
Es común escuchar que el trabajo es un mal necesario. Frecuentemente se vive como un castigo y se le relaciona directa o indirectamente con la pesada lucha por una vida en la que hay que salir adelante con uñas y dientes.
Una versión moderna de este mensaje se refleja en los valores excepcionales que se le atribuyen al trabajo como fuente de progreso, forjador del carácter y vehículo hacia el bienestar. Al que se porte bien se le premiará con uno o dos días a la semana y unos cuantos más de vacaciones cada año, para recargar la energía y vaciarla de nuevo a la vuelta. Se valora al trabajador concentrado, obediente y disciplinado, cuya creatividad no se salga de los límites establecidos, a no ser que esa creatividad se convierta en dinero contante y sonante rápidamente.





