
Ha sido un largo día. Salgo de mi consulta emocionada por la enriquecedora experiencia de ser Psicoterapeuta. Recuerdo cada silencio, cada palabra, cada llanto, cada risa, cada cuerpo expresando sensaciones. Mientras vuelvo a casa me retomo y aparecen uno a uno mis asuntos pendientes. Respiro profundamente y los dejo entrar, mientras suelto los recuerdos del día de trabajo.
Quien me espera me saluda con un cálido: ¿Cómo has pasado el día? Se me ocurren mil respuestas, pero sólo consigo decir un escueto “Muy Bien». El secreto profesional me impide detallar las experiencias de otras vidas, en las cuales he estado sumergida durante varias horas.

Sexualidad, alegría, vitalidad, placer… Inmigración. Como se diría en Plaza Sésamo (“Barrio Sésamo” para el público español), una de estas cosas no parece ser como las otras. La inmigración se asocia más bien a esfuerzo, a economía, a nostalgia, a sacrificio. Y cuando se acerca a la sexualidad, parecen dispararse de inmediato en la mente colectiva otras asociaciones como prostitución, anticonceptivos, aborto, enfermedades o violencia sexual…
Los tópicos están a la orden del día. Entre los incontables escalones que hay que ascender desde el primer segundo en el que un/a inmigrante pisa suelo en un país diferente al suyo, se encuentra la reconstrucción de su identidad.

Foto tomada en exposición exterior: Percepciones. La retórica de lo ausente. Tenerife, 2022).
Cuando hay, al menos, dos posiciones diferentes hacia una misma situación, resulta bastante difícil llegar a un acuerdo que beneficie a todas las partes involucradas. Tan difícil, que a veces es imposible hacerlo sin la ayuda de una tercera persona que carezca de cualquier interés en favor o en contra de nadie.
A esta tercera persona se le llama mediadora. Su trabajo, en ocasiones ha sido infravalorado y hasta mal entendido. Las posturas narcisistas, tan frecuentes en nuestros días, dificultan la apertura a otras formas de ver las mismas cosas según el lugar en el que nos ubiquemos.

