
Derecho a un tiempo futuro… qué alivio pronunciar estas palabras. Ya escribí sobre dejar la redes sociales y después comenté la experiencia de vivir sin estas. Me faltaba contarte acerca del libro «La era del capitalismo de la vigilancia. La lucha por un futuro humano frente a las nuevas fronteras del poder», de Shoshana Zuboff.
Comprender esta obra ha sido un proceso complejo, pero también reconfortante por el agradable estilo de su autora al escribir, además de la rigurosidad que despliega. Porque todo, absolutamente todo lo que afirma viene respaldado documentalmente y a esa información también podemos acceder.
Dadas la densidad y la longitud del libro, así como de las notas que tomé a lo largo de la lectura, he tenido que elegir entre un sinfín de material lo que más me ha conmovido. Por esto, lejos de pretensiones que no corresponden a mis conocimientos ni a mi campo de trabajo, deseo compartirte algunas ideas acerca de las implicaciones de la era digital en la que nos sumergimos cada día.
Te dejo a continuación una tabla de contenido, por si facilita tu lectura:
Tabla de Contenido
El capitalismo de la vigilancia
Para empezar, te cuento lo que es el capitalismo de la vigilancia. Recordemos que el capitalismo, en sí mismo, es un sistema económico que usa materia prima para un proceso de producción susceptible de ser vendido con el fin de obtener un beneficio. Por ejemplo, quien hace pan tiene que conseguir harina, agua, levadura, etc. para crear su producto y poder venderlo.
El capitalismo de la vigilancia también es un sistema económico, pero no usa cosas físicas para manipularlas y obtener con ellas un producto. Lo que usa como materia prima —invisible y a costo cero— es nuestro comportamiento en la red.
Nuestro comportamiento en la red se refiere a la cantidad de tiempo que pasamos conectados, los clics, los «me gusta», los emoticonos con los que expresamos nuestros afectos. Todas esas acciones contienen información nuestra y se les llama datos conductuales. Por eso es que el rastro que dejamos en las redes sociales, en las apps y en la navegación por internet en general, es oro líquido para las empresas que comercian con la previsión de nuestros comportamientos.
Cuando Google fue idealista
Es curioso que Google, una de las mayores potencias y pionera en la práctica del capitalismo de la vigilancia, comenzó proponiendo algo muy diferente a lo que hoy conocemos. Su objetivo original consistía en ofrecer un acceso libre a la información desde internet, basándose en la defensa de un ideal social: la equidad.
Google se oponía al aprovechamiento del negocio publicitario en internet. Usaba nuestros datos conductuales, pero lo hacía para optimizar nuestra experiencia, o sea, para mejorar la calidad de los servicios.
Y así fue hasta que sus inversores, zorros más viejos y más poderosos a los que les venían muy bien nuestros datos en plena recesión económica del 2000, presionaron y presionaron hasta que los fundadores de Google optaron por usar sus herramientas para ganar dinero rápidamente. Y ahí se acabó la ilusión de una sociedad igualitaria.
Entonces empezaron a usar nuestros datos no solo para mejorar la experiencia, sino también para seleccionar y dirigir publicidad hacia nosotros, los usuarios individuales.
¿Y cómo lo hicieron? Convirtiendo nuestros datos en algoritmos diseñados para predecir nuestro comportamiento. Porque Google había encontrado una «mina de oro» en el camino: el excedente conductual, es decir, los datos personales que dejamos en la red.
Con estos datos podían mejorar los servicios que nosotros compramos, pero también podían (aunque no debían) lucrarse sin permiso de nuestra privacidad.
Dice Shoshana Zuboff:
Gracias al singular acceso de Google a todos esos datos conductuales, sería posible por fin saber lo que un individuo concreto está pensando, sintiendo y haciendo en un momento y en un lugar concretos. Que esto no nos cause asombro ya estas alturas, o que incluso lo encontremos digno de admiración, es toda una prueba del profundo entumecimiento psíquico al que nos ha habituado tan audaz e inaudito cambio en los métodos capitalistas. –Zuboff, S.
