Poco falta para que el mundo celebre el día de las personas migrantes. Me incluyo y gracias. Este año cae viernes, así que seguramente estaré terminando la semana de trabajo, definiendo mis actividades para el fin de semana, hablando un par de horas (o tres) por teléfono con mi gente en la distancia… en fin, lo de casi todos los viernes: cerrar, abrir, descansar, reír, imaginar…
Seguramente ese día, 18 de Diciembre, un pensamiento más llenará mi corazón y es el de la inmensa cantidad de personas que no descansarán del trabajo, porque no lo tienen, que no esperan nada del fin de semana y que no tendrán tres horas libres para reír con nadie, ni siquiera por teléfono.
Lo que sí harán, como yo, será imaginar. Pero no pensarán en la mañana del sábado escribiendo, paseando o descansando, Soñarán, por ejemplo, con las oportunidades que vendrán o tal vez reafirmarán el sentido de arriesgar su vida para llegar hasta aquí…¿acaso había algo que perder?
La neurosis implica ser lo que uno no es a fin de conseguir lo que no existe – Arthur Janov –
Qué difícil resulta conectar con el vacío, lleno de todo lo que nos distrae de las más profundas emociones. Vacío lleno… vacío no-vacío.
Es una constante invitación a estar afuera, escapando, evadiendo, evitando todo lo que nos confronte con la incomodidad de la nada.
Vender todo lo que nos «ayude» a llenar vacíos es una de las empresas más rentables del momento, hermana de la que nos garantiza productos para controlarlo absolutamente todo. Constantemente saturados de infinitas ofertas, es difícil no caer en la tentación porque… ¿cómo negarse a los placeres que prometen experiencias inolvidables? ¿acaso hay alguna excusa para no adquirir cualquier cosa, si en pocas horas la tenemos a la vista o en la puerta de nuestra casa?
Y no me refiero exclusivamente a objetos. Ya sabemos que desde una hamburguesa hasta amigos y amantes, los podemos «adquirir» con un click según nuestras preferencias
Pero no vamos a ponernos moralistas. El hábito de conectarse por las redes sociales puede significar una ventana al mundo, oxigenante e incluso creativa. Conocer a alguien por medio de una aplicación de móvil puede resultar divertido y tomarse un gin-tonic de vez en cuando puede ser liberador. O sea, ¡expansión total!
Visto así, no parece haber ningún motivo para renunciar a las ventajas de consumo y mucho menos cuando la experiencia placentera está presente. La cosa se complica cuando el placer desaparece, cediendo el paso a la ansiedad, la compulsión y por supuesto la insatisfacción.
Vivir con un enfermo en casa condiciona gran parte de la vida cotidiana. Lo saben las familias que han tenido que cambiar sus hábitos, a veces a través de un largo y complejo proceso, para ajustar el tiempo y los espacios a las necesidades de la persona enferma.
Pero no todas las enfermedades exigen las mismas condiciones. Como sabemos, hay diversas y cada cual necesita de una atención específica.
Niños, niñas, adolescentes, adultos, que padecen desde su nacimiento alguna afección limitante, ya sea de su movimiento o de sus capacidades cognitivas o psicológicas. O quienes después de un accidente sufren las secuelas por largo tiempo o de por vida.
Personas que padecen alguna afección que pone en permanente peligro su existencia. O aquellas a las que una enfermedad mental les impide llevar una vida autónoma.
Personas con enfermedades crónicas que de vez en cuando derivan en crisis. O quienes atraviesan estados agudos de depresión, ansiedad, reacciones psicosomáticas, estrés, etc.
Personas que por el deterioro a causa de la edad pierden progresivamente sus facultades o quienes atraviesan el último tramo de su vida con una enfermedad terminal.
Unas más graves, otras menos… ¿Cuál es más fácil de llevar comparada con otra? ¿Quién, si no lo está viviendo en carne propia, puede dictaminar sus consecuencias más allá del evidente plano físico?
Una cosa es la visión objetiva, pues no será lo mismo un dolor de cabeza que un cáncer terminal. Pero otra es la vivencia y las condiciones materiales y psicológicas de cada sistema familiar para sortear las dificultades que se presentan, algunas de ellas abrumadoras.
En algunos casos sucede que un miembro de la familia asume toda o la mayor parte del cuidado de la persona enferma. Una gran responsabilidad cae sobre sus hombros y por más amor que exista, la sobrecarga puede agotar e incluso también enfermar.
