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Imagen de TheDigitalWay
Yo me muevo con el tiempo. Soy las ganas de vivir, las ganas de cruzar, las ganas de conocer lo que hay después del mar. Yo espero que mi boca nunca se calle. También espero que las turbinas de este avión nunca me fallen. No tengo todo calculado ni mi vida resuelta. Sólo tengo una sonrisa y espero una de vuelta
– Calle 13 –
(La Vuelta al Mundo) 

Las evoluciones personales nos llevan inevitablemente, en algún momento de la vida a salir del hogar de nuestra infancia, por lo general cuando dejamos atrás la adolescencia para  empezar una vida adulta. 

Actualmente este cambio se detiene o se aplaza a menudo, dadas las pocas oportunidades de estabilidad laboral a las que pueden acceder los jóvenes, que encuentran más de un obstáculo para responder a lo que les va pidiendo el cuerpo: Autonomía, independencia, experiencia, riesgo, aventura.

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Se anhela, se necesita, se disfruta, se ama o se odia. El trabajo hace parte de nuestra vida y está ligado profundamente a nuestra identidad, trascendiendo la necesidad inmediata del sustento cotidiano

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Imagen de Arek Socha

Estás totalmente quieto/a debido a una máscara inmovilizante en tu cara y otros artilugios en el resto de tu cuerpo. Una gota de agua fría cae sobre tu frente, siempre en el mismo lugar. Esto sucede cada 5 segundos, sin descanso. Al principio parece algo inocuo. Al final, ya no eres tú.

Era la tortura de la gota de agua, también llamada “gota china”.  Con una sádica sutileza, conseguía enajenar a la persona hasta tal punto que después de unas cuantas horas o incluso días, provocaba un daño físico en la piel pero sobre todo un estado de locura hasta llegar a producir la muerte por paro cardiaco. 

¿A quién se le ocurrió inventar esto? Pues a un médico y abogado italiano llamado Hippolytus de Marsiliis, nacido en Bolonia –y no en China– en 1451 y de quien no se conoce la fecha de  su muerte y mucho menos la forma. Decidió sacar partido a sus conocimientos, no para luchar por los derechos humanos ni para ofrecer salud sino para inventar esta y otras formas de torturar y matar gente. 

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Me llama la atención cómo nuestro carácter influye en lo que hacemos cotidianamente y cómo nuestro cuerpo manifiesta con tanta nitidez las zonas en las que predominan las tensiones, la carga, el equilibrio o el desequilibrio energético

Con la tendencia de estar más pendientes del exterior y menos en contacto con el ritmo y las necesidades propias, nuestro cuerpo tiene que hacer unas cuantas trampas para responder a nuestras exigencias y así es como creemos equivocadamente dominarlo, hasta que el día menos pensado nos da un aviso en forma de dolor, ansiedad o cualquier otro de los muchos síntomas posibles. 

Con el cuerpo apretado

Así es como vamos apretados/as en diferentes partes del cuerpo y eso nos “ayuda” a  mantener el tipo, a trabajar y a responder a las demandas de cada día. Sabemos hacerlo. Lo aprendimos hace mucho tiempo, en los primeros años de nuestra vida. 

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Decimos los psicólogos que hay que dejarse llevar, soltarse y abandonar las defensas que impiden la expresión de las emociones

Sabemos gracias a Freud que la represión es la causa de muchas de las enfermedades psicológicas y gracias a Reich, que ésta actúa como un veneno también en el cuerpo, en el que se refleja claramente la coraza caracterial y muscular. 

Así que la salud psicológica consiste en hacer consciente lo inconsciente y además en desatascar la musculatura bloqueada por una repetida dinámica de represión. En otras palabras, la salud psicológica consiste en fluir con la vida

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El fracaso en la elección de un oficio o una carrera profesional es algo más común de lo que parece. Y tal como está la situación laboral en nuestros países, no resulta fácil elegir en qué y en donde se va a poner la apuesta.

Formarse supone una inversión gigante, tanto económica como personal. Gastamos un tiempo precioso de nuestra vida aprendiendo a hacer algo bien y luego desempeñando una labor. Lo mínimo que se espera es que la elección que tomamos sea lo más acertada posible. 

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Algunas personas piensan que no tienen nada que decir. Que los que escriben bien son los demás, que su poco talento para el arte es impresentable, que sus ideas son imposibles de plasmar en nada. 

¡Qué bien que lo hacen los demás! Se siente admiración en el mejor de los casos, cuando no envidia o vergüenza que se suelen expresar menospreciándose a sí mismo/a con comentarios como… «Yo no sería capaz de hacer algo así. Eso es para los que saben» o también buscando dejar mal parado al «genio» que se atrevió a inventar algo… «Qué mal lo hace… Canta, baila, pinta fatal, ¿no te parece?»…

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La soledad, parece ser una de las enfermedad de nuestro tiempo. Da escalofrío la imagen de un ser vivo en un paisaje desierto y estéril, sin estímulos que le motiven. 

Si este no es nuestro caso nos creemos salvados/as. Vivimos en comunidad, queramos o no tenemos contacto con la gente, el trabajo nos exige comunicación. 

Sin embargo, el sentimiento de soledad se cuela por cada poro del cuerpo, que parece esperar algo que nunca llega. 

Un poco de anestesia permite aliviar los peores momentos. Hay quienes se acogen al mundo virtual como un doliente se aferra a la morfina. Y también hay quienes prefieren simplemente pasar de todo, creerse y hacer creer que no necesitan de nadie.  Y tampoco faltan quienes encuentran en el consumo su manera de sobrellevar el aburrimiento de no tener nada más que ver, que lo que aparece frente al espejo. 

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Dos finas nubes rosadas dibujaban un suave cielo azul, anunciando el final del día en mi trayecto de Valencia a Dénia. El ambiente era plácido, más que alegre dulce, elegante, amoroso. 

Un sentimiento de paz me abrigaba, absorbida por ese maravilloso espectáculo y fue en ese momento cuando llegó la consciencia —y poco después la constatación— de que Cristina había emprendido su último viaje.

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