
El año pasado abandoné las redes sociales, con un par de excepciones. Escribí al respecto en la entrada que titulé: Dejar las Redes Sociales. Una Decisión Personal. En ese momento poco sabía lo que iba a ser la vida sin ellas. Al principio me sentía extraña, como pasa siempre que se deja cualquier hábito. También me sentía liberada y segura de mi decisión.
Presencié diversas reacciones, que se pueden resumir en dos: indiferencia y comprensión. También he de decir que se alcanzaron a oír sutiles ecos acusadores y avisos de catástrofes futuras: «nadie te verá», «no te leerán», «no te enterarás», «si no estás en redes no existes»… eso que se escucha todo el tiempo y que hace que muchas personas, aunque deseándolo, no se atrevan a dar el paso.
Dejar las redes sociales no es nada extraordinario ni mucho menos heroico. Una gran cantidad de personas las hemos abandonado en los últimos tiempos, con todo nuestro derecho. Otra gran cantidad permanece en ellas, con todo su derecho.
«Que ni tu móvil ni nadie te robe la experiencia de implicarte en cada momento y en cada lugar, en una comunicación de calidad con aquellas personas realmente importantes para ti»
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Me pregunto si algo ha cambiado por dejar las redes. Aparentemente nada. Sigo levantándome cada mañana dispuesta a vivir el día, a veces con más ganas, a veces con menos… como antes. Me preocupo, me ilusiono, me alegro, me entristezco, me comunico, me retiro, me enfado, me reconcilio, amo, odio, me enfermo, me repongo… Pero ahora que lo pienso, mi rutina sí se ha transformado aun sin darme cuenta.
Un Año Después… ¿De qué me he perdido?
No sé de qué me he perdido. No puedo saberlo. Con frecuencia me llegan invitaciones para unirme a algún evento o para hacer clic en enlaces a Facebook, Instagram, X o TikTok, vendiendo, prometiendo o facilitando genuinamente lo que todos y todas, con redes o sin ellas, deseamos: pertenecer, existir, ser vistos, tener trabajo, ganar dinero, saber cosas y, sobre todo, comprender cómo funciona este mundo loco. Te cuento que a mi no me ha faltado nada por dejar las redes sociales y cualquier dificultad ha estado relacionada con factores bien diferentes. Si hubiera descubierto que las redes son indispensables para el bienestar físico, emocional o espiritual, sin duda las hubiera retomado.
No sé de qué me he perdido, aunque tengo serias dudas de que las preguntas que nos hacemos acerca de las cada vez más atroces actuaciones en contra de la integridad humana, por parte de quienes han decidido arbitrariamente poner el mundo al borde del abismo —siendo nosotros y nosotras víctimas, testigos y/o en buena parte responsables o al menos partícipes—, hayan sido respondidas en las redes sociales. Si así fuera, solo quienes no las usamos estaríamos desconcertados y llenos de incertidumbre, y eso sí que está muy lejos de la realidad.
Nunca sabré lo que he perdido al dejar las redes sociales, pero soy consciente de lo que he recuperado: tiempo, silencio, vacío, ritmo, presencia. En mi caso (por lo cual tampoco es generalizable), esto ha dado paso a ampliar mi disposición para leer, hacerme preguntas, buscar respuestas, expresar y contrastar opiniones con otras personas más reducidas en cantidad, pero a las que puedo ver y tocar. Es decir que ha mejorado mi humana y natural capacidad para «reflexionar». Un proceso que, a veces, sin darnos cuenta, parece sufrir un progresivo peligro de extinción.
«Una verdadera lucha consiste no solo en debatir y criticar, sino también en estar presentes en nuestra propia vida, estirar los brazos e intervenir en lo que está a nuestro alcance, que no es poco.»
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Antes también leía, me preguntaba y pensaba. Pero en mis últimos tiempos con las redes, el ruido llegó a ser ensordecedor. Noticias que no me interesaban, información y desinformación excesivas, historias innecesarias, publicidades que nunca pedí ni deseé, intromisiones de inteligencia artificial (cuando tampoco las pedí ni deseé) llegaron a ser tan intrusivas que no tenerlas ha supuesto, desde el primer día hasta ahora, un motivo de agradecimiento.
Por supuesto que sigo en el mundo. Informada, desinformada e invadida por otras vías. Aún vulnerable, abusada mi privacidad pues me mantengo conectada a la red de mil maneras, incluyendo las impuestas por el actual capitalismo basado en la explotación de la nube que habitamos o, mejor dicho, que ocupa gran parte de nuestro tiempo, de nuestro espacio y, sobre todo, de nuestra intimidad. También continúo compartiendo los escritos de este blog, eso sí, solamente porque tú has querido suscribirte, o de todas maneras acceder sin ninguna imposición.
Otras nubes me han obnubilado en este año, colmándome las ganas de seguir. Nubes hermosas y reales como la de ayer en la mañana, que te comparto en la imagen de apertura en este texto
Esto es todo lo que quería contarte hoy, un año después de haber dejado las redes sociales. En el escrito del año pasado te quedé debiendo el comentario acerca del libro de Shoshana Zuboff, «La era del capitalismo de la vigilancia. La lucha por un futuro humano frente a las nuevas fronteras del poder»: La buena noticia es que ya lo he leído. La regular es que, a pesar de haber dejado las redes sociales, hace falta tiempo para avanzar en el proceso de análisis, pero estoy en ello. La mala es que, tal como me temía, el libro desgrana absurdos de nuestro tiempo muy difíciles de digerir y, por momentos, aparentemente imposibles de resolver. La otra buena noticia, y ya van dos, es que hay varias alternativas muy diferentes a la resignación.
Y para terminar, te comparto una de tantas hermosas canciones que me han acompañado en los últimos meses y que, en el lenguaje inequívoco del arte, se acerca al ánimo de transitar la vida en estos tiempos:
Canción: Para Vivir. Artistas: El Kanka ft. Silvana Estrada – Álbum: Cosas de los vivientes- Año: 2023.