Esperamos que la terapia psicológica nos ayude a mejorar en nuestra vida. Queremos confiar en que esa persona elegida será capaz de comprender nuestro sufrimiento y tendrá la preparación adecuada para ayudarnos a recuperar nuestra salud.
Era un día gris, como casi todos en la Bogotá de finales de los ochenta. Entre la timidez que me caracterizaba y la seguridad de lo que emprendía, abrí una puerta de la facultad de Psicología de la Universidad Javeriana para enfrentarme a la primera entrevista de admisión.
Llevaba en mis manos la Introducción al Psicoanálisis, de S. Freud, que con valentía había leído como preparación a lo que (según me habían dicho) era una experiencia importante, ya que definía mi futuro profesional y la universidad en cuestión no se andaba con medias tintas.
No recuerdo qué conté sobre el libro. Supongo que no mucho porque tengo serias dudas de que me haya enterado de algo, más allá de esa sensación placentera que uno tiene cuando está a punto de abrir una caja de sorpresas.
De todas formas nadie me obligaba a comprender a Freud. Se suponía que para eso estaba solicitando mi cupo como estudiante. Lo que sí recuerdo con nitidez, fueron las palabras de quien más adelante sería un importante maestro, Hernando Gómez Serrano, cuando me preguntó: ¿Para qué quieres estudiar Psicología?
Parece mentira, pero después de empollar el libro de Freud, alguno de psicología general y otro sobre sueños e inconsciente, esa pregunta no me la esperaba. Y seguramente respondí lo que el 99% de los aspirantes a Psicología responden en una situación como esta: «para ayudar a la gente».
Mis palabras no tuvieron el efecto esperado. Mi futuro maestro no miró hacia arriba como dando gracias a San Francisco Javier por encontrar a una alumna tan prodigiosa ni mucho menos se ablandó con mi improvisada respuesta. Por el contrario, me dio una primera lección al explicarme que esto de la psicología era un asunto complejo y me sugirió que lo pensara muy bien antes de emprender una carrera que posiblemente iba a afectar mi vida de punta a punta.
Supongo que otros méritos tuve a lo largo del proceso de admisión, pues fui aceptada en esta universidad y años más tarde tuve el privilegio de conocer, de la mano de este gran maestro, los rincones más desfavorecidos de mi ciudad donde entre risas y llantos mis compañeras y yo comprendimos que «querer ayudar a la gente» no era suficiente sin un constante aprendizaje, trabajo personal y trayectoria profesional.
Durante todos estos años, al principio como Psicóloga Social y más adelante también como Psicoterapeuta Caracteroanalítica, me he preguntado lo mismo. ¿Y cuál ha sido mi respuesta? … sinceramente la misma: ayudar a la gente… aunque este propósito ha ido adquiriendo algún que otro matiz a lo largo del tiempo.
Psico… ¿queee?
En general poco se sabe de la función de un psicólogo y menos aún de un psicoterapeuta. A veces se piensa que ir a la consulta psicológica consiste en contarle a alguien los problemas y esperar que el/la psicólogo/a, después de una hora de charla nos diga exactamente qué nos pasa y cómo tenemos que arreglar las cosas.
Una de mis mejores experiencias consiste en encontrar un libro, una canción o una película que hable de lo que siento y creo. Es como que alguien del otro lado conecta conmigo, me conoce, me acompaña en el camino de la vida…
Con gran motivación leí el nuevo libro La Psicoterapia Caracteroanalítica. Intervención clinica somatopsíquica individual, grupal y de pareja.
En esta ocasión, la ilusión se acrecentaba al tener en mis manos algo más de 300 páginas por leer sobre mi tema preferido, hablando de nuestro quehacer cotidiano como psicoterapeutas y además escrito por un apreciado colega y uno de mis primeros maestros de formación reichiana, Xavier Serrano Hortelano.
No me voy a dedicar aquí a resumirte el libro con detalles. Lo tienes a tu disposición para sacar tus propias conclusiones. Sí quiero compartir algunas de las ideas que más me resonaron y sensaciones positivas en los días que duró esta lectura. Hasta alguna siesta me salté para seguir leyendo… y en mi caso, eso ya dice mucho de cuánto lo disfruté… !!
