Nunca digas: lo intenté una vez y no funcionó
–Ernest Rutherford–
Fue la ilusión, la que sostuvo las ganas de levantarte en la mañana hiciera frío o calor, lloviera o saliera un sol claro y radiante.
Fue la fe, la que te empujó suave pero firme hacia la puerta que conduce a un sueño y aunque todo pareciera imposible a otras miradas, tu brillo no pudo deslumbrar el camino por andar.
Fue el coraje, el que te puso las alas para atravesar los obstáculos y volar con tu ligera inocencia.
Fue la inocencia, la que te sorprendió cuando experimentaste un inesperado tropiezo y te diste cuenta de que no siempre se va hacia arriba o hacia adelante, sino que las caídas protagonizan uno que otro episodio en cualquier proceso.
Fue la sorpresa la que consiguió ensombrecer tu mundo de maravilla y ahí fue cuando decidiste no creer en nada.
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