Sucede a menudo, cuando presencio o participo en discusiones, en las que más que querer entender lo que la otra persona está diciendo, lo importante parece ser tener la razón o ganar la partida, como si se tratara de una competición donde el vencedor obtendría algún premio deseado.
Sobre esta base se han asentado formas de ser individuales y sociales, que acaban extendiéndose muchas veces a ideologías y paradigmas absolutistas. Realidades que se construyen, no a partir de la investigación y de la búsqueda, sino ajustadas a pensamientos ya construidos desde la necesidad de imponer la propia percepción de las cosas. Pensamientos estáticos y rígidos, propios de sociedades dictatoriales que tantos de nosotros criticamos pero que, a menudo sin darnos cuenta, reproducimos en diversos espacios personales, sociales y/o profesionales. Es necesario ser conscientes de ello para lograr una verdadera comunicación desde la voluntad de entendernos.
Porque cuando una disertación compartida se basa en el desencuentro, priorizando los intereses individuales o parcialmente colectivos, el sentido de la comunicación se desintegra completamente. Cuando no se escucha, cuando se anticipa la respuesta del interlocutor sin darse la oportunidad de conocerle porque hay una idea preconcebida, es decir, un prejuicio, la palabra deja de ser un recurso para el diálogo, convirtiéndose inmediatamente en un arma diseñada para una guerra de razones.