Pero no hay que olvidar el contexto. En esos tiempos de crisis y atentados terroristas era muy interesante contar con el excedente conductual, no solo para aumentar los beneficios económicos de las empresas, sino también para controlar Estados, marcar tendencias ideológicas o movilizar campañas políticas a partir de la vigilancia. Todo lo que ahora nos parece tan normal, más que desarrollar ideas, comunicarlas y debatirlas usando el conocimiento y echando mano, en últimas, del sentido común.
A Google le siguió toda una fila de empresas basadas en este modelo de capitalismo. Las conocemos de sobra porque hacen parte de nuestras vidas como si hubiéramos nacido con la configuración ya instalada en nuestros cuerpos.
La primera de ellas fue Facebook, rival principal de Google. Su herramienta más preciada es el famoso botón «me gusta» que suministra infinita cantidad de excedente conductual y que, gracias a sus cookies, tiene capacidad para seguirnos el rastro tanto si hacemos clic como si no.
No todas la empresas, ni siquiera todas las tecnológicas, practican el capitalismo de la vigilancia. Recoger datos conductuales con permiso para mejorar los productos y servicios, es un ejercicio legítimo y seguramente necesario para el éxito de una empresa. Las claves que diferencian a unas de las otras son los fines y los métodos que usan para la recopilación de los datos.
Porque uno de los problemas más serios que tenemos con el capitalismo de la vigilancia es que la manipulación de nuestros datos se basa en la modificación conductual. Así es como las empresas que practican este modelo de capitalismo buscan previsibilidad y certezas acerca de nuestro comportamiento, y esa es una de las claves mas importantes para la reflexión.
La modificación conductual
No hace falta saberse toda la teoría, pero si te apetece investigar busca sobre el conductismo, ese modelo mecanicista basado en premios, castigos y moldeamientos de conducta. Tampoco es nada que no conozcas ya que, de formas más evidentes o más veladas, se sigue interviniendo con estos cuestionables fundamentos en ciertos ámbitos educativos, familiares, sociales, políticos, laborales y también terapéuticos.
Para darte una idea de cómo funciona, te recuerdo estas frases que pueden resonarte:
💧Hiciste los deberes, entonces te doy un caramelo… no hiciste los deberes, entonces no vas al parque.
💧Si te comportas como nosotros, te vamos a aceptar en nuestra comunidad… si no te comportas como nosotros… ¡lo vas a pasar muy mal!
En el mundo de la alta tecnología se ha replicado el mismo método, tan antiguo, aunque poniéndolo a punto para su versión digital actualizada, simplemente cambiando las palabras.
Por ejemplo, refuerzo es incentivo, moldeamiento es afinación. La recompensa de la inclusión equivale a contactos, logística, transacciones, comunicación. El castigo de la exclusión es todo lo que se aleje de lo anterior y se resume claramente en la frase que resuena a todas horas y en todas partes: Si no estás en redes, no existes.
De la misma manera se aplica la transferencia de estados emocionales por medio del contagio emocional. A esto se le llama afinación por medio de la sugestión y hace que experimentemos emociones comunes, pero sin ser conscientes de ello.
Porque la consciencia es la peor enemiga del contagio emocional, de la sugestión, del moldeamiento conductual, ya que con ella se activan los recursos necesarios para percibir el mundo y tomar decisiones desde la autonomía.
¿Pero cómo pretender autonomía si desde que nos levantamos hasta que nos acostamos —e incluso mientras dormimos— mantenemos la conexión y, por lo tanto, abrimos de par en par las puertas de nuestra intimidad con cada aparato que adquirimos para «facilitarnos» la vida?
«Nuestros» objetos
Los datos conductuales que aportan nuestros objetos «inteligentes» y «personalizables» conectados a la red, tales como coches, teléfonos, relojes, lavadoras, aspiradoras, televisores, neveras, hornos, aires acondicionados, telefonillos, bombillas, cámaras de seguridad, altavoces, colchones, juguetes, cepillos de dientes, exprimidores… ¡tazas y cubiertos!… son mucho más importantes que las cosas mismas.
Podemos tener cautela y rechazar todas las condiciones de privacidad que aparecen cuando queremos instalar nuestros aparatos. Podemos pensar que a los que vigilan son a los demás, a los que no están atentos, a los que no son tan jóvenes, a los que no son tan listos.
