No, no eran solo dos aunque así quisieran verlo. Eran ellos mas los otros, mas los otros de los otros. Eran ellos mas cada partícula, cada palabra y cada mirada que les apoyaba o les condenaba. Y aunque saben bien que lo intentaron, no fue fácil liberarse de esas manos invisibles que oprimían sus cuellos, dejándoles exhaustos e impotentes ante su propia vida juntos, tal como la habían soñado.
Reproches iban y venían, como intentando con ello encontrar una respuesta. “Es que tu padre no me quiere”, “Nunca has dejado de ser el/la niño/a de tu casa”, “me casé contigo, no con tu familia”, “me tocó a mi la peor de las suegras”, “tu hermano/a me odia porque quiere tu herencia”…
Han llegado a sonar palabras tremendas, hirientes, producto de la frustración y de la ira incontenible. Palabras que nunca se quisieron decir, pero que se dijeron pues estaban adentro, bullendo como remolinos, atormentando el sueño y la vigilia, los desayunos, las vacaciones, los domingos.
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