie un homenaje por esto, pero seguro que no te importará pues ya será suficiente con experimentar la magia del amor hecho amistad. 

Un comentario en “Amistad… Un Amor Infinito

  1. « Has de saber que estoy tan cerca de ti, que si estiras la mano, podrás coger la mía.»
    Hermosa frase que no sólo determina el afecto de la amistad, también propone la resistencia del amor al olvido.
    Excelente artículo, felicitaciones.

    Le gusta a 1 persona

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