Pero si hacemos la prueba y rechazamos compartir nuestros datos, veremos que el aparato quedará prácticamente inservible. Entonces, eso de que los objetos son nuestros es muy relativo.
El mensaje, bastante perverso, dice algo así: Hemos creado un aparato de lo más novedoso para facilitarte la vida. Acepta que nos apropiemos de tus datos para que lo puedas usar. Puedes no aceptar, porque es tu derecho. Pero si no aceptas, no podrás beneficiarte de todas esas funciones tan maravillosas que te ofrecemos.
Mientras nos dejamos influir por necesidades ajenas, vamos perdiendo la posibilidad de decidir qué queremos, qué necesitamos.
Porque antes de que llegue a nuestra consciencia esa respuesta, un manojo de algoritmos ya lo ha decidido por nosotros. Así lo expresa, de una forma tan dramática como hermosa, Shoshana Zuboff:
¿Qué ocurre en mi voluntad de querer ser yo misma en primera persona cuando el cosmos del mercado que nos rodea se disfraza de mi espejo y cambia de aspecto según lo que él mismo ha decidido que yo siento, sentía o sentiré, ignorándome, incitándome, reprendiéndome o castigándome? El capital de la vigilancia no puede evitar quererme entera para sí, todo lo profundo y todo lo lejos que pueda llegar. Una empresa que se especializa en «análisis humano» y computación afectiva tiene en su página web este mensaje destacado para los potenciales clientes de su negocio de marketing: «Acérquense a la verdad. Entiendan el porqué». ¿Qué ocurre cuando vienen por mi «verdad» sin que yo los haya invitado, decididos a desfilar y campar a sus anchas de una punta a otra de mi ser, tomando aquellos pedazos y muestras con los que puedan alimentar sus máquinas para alcanzar sus objetivos? Arrinconada dentro de mi propio yo, no tengo escapatoria. –Zuboff, S.
El infierno son los otros
Existir va más allá de economías, eficiencias, productividades e intereses empresariales. Y la invisible, pero potente miseria social actual se nos está metiendo en casa, transformando nuestras percepciones, nuestros cuerpos, nuestros espacios y tiempos, nuestras relaciones, nuestras necesidades y logros, nuestros miedos, nuestros amores y odios.
Para lograr un bienestar emocional necesitamos una parcela de privacidad. Pero, tal como van las cosas, está resultando prácticamente imposible salir de la mirada de los demás.
El infierno son los otros, decía el personaje de Garcin en la obra «Sin salida» (A puerta cerrada) de Jean-Paul Sartre, reconociendo la imposibilidad de un equilibrio entre el yo y los otros si los demás, los otros, están constantemente mirando.
Una idea similar es la del trasfondo escénico, desarrollada por Erving Goffman, psicólogo inspirado en el mundo del teatro. Se trata de ese lugar en el que podemos retirarnos y ser nosotros mismos, nosotras mismas, sin el imperativo de agradar. Esa región en la que nos distanciamos para no atender las demandas de atención o desempeño de un rol social, donde podemos caer en un estado de ánimo insociable.
Habrá que recordar cómo es estar en el mundo real, en «nuestro» mundo real. Cómo es sentir la soledad, el anonimato, la reserva, la intimidad con amigos y familia. Estos estados son indispensables para regular nuestros procesos emocionales y cognitivos.
Mi «amiga» Cayla
Aun a riesgo de hacer este escrito demasiado extenso, no puedo dejar de mencionar la historia de «Mi amiga Cayla», una muñeca que hace unos años fue utilizada como punto central de suministro de excedente conductual.
Cayla entablaba conversaciones y además respondía a todo lo que quisieras saber. Jugaba contigo, te contaba historias… no te abandonaba, no permitía que te aburrieras ni que sintieras soledad… no tenías que dudar ni investigar, ni sufrir esperando, ni tolerar la frustración… porque ahí estaba ella, que se iba convirtiendo en tu mejor compañía mientras te incitaba a contarle dónde vivías, qué te gustaba, qué comiste ese día, que harían luego tú y tus padres… ellos, que ya estaban pillados en su móvil por medio de la aplicación que tuvieron que descargar para que Cayla funcionara.