La Psicoterapia Caracteroanalítica está integrada dentro del paradigma reichiano, siguiendo la tradición de la clínica de Wilhelm Reich con las posteriores aportaciones de Federico Navarro. Eso la hace en algunos aspectos teóricos bastante compleja, pero a medida que pasa el tiempo y le vas cogiendo el tranquillo también en la práctica, confirmas que su mayor valor consiste en devolver al ser humano lo más esencial: su propia naturaleza.
O sea que lo complicado no es tanto la comprensión de la Psicoterapia Caracteroanalítica, aunque no te niego que para aprenderla hay que estudiar mucho, hacer terapia personal y adquirir experiencia en el día a día con una variedad de pacientes. Pero aún así, te aseguro que más complicada resulta la insistencia en mantener dinámicas anti-naturales para seguir existiendo y como terapeuta, enfrentarse al sufrimiento humano sin una suficiente preparación.
¿Me voy?… ¿me quedo?… esa pregunta tan cotidiana, tan reiterativa y a veces tan trascendental…
Ya sea algo muy concreto, como cuando estás en una fiesta y empiezas a aburrirte o te entra sueño, pero a la vez tienes grandes motivos para quedarte.
Ya sea algo más complejo, como cuando estás pensando en mudarte a otro país, pero las implicaciones son tantas que la duda paraliza.
Ya sea algo emocional, como cuando la crisis desgasta tu relación de pareja. pero el vínculo es tan fuerte que no es tan fácil como decir adiós y gracias.
Es en la duda, precisamente, donde habitan las mejores respuestas. Pero esas respuestas no llegan de inmediato sólo porque uno lo desee y tampoco aparecen desde fuera, de la mano de alguien que supuestamente sabe lo que a uno le tocaría hacer.
En realidad, la mejor manera de tomar una decisión es la de permitirse “no saber” mientras de sopesan los pros y los contras, pero no desde una racionalidad de hierro y mucho menos desde la moralidad represora, sino desde la sensación y el contacto con los deseos, las necesidades y por supuesto las posibilidades.
Y para tomar contacto con uno mismo tampoco es imprescindible meterse en una cueva y no preguntarle a nadie su opinión, su experiencia o sus opciones. En los momentos en que la duda ahoga y estrangula, siempre parece mejor pensar en compañía.
Soy consciente de que no todos ni todas estamos en condiciones de sentarnos a reflexionar sobre el trabajo. Que hay en el mundo una gran desigualdad y que más personas de lo que podemos imaginar carecen de acceso a un empleo capaz de cubrir las más básicas necesidades y mucho menos aspirar a una vida laboral satisfactoria.
Vida laboral satisfactoria… que ambiguo suena esto. Significa una cosa o la contraria, según por donde se le mire. Tal vez la clave está en la posibilidad de elegir.
Pensemos en esa parte de la población que sí puede elegir. La que puede (si quiere) sentarse una tarde a reflexionar con la tranquilidad de que, por mal que vayan las cosas, un plato de comida no va a faltar.
Hablemos de nosotros y nosotras, que hemos tenido acceso a variedad de recursos para desarrollar un proyecto laboral, que nos podemos plantear la forma de vivir el trabajo y en el trabajo y además analizar la influenciada de nuestra historia personal en la gestión de la vida actual. Reflexionemos entonces…
Los espacios laborales son perfectos para reproducir todo tipo de dinámicas antiguas y excelentes escenarios para desplegar los rasgos del carácter
Y la dificultad no consiste tanto en que esto suceda, sino en no ser conscientes de ello. Así es como en 20 metros cuadrados se pueden reunir con toda facilidad los rasgos de carácter compulsivo, masoquista, histérico, paranoico, narcisista, obsesivo, etc., al estilo de un cómic en el que diversas historias suceden gracias a la vecindad, solo que en éste pocas veces resultan cómicas algunas experiencias.
No es gracioso sudar de pánico y ansiedad cada mañana al salir para el trabajo, con la sensación de que no se van a poder soportar las próximas 8 horas.
💧 Tampoco es cómico rayarse en el insomnio de cada noche con los acontecimientos del día que pasó y del que vendrá, examinando cada minuto para ver donde fue que uno metió la pata o qué pensará fulanita sobre cualquier cosa.
💧Es insufrible la angustia de pensar en que no se hizo todo a la perfección, si uno se dejó encendida la impresora, si no apagó la luz al salir de la oficina o si al correo enviado le faltó una coma o una tilde.
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