
Estás embarazada. ¡Qué ilusión! Corres a contárselo a tu mejor amiga, a tus padres, a todo el mundo. Te llenas de amor y de proyectos y conectas con todo lo que significa vida. Y el día menos esperado tus braguitas manchadas de sangre te anuncian que algo no va bien. Corres al hospital y te dan el temido veredicto: El corazón ya no palpita. El embrión no tiene vida y hay que actuar para sacarlo de ti.
Estás embarazada. ¡Qué mal momento! No sabes siquiera si a esta persona le puedes llamar pareja y si es así las cosas no van como para un proyecto de estas dimensiones. La economía tambalea, el trabajo te exige dedicación completa o hasta ahora no te habías planteado ser madre. Pero no descartas la posibilidad de llevar el embarazo a término. Haces cálculos, coges fuerza, te acuerdas de quienes siempre te han ayudado. Y al minuto siguiente desechas la idea por sentirte de nuevo sin la disposición. La indecisión te lleva de un lado a otro como una marioneta y te sientes a la deriva de un destino ante el que no puedes actuar.