Porque Cayla venía equipada con un micrófono, un altavoz y un transmisor Bluetooth, que bien podía ser utilizado por un hacker para escuchar y espiar a quien estuviera por ahí. Por esto es que, en 2017, la Agencia Federal de Redes alemana la prohibió, considerándola un dispositivo de vigilancia ilegal.
Como esto fue en 2017 y el libro de Shoshana Zuboff se publicó solo tres años después, me puse a investigar cómo ha avanzado el caso en España y en otros países como Colombia o Estados Unidos. Supe que Genesis Toys, la compañía de juguetes responsable de Cayla y de un robot llamado i-QUE, de similares características, recibió gran cantidad de denuncias, pero de momento no parece haber ninguna sentencia firme.
Lo que sí se ha hecho en estos años es cancelar su distribución en prácticamente todo el mundo y el producto se ha descontinuado por precaución, lo cual parece haber tenido éxito porque, al buscarla, no he encontrado muchas opciones aparte de dos tiendas online, supongo que descontinuadas también, motivando a la compra y diciendo, la primera:
—Cayla es una preciosa muñeca interactiva que está deseando ser tu mejor amiga. Hablará contigo a tiempo real a través de conexión a internet y contestará a todas tus preguntas. Incluye un espejito y un cepillo que podrás usar para peinarle.
La otra dice más o menos lo mismo, poniendo también lo de la mejor amiga y añadiendo, para reforzar sus «encantos»: la amiga de verdad.
Me parece muy bien que Cayla haya recibido su merecido, por falsa y embaucadora. Sin embargo me pregunto, ¿Qué pasaría en casa cuando a los niños y a las niñas se les dijo que la amiga que no les iba a fallar ni a abandonar, les falló y les abandonó? Habrá también quien se pregunte: ¿Acaso importa… si «solo» son niños?
Mal porque me conecto, mal porque me desconecto
Las redes sociales son un perfecto ejemplo de capitalismo de la vigilancia. Han sido creadas para enganchar a todo tipo de personas, aunque están configuradas especialmente para atraer a adolescentes y jóvenes. Esto supone un estado psicológico orientado naturalmente hacia los otros, lo cual los hace muy sensibles a la aceptación y a la pertenencia al grupo.
El yo y los otros. Difícil equilibrio lleno de riesgo, de conflicto, de incertidumbre y también de descubrimiento que se logra en el tacto, en la presencia, en la mirada, y que se hace tan difícil en la manipulación constante del capitalismo de la vigilancia.
Sabemos de la cantidad de jóvenes con grandes dificultades emocionales a la hora de tener que prescindir de la conexión a internet. También de la excesiva preocupación de un alto porcentaje de chicas (en su mayoría) que se ven arrastradas a compararse con versiones idealizadas de las vidas y los cuerpos de otras, imaginando la perfección al otro lado y creyendo constatar que ni sus vidas ni sus cuerpos son adecuados.
La paradoja está en que tanto la conexión como la desconexión han traído nuevas ansiedades, como la sensación de que a los demás les va mejor, que vieron algo que tú no viste, que tienen algo que tú no tienes, que saben algo que tú no sabes… imaginarios asociados a estados depresivos, aislamiento social, distorsiones en la autopercepción corporal o trastornos de sueño, entre otros. A esto se le suele llamar FOMO (fear of missing out), en la jerga digital actual.
Entonces, mal porque me conecto, mal porque me desconecto. Lo único cierto es que la clave, en lo que respecta a las redes sociales, está en la presión social.
Y en estas idas y venidas, la compulsión se asienta en el comportamiento cotidiano, permitiendo extraer más excedente conductual que, a su vez, alimenta más compulsión. Por algo será que la adicción a la tecnología no es un invento de ninguna red social: el «mérito» es de las empresas del sector del juego a las que solo hubo que seguirles los pasos, contando además con la predecibilidad de nuestro comportamiento.
A nivel psicologico habría que ver qué se está moviendo más allá de los síntomas. Porque obviamente no todas las personas, ni jóvenes ni adultas, están aquejadas de FOMO, enganchadas a las redes, embrutecidas ni encerradas en la angustia.
Por cierto, cuando hablamos de estos temas existe cierta tendencia a las generalizaciones y también a la superficialidad, obviando aspectos invisibles pero fundamentales, como son las biografías individuales y las formas particulares de gestionar la vida emocional.
