
La pareja, esa experiencia en la que nos embarcamos algunos y algunas con la expectativa de que se pueda andar junto con la otra persona y crear un camino común. Desde que nacemos estamos en contacto con la experiencia de la pareja y, a medida que evolucionamos, emprendemos una búsqueda de esa imagen de persona «ideal», que a base de modelos y de valores culturales construimos a lo largo de los años.
La realidad o la ficción de ese ideal son, tarde o temprano, contrastadas en la vida cotidiana mediante la convivencia con esa otra persona que, a su vez, ha construido sus propias imágenes, ideales y valores. Por esto, no resulta nada fácil hacer coincidir historias, ritmos, intereses y necesidades, y mucho menos si nos ponemos en la sintonía de la «media naranja», en la que se supone que dos mitades humanas y vivientes, es decir, en constante movimiento, deben casar a la perfección.
Afortunadamente, el tiempo de la media naranja ya parece haber pasado de moda como modelo de pareja y las últimas tendencias hablan más de dos naranjas enteras que van juntas. No sé, sinceramente, cual es el empeño en seguir con esta forzada asociación naranja-persona, aunque parece haber algún avance en la consciencia, o más bien en la experiencia. De todas maneras, no nos engañemos, falta mucho por aprender en la capacidad de desarrollar relaciones de pareja saludables, maduras y creativas.







