
«Si em dius adéu, vull que el dia sigui net i clar,
que cap ocell trenqui l’harmonia del seu cant.
Que tinguis sort i que trobis el que t’ha mancat amb mi»
-Lluís Llach-
Y se acabó… Atrás quedaron las ilusiones, los planes, los parasiempres. Y aunque en algún momento pensaste que tanto amor era indestructible, te encontraste con que, en realidad, era bastante frágil para romperse, incluso cuando no te lo esperabas. Y ésta es sólo una de las incontables sensaciones que aparecen ahora, o de las que viviste cuando te diste cuenta de que se rompió tu relación de pareja.
Cada cual lo vive a su manera. Habrás oído a quienes aseguran haber sabido, desde hace mucho, que la historia no iba a acabar bien, pero que de todas formas se sentían morir cuando ya no quedaba ni la esperanza. O sea que, preparados o no, el final de la relación amorosa es un trayecto duro y se necesita un tiempo para salir del bache.
Se supone que después de ese tiempo, que depende de las propias características de la pareja, cada uno está listo para continuar con la vida, sin el/la otra/o. Pero esto no sucede así, a veces, y estaría bien investigar el motivo.