Mientras redactaba este escrito, escuché la noticia acerca de la tendencia de gente joven a configurar el «modo fantasma» en las redes sociales. Esto quiere decir que, sin mostrarse, sin participar abiertamente y sin publicar, consumen, observan y no se exponen (o eso creen) a compartir su privacidad.
El modo fantasma puede ser interesante a la hora de no exponer exageradamente la intimidad. Pero hay que recordar que con ese miro, pero no me ven, sigue quedando pendiente encontrar una mejor gestión de la rabia, del miedo, de la inseguridad, de la envidia o del odio.
Sigue por verse qué hay más allá de ese retraimiento, esos bajones, esa apatía, esa ansiedad y, sobre todo, descubrir cómo potenciar una satisfacción vital.
Esto me recuerda una parte del libro, en la que la autora habla de jóvenes realmente geniales. Conscientes de los efectos nocivos del capitalismo de la vigilancia, se han dedicado a crear miles de inventos enfocados a la defensa de nuestra privacidad, a través del arte y la ciencia de la ocultación.
Entre muchos otros inventos están, por ejemplo, las prótesis con huellas dactilares falsas que impiden que las reales sean detectadas, las camisetas con rostros de famosos para confundir al software de reconocimiento facial, los protectores de cabeza contra la vigilancia por neuroimágenes o, posiblemente la más triste, un kit de herramientas diseñado para «las protestas y los disturbios del futuro».
Aun reconociendo y admirando esta capacidad creativa, Shoshana Zuboff se lamenta de que jóvenes tan geniales se dediquen a protegerse, en vez de buscar una justa legislación a favor de toda la humanidad.
Derecho a un tiempo futuro
Con frecuencia, durante la lectura de este libro me acompañó la pregunta: ¿Y ahora qué hacemos?
Hubo momentos de asfixia, de consciencia exacerbada, de temor a que después de novecientas páginas y no sé cuántas horas, la autora concluyera repitiendo cosas como: deja las redes… acaba con las pocas que te quedan… O al contrario: aguanta, que la tecnología llegó para quedarse… O la peor de todas: no hay nada qué hacer.
Pero en algún momento encontré una luz, enredada entre estas doce palabras:
No nos durmamos en esta opiácea niebla al borde de la red. –Zuboff, S.
Aun bajo los efectos de la enajenación y el condicionamiento, la mayoría apoyamos medidas que mejoren la privacidad y el control sobre nuestros datos personales, y si algunas personas no lo hacen, es porque no saben qué información se usa ni cómo.
Además no partimos de cero. Hoy contamos con algunas medidas eficaces a favor de la propiedad de nuestros datos. Lo que pasa es que, según Shoshana Zuboff, esto no es suficiente: tras aclarar que su propuesta no es acabar con cualquier forma de capitalismo, sino democratizarlo, afirma que hace falta un rechazo colectivo a los mercados basados en nuestra experiencia, como medio de predicción y control de nuestra conducta para beneficio de otros.
Aunque tal como estamos, literalmente rendidos al capitalismo de la vigilancia, cuestionar estos temas pueda sonar iluso, fuera de tiempo e incluso paranoide…
Lo único totalmente aceptable será contar con una legalidad que nos garantice la navegación en el mundo digital, gozando a la vez de nuestro derecho a la privacidad y, por tanto, a un tiempo futuro.
El derecho a un tiempo futuro implica recuperar la capacidad de asombrarnos, de apasionarnos, de actuar libres de la influencia de tantos estímulos que, sin darnos cuenta, condicionan nuestros comportamientos.
Personalmente me gusta la tecnología, también la digital de la que me beneficio en diversos ámbitos y no creo que deberíamos tener que elegir entre lo digital y lo humano.
Me gusta evolucionar y no me imagino luchando a punta de piedra y palo en contra el desarrollo de la ciencia, ni suspirando con nostalgia y amargura por los tiempos pasados, supuestamente mejores.
Pero también creo que estamos a tiempo de defender nuestra autonomía. Para esto, a lo que tenemos que renunciar no es a nuestra privacidad, sino a nuestro sometimiento, a nuestro conformismo, a la idea de la inevitabilidad y a las ventajas que nos supone permanecer en la ignorancia.


