
Huimos… permanentemente. Ante situaciones conflictivas, escapar resulta fácil o, como mínimo, menos difícil que enfrentarlas directamente. Nos defendemos del sufrimiento, de la soledad, de la crítica, del abandono. Huimos hacia todas partes y hacia todos los tiempos, con tal de no permanecer en el único lugar y momento donde hay que estar: en el aquí y ahora.
Los mecanismos de defensa están ahí para protegernos. Y más vale ser conscientes de su presencia y gestionarlos, que pretender expulsarlos violentamente o intentar convencer —y convencernos— de que no existen, de que somos la fotografía más genuina de la transparencia. No funciona, porque el autoengaño no suele ser un buen antídoto para los miedos.



