¡¡Que tengas alegría, Paz y Salud en el 2017!!


Calma por fuera, estrés por dentro… Como si no importara, como si el rol en el mundo fuera el de un espectador neutral. Como si la propia vida perteneciera a otro.
Lo que se lleva son las prisas, desde la mañana hasta la tarde y si se puede incluir la noche con su insomnio, también vale. Agendas llenas de compromisos, tráfico en las grandes ciudades, interminables listas de tareas, proyectos que se arrinconan amedrentados con tanto intento fallido. ¿Acaso hay tiempo para más?
Entonces parecen ya normales los ojos abiertos a más no poder, tensos y abrumados. El cuello estirado hacia adelante como si así se pudiera llegar antes. Los chillidos desesperados intentando robar minutos a las horas, las carreras para todo. El ruido.
Es el torbellino de la vida que llevamos, en el que el estrés se ha ganado su lugar a pulso y ha conseguido tanto estatus que ya parece hasta interesante llevarlo a cuestas.

Puede ser a causa de la confusión, del cansancio o de la simple pereza, pero con frecuencia aparece en el imaginario el deseo de una vida sin riesgos ni apuestas, donde todo es otorgado porque sí. Un mundo en el que sólo existen alegrías y certezas, donde no hay conflicto ni preguntas y no hay nada por descubrir.
Lo que no imaginamos mientras el inmediato y fugaz alivio nos acompaña, es que ese mundo de ensueño nos está impidiendo ver la belleza de lo que SÍ hay:
Duda, prueba, error, acierto, vuelta a empezar, ganancia, pérdida, llanto, alegría, rabia, amor, desamor, tristeza, asombro, calma, equilibrio, caos, fuerza, duelo, celebración, fragilidad, ganas y desganas… VIDA!!!

Calla, habla, ríe, llora o grita. El silencio comunica y es con frecuencia injustamente mal entendido. Todo depende de nuestra relación con él, de nuestra biografía y por tanto de nuestro carácter. Es un excelente medidor de confianza, de tensiones y de ritmos individuales y comunes.
En este mundo atropellado por la sobreinformación, el silencio tiene poco espacio. La tendencia es a llenar vacíos con palabras y sonidos aunque no digan nada, al menos nada con sentido. Y es común interrumpir a alguien con un «¿Qué te pasa?» cuando calla, aunque sea por un minuto.

Vivimos tiempos de gran intensidad política en todo el mundo. La incertidumbre es la regla y el absurdo, comparado con otros tiempos más previsibles, hacen que alrededor de cualquier mesa el tema esté candente.
Las comidas domingueras en familia, las cenas con amigos y los recesos en el trabajo se acompañan cada vez más de lluvias y tormentas de ideas. A veces las disertaciones toman formas más bien torrenciales y no hay quien consiga poner orden en un ambiente marcado por el desconcierto.

Lo nuevo siempre gusta. Estrenar una casa, un coche o cualquier otro objeto deseado tiempo atrás. Empezar una relación amorosa, convivir, iniciar un trabajo acorde con las expectativas, irse a vivir a donde siempre se ha querido. Son momentos felices que recordamos con alegría y cariño pero que, cuando llegan, su presencia puede generar sensaciones ambivalentes. ¿Por qué?
Dicen por ahí que hay que pensar muy bien lo que se desea, porque se cumple. Al menos en mi experiencia esto ha sucedido… a veces sí, a veces no. De todas maneras no sobra el consejo porque saber lo que se quiere es una buena base para asumir, más tarde, los torbellinos emocionales que suponen las novedades.