
¿Qué hace que algunas personas prefieran estar solas y otras no puedan permitirse esos momentos? Hasta hace muy poco, la soledad solía asociarse exclusivamente con la tristeza, el desamor, la frustración o la depresión. Esto ha llevado a valorizar su evitación a toda costa, de lo cual la sociedad de consumo se ha apropiado para ofrecer diversas alternativas que calmen o generen una sensación de compañía.
Pero tarde o temprano se da uno cuenta de la trampa en la que se ha metido, porque por más vida social, tarjetas de crédito, drogas permitidas y prohibidas, aparatos y programas de ordenador, llega un momento en que, aún en compañía de muchas personas y cosas, nos sentimos solos/as. Posiblemente esto tiene que ver con la calidad de las nuevas formas de interacción que, a fuerza de convertir los espacios cotidianos en una especie de hipercomunicación más bien artificial, dejan en los últimos lugares de la fila los espacios reales de encuentro, de expresión y de escucha. De todas formas, la soledad resulta siendo el pan de cada día y el anhelo de momentos compartidos va creando estados de insatisfacción que se van tornando insoportables.
Pero la soledad tiene, al menos, dos caras. Una es la que sugiere aislamiento e imposibilidad de compartir algo importante con otra persona. La otra es la soledad, deseada y elegida, determinante para definir lo que necesitamos en algunos momentos de la vida. Porque, paradójicamente, es en el silencio y en la calma de la intimidad donde aparecen las mejores ideas y donde podemos entender el significado de nuestros procesos vitales.





