
Andando por las calles de una primavera en Denia, el viento trajo a mi los sonidos de un quejido. Alguien parecía lamentar su existencia en la encrucijada de un recuerdo oscuro, mientras explicaba a voz en grito ahogado lo mal que le iban las cosas y sus motivos. Este lamento me inspiró a escribir lo que más adelante encontrarás…
Pasaron muchas cosas… o dejaron de pasar. Tú eras solo un niño o una niña que necesitaba cuidados. La calidez de un abrazo cuando tenías miedo. El latido pegado a tu latido, la presencia de quien supiera decirte esas palabras mágicas: «aquí estoy», “todo irá mejor”, «¿qué necesitas?«, «te acompaño«… “te amo”.
La escucha abierta a tus preguntas, la actitud tranquila que aliviara tu confusión, el tono amable y sólido que te dijera «sí» o “no”. La mirada sostenida que aprobara tu emoción.
Eso que sucedía en las películas o en las casas de tus vecinos/as, eso que creías que nunca podría sucederte a ti porque tal vez te pensabas incapaz de merecer lo que otros sí tenían: atención, pura atención.
No estuvieron. O sí estaban pero como si no hubieran estado, los que podrían ofrecerte seguridad. Y así vas desde esos tiempos hasta ahora, cargado/a de retazos de historias que se atropellan en tu mente y en tus viseras, como una extraña memoria pixelada cuando alguna vivencia del presente toca las teclas del pasado.




