
Hace pocos días me sorprendió la noticia de una niña que se las arregló bastante bien para grabar una conversación con su padre y utilizarla como prueba de estar siendo abusada sexualmente por él.
La niña lo había dicho en otras ocasiones pero nadie con capacidad de actuación le creía, excepto un médico que confirmó el hecho tras examinarla por los síntomas que presentaba.
Aún así, el perito encargado de confirmar el abuso decidió que la niña mentía. Pero ella ocultó una grabadora en un calcetín y en esa grabación no sólo quedaron reflejadas las palabras de su padre admitiendo el hecho con la famosa justificación: “es sólo un juego», sino también la pusilánime y cómplice actitud de los abuelos al intentar distraerla para evitar el conflicto.





