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Convivencia familiar en tiempos difíciles

El panorama nos muestra a jóvenes y adultos en momentos vitales diferentes además de intereses contrapuestos, con expectativas aplazadas o proyectos frustrados, haciendo casi magia para convivir unos y otros en el mismo espacio

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Convivencia Familiar En Tiempos Dificiles
Imagen: Vicent Pérez

Varias generaciones habitando el mismo espacio. Cuando esto es deseable y voluntario suena a cuento, en el que todos se llevan genial y cantan a la luz de las velas uniendo corazones después de una agotadora pero feliz jornada, en plan película de granja americana.

Qué diferente de nuestras vidas actuales, en que las familias no se organizan alrededor de un proyecto común, sino que el cuento empieza y termina con el deseo de defender el espacio propio, las pertenencias, la intimidad. 

Y en este mundo nos situamos hoy, centrándonos en la convivencia entre adultos y jóvenes que sienten la necesidad de desplegar las alas, experimentar el mundo lejos de la cuna y acabar de construirse fuera de casa.

Es bonito que la gente joven tenga oportunidad de viajar para acabar su formación y conocer otros mundos, o que pueda pasarse a vivir a la segunda residencia de la familia como tránsito hacia su vida adulta, o acceder a trabajos con justa remuneración que les permita independizarse.

Las dificultades que surgen en estos casos suelen ser muy diferentes a cuando no se dan las condiciones prácticas para llevar a cabo un plan de salida cuidadoso.

Pero esta importante experiencia no está al alcance de todo el mundo. Lo que sí está sucediendo es que a pesar de las ganas, del momento propicio y de las capacidades personales, la realidad más práctica dificulta la salida de jóvenes deseosos/as de buscar su camino y de madres/padres dispuestos a continuar el suyo.

Conviviendo en momentos vitales diferentes

El panorama nos muestra a jóvenes y adultos en momentos vitales diferentes además de intereses contrapuestos, con expectativas aplazadas o proyectos frustrados, haciendo casi magia para convivir unos y otros en el mismo espacio. 

Para nadie es noticia que esta situación es propicia para una convivencia difícil. Ya no eres padre o madre de una criatura a la que hay que atarle los cordones de los zapatos o recoger de la fiesta del colegio. Ya no eres el niño o la niña necesitando constante vigilancia y sabes perfectamente (lo hagas o no) que hay que lavarse los dientes antes de dormir. 

Pero la imposibilidad de separar espacios, combinada con las dinámicas familiares de siempre, pueden hacer estallar uno que otro conflicto por ahí escondido y ahí no hay negociación que valga, hasta que decidamos (o podamos) sacarlos a la luz… ¡Qué oportunidad!

Conectar desconectando

Algunos han encontrado la “solución”, más propia de la adolescencia que de la adultez, al encerrarse en las cuatro paredes de su habitación y saltar en defensa propia cuando alguien se atreve a entrar sin avisar. 

Otros no necesitan encerrarse en ninguna parte, al menos no en una habitación concreta. Cada vez extraña menos ver en el mismo salón de una casa, a tres, cuatro, o cinco  personas de todas las edades, cada una metida en un móvil ardiendo entre chats, videojuegos y demás atracciones que ofrece la red para “desconectar”.

Cuando expresar las emociones abiertamente no ha hecho parte de la normalidad en la familia, cuando quedan asuntos por resolver o cuando la comunicación se reduce a mandatos, desobediencias o pura indiferencia, compartir la vida en las actuales condiciones sociales puede resultar realmente inquietante y además desesperante, cuando no se ven perspectivas de un futuro más prometedor. 

Entre la ansiedad y el desconcierto

Es la queja de jóvenes ansiosos por evolucionar, pero que no ven un horizonte. Es la preocupación de padres y madres que no dan más de sí. Es el desconcierto de todos y de todas, la rabia, la frustración, la culpa, la impotencia ante una situación social que no facilita ni de lejos la evolución personal. 

Suena grosero pedir paciencia, fe, esperanza. No voy a pedirte nada de eso. Ni siquiera prometerte que todo va a ir mejor… Pero sí se me ocurre que, tal como están las cosas, valdría la pena aprovechar el tiempo y ver cómo abrir nuevos canales de comunicación

¿Y si nos encontramos?

Claro que hay que echar mano de la tolerancia, pero ésta no viene en la cesta de la compra ni se aprende como se repiten las tablas de multiplicar. 

Ya que estamos… ¿Por qué no intentar una evolución compartida? ¿Por qué no probar a expresar cómo se siente cada quién? ¿Qué es lo que enfada, qué se necesita, qué es posible en estos tiempos imposibles?

He presenciado en mi consulta encuentros realmente gratificantes entre familias atascadas en una convivencia difícil por diferencias generacionales, que cuando encuentran las condiciones propicias para una comunicación abierta recuperan su capacidad de resolver conflictos. También he observado situaciones en las que dinámicas familiares complicadas requieren intervenciones psicológicas más profundas. 

Abriendo puertas

La realidad aprieta. Y por más que cerremos los ojos con mucha fuerza, al abrirlos encontraremos el mundo tal como está, hasta que llegue un nuevo cambio… esperemos que para mejor. 

De momento, conviene buscar alternativas para una convivencia saludable también dentro de casa, abriendo puertas a la expresión emocional. Nunca es tarde para abrirlas. A veces bastará con el soplo de una brisa y otras habrá que abrir gruesos candados. Pero la llave, por ahí estará. Busca… tal vez encontrarás. 

Gracias por compartir este artículo

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