
La dependencia emocional es positiva y saludable cuando supone una apuesta, una confianza y la disposición para correr riesgos en la entrega afectiva.
Renunciar a la dependencia es un reflejo de la incapacidad de amar, tan propia de nuestros tiempos, en los que se valora menos la solidaridad y la vulnerabilidad, que el éxito y el ser imprescindible para uno mismo.
En algunos artículos de este blog he hablado de la dependencia, ya sea a nivel afectivo individual, de pareja o social. Hasta ahora me he referido a ella en su aspecto más negativo, es decir, en lo que tiene que ver con las dificultades para hacerse cargo de la propia vida. Sin embargo, siento la necesidad de hablar de la otra cara de la moneda, pues me parece importante aclarar algunos conceptos para una adecuada interpretación.
En ocasiones, a los niños se les insiste en ser independientes desde edades muy tempranas, en no necesitar de nadie, en procurarse sus necesidades solos. A algunos, incluso, se les imponen situaciones tan poco naturales como dormir solos desde los primeros meses de vida y en algunos espacios se le da poca o ninguna importancia a la lactancia materna como fuente de vinculación entre la madre y el niño/a. Parece que aún no está bastante claro que para poder crear un vínculo afectivo auténtico, es necesario haber recibido los cuidados afectivos que correspondían cuando éramos totalmente dependientes, es decir, en los primeros años de la vida. Con la evolución del desarrollo infantil, va llegando, a su tiempo, la necesidad de separarse, de diferenciarse, de ir creando identidad.







